La tristeza y la insatisfacción son connaturales al ser humano. La sociedad moderna se resiste a aceptarlo y por ello es que ha emprendido una campaña en contra de los sentimientos que llama “negativos”, sin embargo, es imposible ir en contra de nuestra naturaleza, además de absurdo, por lo que más valioso que intentar evitar los estados de tristeza e insatisfacción, es el intentar comprenderlos a profundidad para usarlos a nuestro favor. El ser humano pleno, en el sentido de que siempre está feliz, no existe y mientras más pronto lo comprendamos, será mejor.
Una reacción común ante algún problema es querer hacer todo para solucionarlo, establecer contacto con personas que podrían hacernos un favor y gastarnos rápidamente todos nuestros recursos; difícilmente alguien pensaría que la solución podría estar en no hacer nada, y es que muchos problemas, aunque no lo parezca, se resuelven por sí mismos. De ninguna manera se trata de asumir una postura apática ante los acontecimientos de la vida cotidiana, sino, antes bien, comprender que la inmovilidad es una virtud, puesto que fomenta el pensamiento analítico y crítico por sobre la emoción desbordada e irracional. No hacer, a veces, es hacer demasiado.
La naturaleza es sabia y lo demuestra en cada una de las especies, elementos y dinámicas en las que se manifiesta. No hay organismo o fenómeno del que no podamos extraer alguna enseñanza útil para nuestra existencia. Son muchas las personas que se maravillan, por ejemplo, con la fuerza de los grandes felinos o con la agilidad de las aves cazadora, sin embargo, pocas de estas personas se detienen a pensar en lo rápido que estos animales fenecen debido a la vida tan agitada que tienen; caso contrario son los árboles y las tortugas, que debido a su lentitud y aparente inactividad son capaces de vivir durante décadas, incluso, siglos, pues más que perseguir a la vida para devorarla, fluyen con la vida misma.
Los aprendizajes que obtenemos de la naturaleza, así como las especies con las que nos identificamos, están en función de nuestras creencias de lo justo y de lo injusto, es también por estas creencias que tenemos y que difícilmente cuestionamos que nos consideramos personas felices o tristes en este mundo. En ocasiones sentimos que la vida es injusta en el trato que nos da, pues nosotros somos “buenas personas” víctimas de los infortunios, sin embargo, la vida no es justa ni injusta con nadie, la vida es lo que es, y lo que consideramos injusto no es más que todo aquello que va en contra de nuestras creencias de lo que la vida tiene que ser, en pocas palabras, lo que queremos es que el mundo sea un reflejo de nuestros pensamientos, lo cual nunca ocurrirá, pero al no entenderlo nos sentimos desdichados y relegados.
La vida es elección, no es posible ser dos cosas a la vez, mucho menos, tres o más. Pero elegir no es tan fácil como parece, pues un acto genuino de elección es, en última instancia, una profunda expresión de la consciencia. Quien elige lo hace a partir de haber considerado si no todas, un considerable número de las implicaciones de su decisión. La vida es elección y ésta debe venir acompañada, forzosamente, de la congruencia entre lo que se piensa, dice y hace; es cierto que con el paso del tiempo podría cambiar nuestra forma de pensar, decir y hacer, pero independientemente de estas variaciones, la triada debe mantenerse dentro de la congruencia, pues quien no elige a partir de este principio y quiere ser esclavo al mismo tiempo que amo, está destinado al sufrimiento. Sólo mediante la elección de un camino que habrá de ser recorrido por completo se puede llegar a la plenitud.
Independientemente de la elección que hagamos, hay que saber que la vida es tormenta y que la paz no es un estado permanente. Por razones que no comprendemos del todo la inestabilidad se nos presentará una y otra vez, lo relevante no es evitar la inestabilidad, sino lo que aprendemos de ella y hacemos a nuestro favor para progresar en nuestro camino de perfeccionamiento. El hecho de que hoy estemos teniendo un mal día, no significa que mañana habrá de repetirse, incluso, podría ser que en el mismo día se tenga una mañana tormentosa y una noche plácida; la calidad del instante presente no depende de lo que hicimos o haremos, sino de lo que hacemos, principalmente con nuestros pensamientos. El escritor Hermann Hesse, derivado de uno de sus viajes, escribió su obra El caminante, en la que ensaya ideas como las anteriores:
«Cuando estamos tristes y apenas podemos soportar la vida, un árbol puede hablarnos así: ¡No te muevas! ¡Contémplame! La vida no es fácil, la vida no es difícil. Estos son pensamientos infantiles. Deja que el Misterio hable dentro de ti y en seguida enmudecerán. Estás triste porque tu camino te aparta de la madre y de la patria. Pero cada paso y cada día te acerca más a la madre. La patria no está aquí ni allí. La patria está en tu interior, o en ninguna parte. No se puede ser vagabundo y artista, y al mismo tiempo un burgués sano y cuerdo. Si quieres embriaguez, ¡acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia mortal. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres armónico ni dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. El humo no es más que el sueño de la muerte, y, como un leño, el fuego de la vida crepita fuerte.»
Lo que hoy florece, pronto quedará marchito, pero no hay que angustiarse por ello; lo que llamamos “muerte” no es más que el retorno al cobijo de la tierra. Llegará un día en el que el viento soplará libre sobre las lápidas de todos nosotros. La paz consiste en dejar de hacer y eso, irónicamente, es hacer más de lo que parece. La vida pasa a nuestro lado sin que podamos hacer mucho, por ello la naturaleza, más que ser un espejo de nuestras creencias, es el libro abierto en el que la sabiduría nos enseña a ser como árboles apacibles mientras nos dice: “no te muevas”.









