Después de haber despachado a las colectivas de mamachas buscadoras, las baterías de la presidencia se concentran sobre los medios. Si aquella parecía excesiva, esta tiene mérito. Exhibir lo contradictorio, limitado y mariano de las buscadoras sólo logró que los medios las “acuerparan” y proyectaran, literalmente dándoles “el megáfono”, independientemente de lo poco que puedan aportar fuera de su pesar. No hay que ser devoto católico para entender a “la dolorosa” ni tampoco una persona sofisticada para exigir deban ser equipos como el argentino de antropología forense (acreditados y serios, no factureros como los guatemaltecos y colombianos que integraron al GIEI) a quienes se les encomiende la investigación con las fiscalías correspondientes. El principal efecto adverso de ese abuso desde la presidencia fue el que se diese el acuerdo en medios al calificar al rancho Izaguirre en Teuchitlán como “campo de exterminio”.
Eso es un despropósito en toda la extensión de la palabra. El rancho debe haber tenido varios usos, propios de una organización criminal, que incluyen el asesinato y disposición de los restos humanos, de quienes serán desde entonces desaparecidos. Sin embargo, eso no lo hace campo de exterminio. Por principio de cuentas un rancho no puede ser nunca un campo. Eso es tan obvio como la revisión histórica mínima de los campos a los que hacen alusión en Alemania y Polonia, pero aun incluyendo a los de la Ustacha checa y otras degeneraciones en la ofensiva nazi. Aquí lo que importa es la escala. Tanto de los volúmenes de personas a ejecutar y cadáveres por destruir como en sí de la infraestructura para el genocidio. Por algo, esa es la referencia histórica legal y no política, sobre la cuál discutimos sin parar. Dejando a un lado la banalización ofensiva que hacen con ello en detrimento de las poblaciones contra las que se buscó su exterminio por parte de la bestia nazi-fascista, está el hecho de que ni los medios ni los personeros de la sociedad civil saben qué es la mesura. Eso que es en esencia la condición base de una sociedad civil moderna, está completamente ausente y se comportan como la peor escoria. Esta columna no hace “recomendaciones” y en sí las referencias que siguen no lo son. Simplemente subrayo que, ante tal ignorancia y repugnante oportunismo, hay alternativas. La destrucción de los judíos europeos, por Raul Hilberg, editado por Akal (2002), se consigue fácil en librerías y PDF. No espero que se lea completo, simplemente champar lo lesiva que es la elección por militar en el coro de mediocridad e ignorancia. Dan, como dice la chamacada, “mucho cringe” y sentenciamos los verracos, repelús.
La más reciente invocación al exterminio en México fue hecha por Fidel Velázquez en 1994. Ello en reacción al alzamiento neochiapatista, antes de que se corroborase que no tenían ninguna capacidad militar, sólo la del chantaje. Nadie más osó hacer eco del desvarío del líder sempiterno de la CTM, desechado como demencia senil. Y sin embargo en 1994 sí hubo un genocidio en Ruanda (conectado al de Burundi, ambos en África ecuatorial). En menos de un mes y medio más de 800 mil personas sospechosas de ser tutsis fueron masacrados por milicias hutus con saña. La mayoría a machete, pero en grados de abyecta, atroz y depravada sevicia que reclasificaron al Marqués de Sade como otro burgués onanista. Si alguien quiere “ojearlo”, pues ahí está When victims become killers, de Mahmood Mamadani, editado por Princeton (2001). Menos común en librerías, incluyendo a las que traen importados, pero seguramente un PDF pirata se consigue. Aún después de pasarlo por el fraude cibernético de su elección para traducciones, dudo puedan digerir lo que es exterminar de forma organizada, sistemática y política en la escala de odio en que ocurrió.
De ninguna manera estoy minimizando ni restándole importancia a los desaparecidos en México como que bien sabemos fueron en su mayoría ejecutados por el crimen organizado. Lo que estoy cuestionando es el abuso del término exterminio y la ficción “campo de exterminio” porque no añade nada a la discusión política actual. Antes bien, la distorsiona de manera grotesca porque su interés se reduce a lo meramente partidista, las ventas, y popularidad. Pinta de cuerpo entero a los grupos de presión empresarial disfrazados de sociedad civil, como lo que son: suciedad servil. Servil a los intereses enfrentados en el régimen y que como la misma coalición gobernante su lugar está en los sucios drenajes. Por supuesto que nadie mínimamente educado creyó que el pronachol de Salinas tenían nada que ver con Solidarnosc en Gdansk ni que Fox fuese hermano de Walesa fuera de la mochería papista, menos que los Verdes sean herederos de la misma consciencia conservacionista y pacifismo anti-proliferación de armas nucleares como en Europa. Hoy sí, convergen como comparsas de lo más deleznable en los espectros políticos, pero carecen de toda consciencia. Quienes se ostentan como parte de esa sociedad civil han hecho el peor de los ridículos pregonando las páginas del NYT y FT, sintiéndose validados. Su obligación no es replicar a los porros y bots del gobierno, es contribuir a que la sociedad pueda primero encuadrar y después tratar de entender, debatiendo, cuál es la relevancia del “hallazgo” y qué nos dice del proceso político.
Por principio de cuentas dónde están los restos de tantos desaparecidos y por el otro que, si no se trata de un exterminio, cómo es que podemos entender la guerra mexicana contra sí. Lo que es más, el criticar a una parte (la coalición gobernante) no implica ningún apoyo a la despatarrada y descoyuntada oposición, ni viceversa. El mayor activo de la tetranstornación no es la incoherencia palurda de su discurso, ni su desbordada capacidad corruptora, mucho menos la ideologización de sus clientelas, sujetas por la miseria y resentimiento. Es antes bien que la mayoría de los ciudadanos mexicanos estamos en una situación “sin casa” partidista. Y no la queremos por la ausencia radical de pensamiento, capacidad y el poder contar con un horizonte en que sea posible hacer de una colonia de explotación un país y de la brutalidad de la lucha de clases una sociedad.
En pocos años estaremos discutiendo con filósofos morales desde las ciencias sociales (demografía y antropología) si la guerra impuesta por Estados Unidos “contra las drogas”, tornada en festival de sangre por los distintos partidos en la alternancia como “del narco”, para finalmente ser parte de la coalición en las contiendas electorales, constituye un “irreparable daño maléfico”. Ya hay varios antecedentes, destacándose David Scott con su Irreparable Evil, editado por Columbia (2024), precisamente porque no hay posibilidad de resarcir lo hecho. A diferencia de la retardataria monserga jesuita, sabemos que no hay tejido que zurcir ni por regenerar. Tendrá que ser otro arreglo, fuera de las “guerras de indias” a las que no tuvieron que forzarnos tanto. Ese odio a flor al vecino, al que jamás sería prójimo, pero sí compañero de trabajo o escuela, esa pobrediablez producida por el proceso político-electoral, queda por ser encuadrada y abordada histórica, estructural y espacialmente. Hasta entonces, traten de respetarse sin repetir cojudezas. No sólo yerran, hacen que otros les respondan dentro del mismo abismo de ignorancia, mediocridad y crueldad.
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