Pareciera que vivimos el ocaso de las religiones, al tiempo que atestiguamos la elevación de la espiritualidad. La religión y la espiritualidad se han querido ver como sinónimos, aunque tienen diferencias profundas: la primera es un sistema de creencias, y como sistema posee sus principios y fines bien establecidos, así como las reglamentaciones correspondientes para la manutención del orden; la segunda es más compleja de definir, pero a grandes rasgos corresponde a un sendero filosófico y subjetivo que persigue el desarrollo del espíritu de uno mismo, teniendo como fin supremo el de la iluminación o, al menos, el de la sabiduría.
Un número considerable de personas de nuestra sociedad se jactan de ser “espirituales”, entendiendo por “vida espiritual” un modo de existencia que busca empatizar con todo ser viviente, al tiempo que se aleja de conductas negativas y de cualquier tipo de violencia y sufrimiento, lo cual, en términos generales, parece razonable y que consiguen mediante la repetición de mantras, el diseño de mandalas, el uso de velas e inciensos, la portación de amuletos, etcétera; sin embargo, ¿realmente lo anterior conduce a una vida más espiritual?, ¿no sería más bien que se trata de una vertiente más de la cultura del consumo?
La vida espiritual, tal y como suele practicarse por quienes dicen tener interés en el tema, se asemeja a lo que podríamos considerar una farsa, un engaño. De la variedad de aspectos “espirituales” que lo ejemplifican es el de la negación del sufrimiento el más relevante. Comúnmente se piensa que la espiritualidad conduce hacia un estado de felicidad, o mejor dicho, de beatitud en el que los aspectos negativos que caracterizan al ser humano han desaparecido. Es decir, para muchas personas el desarrollo de la vida espiritual es importante porque con éste viene el aniquilamiento del sufrimiento, sin embargo, la espiritualidad es todo lo contrario, pues al estar acompañado el progreso del ser del desarrollo de la consciencia, es inevitable no percibir no solamente el dolor que nos acecha, sino también el que amenaza al mundo, pero, más importante, el que nosotros causamos, y es que por el simple hecho de existir, estamos cobrando la vida de alguien más.
Es una ley inamovible que no hay crecimiento espiritual sin sufrimiento. Con toda forma de progreso vendrá no sólo una mayor responsabilidad con respecto a lo que pensamos, decimos y hacemos, sino que, también, serán mayores los retos a los que nos enfrentaremos y las personas que buscarán hacernos algún tipo de daño. En todo ascenso existe siempre la amenaza de la caída, ¿no es esto, acaso, lo que ocurrió con el mítico ángel Lucifer o con el inexperto hijo del sol, Faetón? Ambos quisieron subir hasta lo más alto de la región del espíritu, sin embargo, el fruto de su ímpetu resultó ser la amarga imprudencia del destierro.
A propósito de Lucifer, resulta relevante mencionar que él es un ser espiritual, un ser de luz, un ángel, lo cual lo hace más que cualquiera de nosotros, que somos humanos. El nombre que este ángel lleva, “Lucifer”, significa “portador de la luz”, lo cual podría parecer contradictorio en tanto que este ángel caído es la manifestación de la malignidad, sin embargo, tal cuestión parecerá contradictoria únicamente para quienes todavía no han comprendido que, en términos de espiritualidad, es imposible llegar al extremo de la iluminación sin haber atravesado antes por la experiencia de las tinieblas, de las tinieblas del espíritu. El místico Wilhelmus à Brakel, en su obra Oscuridad espiritual, lo explica de la siguiente manera:
«Esta oscuridad es una enfermedad espiritual de una persona que ha hecho algún progreso en la vía del espíritu. En ausencia de las influencias iluminadoras, y debido a la oscuridad residual de su antigua naturaleza, la luz que hay en él se hace tan tenue y se oscurece tanto que ahora contempla las cuestiones espirituales, que antes percibía con claridad, como un destello lejano y sólo representa lo que ha sucedido en el pasado por medio de la memoria. Esto hace que se quede sin alegría, calor y dirección; y que viva con miedo y ansiedad, haciendo que deambule sin rumbo, como en un desierto. Aquellos que están en tal condición necesitan tomar nota de ello, ya que generalmente llegan a la conclusión de que están sin gracia, siendo de la opinión de que los piadosos no entran en tal condición. Hay temporadas de oscuridad como resultado de la persecución y la ausencia de consuelo, así como debido a la ceguera. Sin embargo, estas generalmente coexisten en quienes buscan la vida espiritual, ya que la oscuridad externa hace surgir la oscuridad interna.»
Quien practica el mal no está necesariamente más lejos de aquella persona que únicamente vive para la corrección moral, que no es lo mismo que el bien. Respetar las normas sociales y ser un ciudadano “ejemplar” poco o nada se relaciona con el ejercicio del bien. Ser “bueno” lo confundimos con ser “obediente”, mientras que ser “malo” es para nosotros sinónimo de ser “desobediente”, es decir, de no seguir las normas. Sin embargo, la vivencia del bien y del mal no tiene relación alguna con la obediencia y esto es porque al ser el bien y el mal categorías de lo espiritual, se hallan más allá de la experiencia humana.
La palabra espíritu, en su etimología, es decir, en su raíz, quiere decir “aire”. El espíritu es aire porque no se ve, porque no se palpa, pero se siente cuando da la vida y, sobre todo, cuando nos falta porque nos acerca a la muerte, que es la no–existencia, aspecto fundamental de la vida espiritual, pues no puede alcanzarse la iluminación sin dejar de ser y para ello la única vía es la del sufrimiento. En pocas palabras, elevarse espiritualmente implica desaparecer como persona, como individuo, dejar de ser, y por ello es que la vida del espíritu, más que ser deleitable, es la suma de muchas temporadas de oscuridad.
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