Por Andrés Beltramo Álvarez*
Francisco fue un hombre libre, desde el principio. Genuino, siempre fiel a sí mismo. Apenas la fumata bianca se alzó sobre la Capilla Sixtina, dejó en claro que imprimiría un sello personal al papado. Disruptivo y auténtico. Esa fue la llave maestra de su ministerio, y gracias a ella se explica el sentimiento colectivo de gratitud tras su muerte.
“Ahora, ¡cambia todo!”. Conmovido y exultante, Guzmán Carriquiry, me abrazó fuerte y pronunció esas palabras imprevistas. Era 13 de marzo de 2013 y el Papa argentino sorprendía apareciendo en el balcón de la Basílica de San Pedro.
Estábamos en el ingreso de la Sala de Prensa del Vaticano y, en ese entonces, él era “el laico de mayor rango en la Curia Romana”, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina. Sus palabras fueron proféticas. Conocía a Bergoglio desde hacía años, lo consideraba un amigo. Rápidamente descubrimos qué significaba aquel “¡cambia todo!”. Tras el fin abrupto del papado de Benedicto XVI, este nuevo pontífice daba nuevas chances de renovación a la Iglesia católica.
Bergoglio supo interpretar a cabalidad ese sentimiento, ejerciendo un ministerio completamente despojado de ataduras. No era perfecto. Él mismo reconocía sus errores. Los cometió y durante su papado. Era un hombre consciente de sus limitaciones, pero extremadamente decidido en su visión.
Desde el inicio trabajó incansablemente en su programa de pontificado. Apenas tres días después de su elección exclamó: “Hay… ¡cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”. Y eligió el nombre de Francisco para poner al centro a los más necesitados, la paz y la casa común. Sumó su vocación por la reforma, de la Curia Romana y de la Iglesia en sí.
Destacó voluntad férrea por mantener su autenticidad, en cada pequeño detalle. Nunca quiso quedar maniatado por el protocolo, por ello lo desafiaba una y otra vez. Sus colaboradores de la Curia primero lo sufrieron, luego terminaron por aceptarlo.
De tanto forzarlo le llamaron “el Papa de los gestos”. La mayoría le venían espontáneos, otros buscaban ser postales de su “Iglesia en salida”. Para él la Iglesia debía ser “un hospital de campaña”, donde los heridos del mundo encuentren sanación y refugio.
Nada de aquello se reducía a postureo, simplemente era genuino. Por eso conectó con el corazón de un mundo ávido de autenticidad. Su estilo personal de comunicar se convirtió en un arma poderosa. Su mensaje era simple, directo, libre, basado en la escucha.
Jamás renunció a predicar el mensaje de la Iglesia, incluso en temas álgidos como el aborto, para el cual fue crudamente realista (“es como contratar un sicario”). Pero dejó en claro que existe una necesaria jerarquía de valores: primero el amor y la misericordia, luego lo que de estos deriva.
Esta nueva narrativa para la Iglesia, sumada a su deseo de iniciar procesos reales sobre temas por años dejados de lado como la presencia de la mujer en las estructuras eclesiales, los divorciados vueltos a casar, las personas homosexuales y los migrantes, los desposeídos y marginados; junto con su denuncia y combate al clericalismo, a la corrupción y al burocratismo, fueron la combinación perfecta para despertar entusiasmo desmedido y resistencia exacerbada.
Nunca tuvo miedo al debate, estaba convencido de que la vigencia de la Iglesia está en su capacidad de afrontar abiertamente los problemas, también aquellos del mundo, y de tener una palabra cercana, de encuentro y aliento, para todos. Por eso entusiasmó tanto, a propios y extraños.
Francisco fue un hombre libre, desde el principio hasta el final. Se entregó completo a su misión de pastor, hasta el último día. Cumplió con creces su mandato y lo hizo siendo fiel a sí mismo. De esa manera, hizo realidad aquellas proféticas palabras pronunciadas en aquella noche de marzo de 2013. “¡Ahora cambia todo!”. Y cambió, para siempre.










