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La infancia es un espacio sagrado y prístino que, sin darnos cuenta, un día se torna gris y desolado. ¿Cuándo, cómo y por qué ocurrió esto? La mayoría de nosotros, sino es que todos, imaginábamos que la llegada a la vida adulta sería semejante a un estado de libertad absoluta en el que uno podría ejercer su voluntad a sus anchas, mas ahora que hemos crecido, nos damos cuenta del error en que nos hallábamos, pues lejos de ser una etapa de múltiples satisfacciones, la adultez no es más que una serie de desavenencias que más o menos vamos sobrellevando sin saber realmente hacia dónde vamos. La infancia, considerando lo anterior, se nos muestra como un Paraíso perdido al que en algún momento hemos soñado que regresamos.
Como adultos, le rendimos culto al trabajo, a los “deberes”, a las “responsabilidades” y a toda aquella actividad accesoria que por cuenta propia hemos adoptado, inventándonos la creencia de que lo que hacemos es muy importante y, por ello mismo, no podemos dejar de hacerlo. Pero la realidad es otra, la adultez, para la mayoría, se traduce en una condena en la que las cadenas que lleva se las ha autoimpuesto debido a una serie de malas decisiones, pero como nos avergüenza aceptar que en muchos sentidos hemos fracasado, es que preferimos vivir en la fantasía de que nuestra labor es indispensable para el funcionamiento del mundo; pocos pueden vivir conformes con la idea de que un día regresarán a las entrañas de la tierra y el mundo seguirá girando de la misma manera.
El ajetreo de la vida cotidiana, el de la vida adulta, lo justificamos diciéndonos que vamos en busca de la felicidad, aunque, en realidad, no la conocemos y tampoco sabemos cómo luce la felicidad; ¿cómo podemos, entonces, ir tras de algo que ignoramos? ¿Es posible conseguir lo que ni siquiera sabemos cómo es? Por ello es que debido a que tememos que la felicidad sea algo totalmente diferente a lo que pensamos, y que podría incluso cuestionar nuestras creencias, es que preferimos sabotearnos a nosotros mismos para nunca llegar a la meta, pues pensamos que, si vamos a sufrir, es mejor que sea por mano propia.
El ir y venir constantes al que nos hemos acostumbrado nos ha generado una mente confundida, la cual nos hace creer que todos, o al menos la mayoría, están en contra nuestra. La violencia social de la que somos testigos todos los días no es más que el síntoma de individuos insatisfechos consigo mismos y temerosos de alcanzar la verdadera felicidad, aquella que nada tiene que ver con la fama, el prestigio, ni las riquezas. Somos violentos porque estamos insatisfechos, somos violentos por aquel quiebre que vivimos en la infancia y con el que nuestra inocencia nos fue arrebatada, y como difícilmente nos culparíamos a nosotros mismos por nuestros fracasos, preferimos adjudicar la causa de nuestra desgracia a alguien más, ya sea a nuestros semejantes, o al destino, a Dios o a la vida misma.
Pero hay que entender que lo que vemos y lo que vivimos no siempre es lo que es. La mayoría de las veces, aquello que experimentamos no es más que el reflejo de nuestros pensamientos. Huimos de la violencia y tememos a la violencia del mundo, pero en gran medida esa violencia de la que pretendemos escapar la llevamos en nuestra mente y es con la que construimos nuestros pensamientos; lo mismo pasa cuando nuestro entorno es pacífico. El mundo en sí mismo no es bueno ni malo, y si bien sí alberga ciertos individuos buenos o malos, mucho de lo bueno o malo que percibimos no es más que una proyección de nuestra mente en la realidad, por lo que si almacenamos ideas negativas o positivas en nosotros, el mundo se nos mostrará en una relación directamente proporcional a estos pensamientos.
¿Ante tal escenario, qué es lo que nos queda por hacer? Fácil (al menos a un nivel de respuesta), si lo que pensamos es lo que nos proyecta la realidad y si lo que imaginamos es lo que observamos en el mundo, lo que nos queda por hacer es destejer los nudos mentales que desde la infancia, debido a las múltiples decepciones experimentadas, hemos ido haciendo en nuestra mente. La psicóloga Marly Kuenerz, habla de esto en su obra El juego de la atención:
«Procura localizar un momento de tu infancia en que estabas feliz, jugando, vivo. Trata de ver cómo esto se cortó, cómo empezaste a creer que estar alegre, contento, relajado y tranquilo, está mal. Cómo empezaste a creer que el bienestar no debe permanecer y que lo importante es hacer, producir, cumplir, trabajar… No hay posibilidad de ser feliz mientras no miremos con cuidado y cariño las causas que nos hacen deshacer lo que construimos. Muchas personas tienen todo para ser felices, pero no lo soportan. Añoran algo que ya tienen, pero no se dan cuenta. Nuestros propios enredos causan nuestra confusión, nuestro dolor, nuestra ira. La realidad es clara y nos muestra lo que tenemos en la mente. Si tenemos confusión mental, si estamos cargados de rabia, de despecho, de resentimiento, así será nuestra vida; pero si hay claridad y estamos cargados de paz, así será nuestro entorno. Todo es claro cuando asumimos la responsabilidad de desenredar nuestra madeja de pensamientos en la que cada nudo es una duda, y cada duda genera sufrimiento, ira y dolor.»
Regresemos a la infancia, a ese momento en el que pocas cosas nos perturbaban y eran muchas las que nos regocijaban, y pensemos: ¿en qué momento esa alegría se vio turbada?, ¿cuándo fue que la ira, el rencor y la amargura se apropiaron de mi persona?, ¿qué tanto de los juicios que tengo del mundo son reales y no creencias para autosabotearme debido al temor que tengo de alcanzar la felicidad? Y es que aunque parezca increíble, la mayoría de las personas no buscan realmente la felicidad, la mayoría le teme a la felicidad porque ésta exige ir en contra de la fama, del narcisismo, del dinero y de todo aquello que la mayoría persigue. El retorno a la felicidad primigenia inicia resolviendo, uno a uno, los nudos mentales de nuestra madeja.









