La identificación de posiciones políticas, perspectivas sociales y valoraciones culturales como de derecha o izquierda es un fenómeno de la modernidad. Por ende, debe tenerse en mente cómo se originan, qué campos ordena y cuál es su relativa vigencia. La primera dicotomía se da en la revolución francesa cuando aquellos asambleístas que apoyaban monarquía e iglesia mantuviesen sus privilegios de explotación y poder despótico se sentaron al lado derecho de quién presidia la asamblea. A la izquierda lo hicieron quienes estaban en contra y buscaban reformar el sistema político. Sus posiciones van desde el adoptar una monarquía constitucional hasta quiénes cobrarán la cabeza del rey y abolirán el calendario católico. Indudablemente la elección entre derecha e izquierda estaba influida por las enseñanzas religiosas. Así estar “a la derecha del padre” era un lugar común entre los partidarios del orden establecido, mientras que irse por el lado siniestro era más que un gesto. No sería sino hasta ese momento en que se institucionalizase el desafío.
Siguiendo la herencia de la revolución francesa, en tanto identificación de aquellos a favor del estatus quo y sus detractores, se moldearán posiciones respecto al código napoleónico en Europa y posteriormente los derechos del “hombre” y del “ciudadano”. Destaca en ese periodo la irrupción de la revolución haitiana y los dilemas con que confronta ambos términos clave: ¿pueden los esclavos ser considerados hombres y en su caso ciudadanos? El mayor exponente del Terror en Francia—Robespierre—resume el dilema con el que se definirá por los siguientes cien años la ambivalencia: “entre perder la colonia o perder el principio”. Muy pocos, tanto marginales como destacados mostrarían tener principios, por lo que se entiende las posiciones políticas versan sobre usos simbólicos antes que cualquier “primordia” o fundamentos irrenunciables. La siguiente gran referencia y moldeo de los términos ocurre en la revolución rusa. Lenin es bien conocido por fustigar al izquierdismo como una “enfermedad infantil”. Con esto, está haciendo hincapié en el dilema jacobino de Robespierre: aquellos que muden de posiciones conforme se eleve el costo personal y consecuencias son falsos compañeros de lucha y se está mejor sin ellos. De hecho, se trata de enemigos latentes por someter y en su caso eliminar. Así, se separarán laxos izquierdistas de comprometidos comunistas. En occidente (España y Latinoamérica) solamente en las guerrillas sería un asunto de vida o muerte, mientras que la mayoría de los autodenominados simpatizantes de cambios irán encontrando acomodo en variadas posiciones de izquierdas. Para los latinoamericanos es la revolución cubana la que actualiza a los campos. Si se está de acuerdo con las políticas de ésta, no sólo en relación con la dependencia del bloque soviético, sino en términos de reformas estructurales de la propiedad, producción y organización de la sociedad o en contra. Desde ahí que un sino de la izquierda sea la pluralidad, pues mientras la revolución cubana podría atraer simpatías en general también se tomase distancia en cuanto a la radicalidad de las políticas. Eso hace que se hable de izquierdas en vez de una sola izquierda. La idea de unidad en un bloque disciplinado bajo una vanguardia revolucionaria para la formación de una sociedad comunista quedará en los textos y acciones leninistas. Como bien sabemos desde 1989-91 es un debate a “ciclo histórico cerrado” (que no quiere decir “superado” como tanto oportunista declarado cacarea). Lo que tenemos desde entonces es una proliferación de posiciones de izquierdas divergentes ante la que sí sigue siendo una tendencia unificada de la derecha alrededor de significantes amos (Vgr “religión, patria y familia”).
Las izquierdas post-leninistas habían avanzado en Europa previamente al colapso de la Unión Soviética y sus satélites en el Pacto de Varsovia y focos rojos por el sur global. Muy destacadamente “los verdes” en Alemania Federal habían actuado contra la amenaza de una guerra nuclear desarrollando agendas y propuestas tanto en economía política como en ámbitos socioculturales. Igualmente, en Francia e Italia, con los partidos comunistas más grandes por afiliación voluntaria, desarrollarían una crítica a los excesos del estatismo militarista, generando formas de disidencia en la militancia. Asimismo, el desarrollo del feminismo en las academias angloparlante y francófona entraría en dialogo con los movimientos de negritud anticoloniales. Con el romance de 1968 para occidente (Paris, Praga, Ciudad del Cabo, Sao Paulo, Berkeley y Ciudad de México entre otros lugares) se van sustituyendo los referentes de las posiciones de izquierda.
Es hasta 1994 que la opción guerrillera ha sido acotada y no presenta amenazas reales fuera de la India, Nepal y Sri Lanka, en que la izquierda se mueve de una idea de asalto al poder por una de gradualismo democrático. En la jerga gramsciana: “de guerra de movimientos a guerra de posiciones”. Las cosas se complican porque a diferencia de la derecha que tienen refrentes muy claros desde dónde emana el orden y el poder como son las iglesias reconocidas, los centros financieros globales, ejércitos nacionales e imperiales, así como el entramado que hacen en torno a la propiedad privada, la seguridad y el recurso de la divinidad, la izquierda ha multiplicado sus ámbitos de influencia sin tener un referente amo que haya sustituido al comunismo o fervor revolucionario. Eso no quiere decir que la acción ambientalista, las críticas al sistema sexo-género y la militancia anti-racista no hayan avanzado y sean ricas en propuestas para diferentes sociedades. Lo que comparten acaso es un rasgo no esencialista o confesional siendo capaces de proponer “esencialismos estratégicos” dependiendo de lo que esté en disputa. Ahora bien, esa es una apreciación macro, pues los militantes de cada uno de esos movimientos (ambientalista, queer, y/o antirracistas) sí muestran una identificación muy fuerte con la demanda que sea que enarbolan. El problema, suele subrayarse es que han perdido el lenguaje común que les proveía el marxismo alrededor de categorías analíticas como clase.
Para el caso mexicano, debe considerarse la historia reciente del sistema de partidos durante la transición. Podemos considerar que el partido de estado, el PRI, logró completar su ciclo autoritario en la elección de 1976 cuando el candidato José López Portillo (JoLoPo) se presentó sólo a la elección. Las izquierdas guerrilleras eran ilegales y el partido de la derecha, el PAN decidió no sumarse a la farsa. Eso precipita la reforma política de 1977 sobre la cual se darán los avances democráticos de representación proporcional en las cámaras, hasta la lucha civilista y de organizaciones legales. Destacan las victorias del Partido Comunista Mexicano con la Coalición Obrera Campesina Estudiantil del Istmo en Juchitán (Oaxaca) en 1981, así como el antecedente panista en Quiroga (Michoacán) desde 1947, pero la posibilidad real de competir con el PRI se da hasta la década de los ochentas alrededor de las figuras estatales de Francisco Barrio (Chihuahua) y Ernesto Ruffo (Baja California) de parte de la derecha neopanista (conocidos como “los bárbaros del norte”) y alrededor de las figuras de Cuauhtémoc Cárdenas y Heberto Castillo en la izquierda que pasa de revolucionaria a “democrática”. Así, de manera simbólica el PAN ocupará la posición de una derecha en que está claro el maridaje confesional católico con la vocación de negocios, mientras que el PRD (antes FDN) la de una izquierda que ya no es socialista y ha renunciado a cualquier forma de toma del poder diferente a las elecciones. El PRI queda así al centro reconociendo que dentro del partido hay tendencias socialistas e integristas. Izquierdas y derecha conviven en él dándole las primeras una legitimidad bajo el artificio de “justicia social” para la concentración de poder económico y político en lo que se ha denominado neoliberlalismo. Este sistema de partidos de la transición es producto de la reforma del 77 pero no se hace realidad hasta la elección del 88 y las posteriores “concertacesiones” en las que el PRIAN margina al PRD. Poco a poco y de manera violenta, pero la oposición al PRI va ganando gubernaturas lográndose el cogobierno con bastiones muy claros. Guanajuato para el PAN, la Ciudad de México para el PRD.
La figura política del expresidente Andrés Manuel López Obrador complicará todo ello. Formado en el PRI de dura militancia pasará al PRD de vaga ideología contendiendo por la gubernatura de Tabasco en 1994 para posteriormente, desde la Ciudad de México confrontar al poder del PRIAN en las administraciones de lo que ya se considera “normalidad democrática”. Inicialmente contra el PAN de Fox y Calderón, para después organizar una alternativa a Peña Nieto (PRI) pero desde la jefatura de gobierno en Ciudad de México ganada en el 2000 (año de la alternancia política) mantendrá pugnas directas con ellos. Destaca el primer encontronazo por el aeropuerto de Texcoco contra la administración Fox, así como la acusación de fraude contra Calderón en 2006, definiendo el sexenio y cambios en la militancia del PRD. Finalmente, lidera el desprendimiento hacia un movimiento que se define en parte por su rechazo a tornarse en un partido político. No son pocos quiénes entre los militantes de morena definen a la izquierda o acciones de izquierda como aquellas emprendidas por el presidente desde sus años de jefe de gobierno y líder opositor hasta sus políticas de gasto social y todas las demás ya como presidente. Tampoco quiénes desde la academia, los restos del PRD y la derecha misma subrayen las inconsistencias, insuficiencias y conflictos del presidente con lo que puede ser o no de izquierda. Ahí es que se destacan de sobremanera el movimiento feminista y queer, el ambientalismo, así como lo que se puede denominar como “progresivismo” (de progresista como sustituto de vanguardista) global. Mientras para algunos él es el fiel de la balanza (en tanto “soberano” o “conductor”, “referente” y “sublimación” del “pueblo” aún como expresidente), otros reprochan su impostura. Lo único cierto es que su holgada victoria en 2018 rompió efectivamente el sistema de partidos. De ahí que con ello se hayan amancebado las izquierdas y derecha dentro de su coalición y la oposición.
El debate no es si se entiende o no la relación entre izquierdas fragmentadas y prontas al canibalismo contra derecha unida en la defensa de sus privilegios, sí cuáles son las posibilidades reales de acción fuera del izquierdismo como enfermedad infantil. Precisamente ahora que les ha dado por pasar de las amenazas a las ejecuciones.
Foto: Especial
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