Texto de Juan Pablo Aranda
Lo trajeron de los confines del mundo al corazón del catolicismo mundial, donde llegó para no volver. Sabía bien, en 2013, lo que significaba ser arrancado de la comodidad y los planes propios. Algo análogo pasó con aquella novia que tuvo en su juventud: no se casó, se convirtió en cura, abrazando el misterioso camino que lo convertiría, décadas después, en una de las pocas autoridades morales de nuestro espiritualmente roto nuevo milenio.
De equipaje “ni pan, ni bolsa, ni dinero en el cinturón, sino solo un bastón” (Mc 6:8). Hizo de Santa Marta su morada, alejado de la pompa vaticana, esa que sigue pasando factura a una iglesia dolida, que, como el pueblo judío hiciera en tiempos de Moisés, recela y rechaza a su Dios creándose ídolos de oro y bronce, reculando frente a la exigencia del buen samaritano.
Benedicto XVI lo rechazaron acusándolo de recalcitrante, de ultraconservador e inflexible; a Francisco lo condenarían por blandengue, transigente y liberal de clóset. Ninguno de los dos fue lo que de ellos dijeron las bocas maledicentes. Fueron magníficos pontífices: el primero, el mayor teólogo del siglo XX, hombre de extraordinarias luces, de hondísimo pensamiento; el segundo, un pastor que hedía a oveja, que salió por esos corderitos perdidos hace tiempo, relegados y marginados de antaño, descartados, por usar el término que acuñó para ir más allá de la explotación marxista y describir la apatía espiritual de nuestro tiempo. Los acusadores del papa bonaerense quisieron ver en este gesto una concesión al relativismo, una debilidad, incapaces de entender que simplemente seguía la palabra evangélica. De las alcantarillas del rencor surgieron, a su tiempo, las dubia, ataques disfrazados de cuestionamientos píos que cuestionaron la solidez doctrinal del octavo capítulo de Amoris laetitia; tiempo después, los anti-Francisco arremeterían contra Fratelli tutti (el hoy excomulgado Viganò sugeriría que dicha encíclica, monumento a la caritas cristiana, “pudo haber sido escrita por un masón”). La realidad se impondría y mostraría al exnuncio como un agitador y cismático abrasado por el resentimiento.
Si Benedicto XVI insistió en la ortodoxia, Francisco hizo énfasis en la ortopraxis. Ninguno ignoró, por supuesto, la contraparte. Hablamos de acentos, no de exclusividades. Ambos entendieron el mensaje evangélico: Jesús es la verdad (el logos) así como el camino que lleva a la vida. La verdad no es un recital de axiomas, ni dogmas, ni mandamientos, sino una persona cuya palabra se hizo acción en todo momento. No es casualidad que es Santiago —quien en el capítulo quinto de su carta ofrece una de las más duras críticas a los ricos—, quien nos da una clave para entender la pastoral de Francisco: “la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma” (San 2:17).
El pontificado de Francisco buscó incansablemente sanar las heridas, reparar las ofensas y acercar a la iglesia a Cristo, su fundamento. Luchó contra toda intentona de cisma: así, por ejemplo, contra quienes, con falsa fidelidad a Benedicto XVI, quisieron hacer del rito tridentino un ariete que rompiera la unidad. Francisco quiso continuar la urgente, y por tanto tiempo aplazada, reforma de la curia, y fue detestado por ello. Promovió una sinodalidad que hiciera realidad ese paradójico nombre, catolicismo romano, que habla tanto de universalidad como de localidad. La sinodalidad armoniza la paradoja: toda iglesia local es en sí misma la iglesia de Cristo y, al mismo tiempo, está unida a las demás iglesias a través de Roma, de forma que ni una ni otra aplasten ni ignoren a su contraparte. No faltaron las voces que arremetieron contra este esfuerzo. Incluso uno de nuestros pastores, Juan Sandoval Íñiguez, uniría sus voces a la crítica al pontífice, calificando la sinodalidad de “caballo de Troya” que destruiría a la iglesia. Algo es indudable: no es la sinodalidad, sino la falta de amor, la que destruye a la iglesia y al mundo.
Francisco se ha ido, dejando tras de sí la pregunta sobre qué dirección tomará la Iglesia. La gran tarea del próximo pontífice será, me parece, la reconciliación de una iglesia partida en bandos, un requisito indispensable si esa iglesia quiere ser un signo de paz en un mundo que atravesó el tercer milenio de la era cristiana sumido en una crisis generalizada de la que, como dijo el papa argentino: “hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie”. (Fratelli tutti, §137).
Foto de Imelda Medina / Agencia Enfoque
miop









