Un buen amigo me ha compartido un antiguo reporte de The Economist, “A new kind of cold war” (mayo de 2019), en él se advirtió sobre un fenómeno que, a seis años de distancia, se ha convertido en la principal tensión geopolítica de nuestro tiempo, lo definió como una “nueva clase de guerra fría” entre Estados Unidos y China, que aunque no se libraba en los frentes militares tradicionales, se daba en campos tan diversos como la tecnología, la economía, la cultura, la influencia diplomática y por el favor popular del mundo.
A diferencia de la Guerra Fría del siglo XX, donde la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética se centraba en una carrera armamentista justificada en las ideologías respectivas, la disputa actual se manifiesta en la competencia por el liderazgo tecnológico, el control de rutas comerciales y la influencia en los organismos internacionales. Ambas potencias buscan no solo la supremacía económica, sino también la capacidad de imponer sus reglas al orden mundial.
China, con su ambición de recuperar un papel central en Asia y el mundo, ha intensificado sus esfuerzos en áreas como la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y la infraestructura global. Estados Unidos, por su parte, percibe estas acciones como intentos de alterar el statu quo y ha respondido con medidas que incluyen restricciones comerciales y alianzas estratégicas en la región del Indo-Pacífico.
A pesar de todo, hasta hace no mucho estas dos superpotencias solían buscar un modelo de política comercial de convivencia, que sí les privilegiara, pero consideraba que el otro también saliera ganando. El equilibrio era frágil, la falta de mecanismos efectivos de diálogo y cooperación entre ambas naciones ha venido gestando un ambiente de desconfianza mutua, donde cada avance de una parte es visto como una amenaza por la otra.
La tensión aumentaba, pero la burbuja se mantenía hasta hoy, con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos que, alimentado por prejuicios económicos y sociales sostenidos en premisas y documentos poco confiables, desata una escalada en esta guerra fría con la aparente intensión de romper el equilibrio mundial y decantar la balanza hacia Norteamérica.
En esta escalada las reglas ya no aplican, hoy parece indispensable que uno deba ser derrotado y humillado para que otro pueda declarase vencedor, un escenario con sólo dos alternativas posibles, el colapso general que subordina permanentemente a China al orden estadounidense; o un Estados Unidos humillado que se retira del Pacífico occidental. Una moderna guerra fría en la que el ganador, sea quien sea, saldría muy debilitado y el resto del mundo terminaría perdiendo al quedar a merced de un gigante herido que dominaría sin contrapesos claros.
La guerra comercial más sangrienta y despiadada de los últimos años ha iniciado, las dos superpotencias comerciales mueven sus tropas y lanzan sus primeros misiles en forma de restricciones y aranceles que pretenden ser estratégicos, tratando de desestabilizar al enemigo, de amedrentarlo, de hacerlo que retroceda. Mientras el resto del mundo trata de reducir el daño colateral y los impactos en sus propios territorios económicos.
Con el pretexto del reporte de The Economist, y con algunos datos actuales, informes y especulaciones, podemos preguntarnos seriamente ¿quién ganaría esta guerra? The Economist lo resume con una referencia boxística: Estados Unidos pega más fuerte y China tiene la quijada más dura. O lo que es lo mismo; aquí hay tiro.
Independientemente de quién lanzó el primer golpe, ya establecimos que esto no inició con Donald Trump, aunque sí fue él quien lo escaló. Viene de más atrás y cada lado tiene su versión, lo que es inobjetable es que en esta guerra las percepciones cuentan y ninguno de los dos quiere parecer más débil.
China llega a este combate convertida en la mayor fábrica del mundo, sustentada en bajos salarios y un gasto público dedicado a subsidiar a sus empresas exportadoras para volverlas ultra competitivas. El problema es que este modelo económico ha limitado el desarrollo de su mercado interno, imagínense que más de mil millones de habitantes no son capaces de consumir todo lo que el país produce, básicamente porque no tienen dinero para ello. Por lo que China necesita exportar casi todo lo que produce, aquí viene la ironía, el mayor comprador del mundo es Estados Unidos.
Y hasta antes de esta crisis, Estados Unidos era el destino más grande para las exportaciones chinas, a pesar de los años de descomposición en sus relaciones.
Estados Unidos es el destino para el 15% de las exportaciones chinas, o al menos es el dato oficial, porque durante años los chinos han burlado los aranceles trasladando o produciendo sus productos a través de países como Vietnam y, sí ya lo sabían… México. Mientras que Estados Unidos sólo logra vender a China el 7% de sus exportaciones.
Así, que en una lógica matemática y torpe narrativa boxística, los aranceles chinos apenas son un jab izquierdo que no logra atravesar la guardia de Estados Unidos. Mientras que, si los americanos son capaces de mantener por algunos meses los aranceles a todo lo que China le vende, estaríamos hablando de un gancho de derecha a la mandíbula, potencialmente un nockout. Nadie puede sustituir al mercado consumidor americano.
Pero ya lo mencionamos antes, aunque Estados Unidos tiene la pegada más fuerte, China tiene una quijada de acero, porque a final de cuentas el gigante asiático es una dictadura, perfectamente capaz de mantener control total, empezando por sus mercados financieros, lo que sale y entra al país es decidido por ellos mismos. En Estados Unidos la cosa es distinta, este rifirrafe genera incertidumbre y salida de capitales que pone a las bolsas contra las cuerdas. La caída en el precio del dólar y de los bonos gubernamentales de los últimos días le restan aire al guerrero americano.
Otro factor es el político y social, en China su líder Xi Jinping cuenta con el respaldo absoluto de su partido y está sólidamente parado en el ring, no se vislumbra que esto pueda cambiar en el futuro cercano. Mientras que, Donald Trump tiene piernas débiles, podría perder el control del Congreso en las próximas elecciones intermedias, en una de esas ni siquiera hay que esperar ese momento, si los legisladores republicanos consideran que la crisis de aranceles puede convertirse en golpes que llegarán hasta los electores de sus respectivos estados, podrían empezar a limitar el apoyo a Trump o negárselo abiertamente.
Trump es muy popular entre sus electores y suele abusar de ello, pero tiene un límite para estirar la liga, ésta se puede romper si pretende obligar a sus ciudadanos a sufrir de más por sus alocadas decisiones económicas. Mientras que para Xi Jimping obligar a la población China a hacer algo que no les guste es sólo un miércoles por la mañana. Ventajas de las dictaduras sobre las democracias.
Si se mantienen en el ring comercial y financiero, China no puede noquear a Estados Unidos, pero podría permanecer de pie y aguantar hasta que la propia democracia estadounidense detenga a Donald Trump.
En los momios de Las Vegas seguramente Estados Unidos sería el gran favorito para noquear a China, pero sobre el ring intervienen otros factores, Donald Trump ha desatado la guerra con China justo después de pelearse con el resto del mundo por lo que sube desgastado y enemistado con sus aliados históricos. Las bolsas se desploman en Estados Unidos no sólo por esta guerra arancelaria a capricho y a lo loco con China y el mundo, les pega también la forma en el presidente Trump ha acabado con la confianza que las empresas y los inversionistas que veían al país como un lugar seguro para hacer negocios. Cada vez son más las voces que dudan sobre el beneficio que esta guerra traerá a Estados Unidos.
Mientras el resto del mundo pone a prueba sus nervios desde las butacas, la pelea se cierra, se traba, se hace más compleja, ambos púgiles están echando mano de estrategias más sofisticadas desde sus esquinas, mientras China juega rudo al vender masivamente deuda americana y presionar sus finanzas, además de limitar el acceso de Estados Unidos a tierras raras. El presidente Trump ha empezado a cambiar la estrategia y a boxear caminando hacia atrás, mantiene la retórica, pero se nota que ha llegado a la pelea con China cediendo innecesariamente importantes ventajas, trata de recuperar el favor del mundo y cerrar frentes pausando los aranceles recíprocos y exentando los celulares y la tecnología americana fabricada en China.
Para México, esta nueva dinámica global presenta tanto desafíos como oportunidades. Nuestra posición geográfica y nuestras relaciones comerciales nos colocan en una situación estratégica para actuar como puente entre ambas potencias. Sin embargo, también nos obliga a diversificar nuestras alianzas y fortalecer nuestra autonomía tecnológica y económica.
Es fundamental que México adopte una política exterior pragmática, basada en el interés nacional y en la promoción de un orden internacional basado en reglas claras y justas.
Además de trabajar fuertemente en recuperar la confianza de los inversionistas nacionales y extranjeros, ya saben que la reforma al poder judicial no vino a ayudar en nada, ni la destrucción de los órganos autónomos o la política energética, mucho menos la inseguridad y la violencia, pero ya hemos hablado mucho de esto, así que lo dejamos por hoy. Debemos invertir en educación, innovación y desarrollo tecnológico para reducir nuestra dependencia y aumentar nuestra competitividad en un mundo cada vez más interconectado y complejo.
A nadie le conviene un mundo dominado absolutamente por una sola super potencia, los equilibrios y contrapesos son indispensables para una gestión más justa y humana. En este contexto, la esperanza radica en la capacidad de las naciones para encontrar espacios de cooperación en medio de la competencia. La historia nos enseña que, incluso en los momentos de mayor tensión, el diálogo y la diplomacia pueden abrir caminos hacia la paz y la prosperidad compartida.
México tiene la oportunidad de desempeñar un papel constructivo en este nuevo escenario global, promoviendo el entendimiento mutuo y la colaboración entre las grandes potencias. Al hacerlo, no solo protegeremos nuestros intereses, sino que también contribuiremos a la estabilidad, el equilibrio y el bienestar de la comunidad internacional.
La nueva guerra fría no tiene por qué ser una confrontación inevitable. Con liderazgo, visión y compromiso, es posible transformar la rivalidad en una competencia saludable que impulse el progreso y beneficie a todas las naciones.
¡Un abrazo!
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










