El semestre universitario terminó en las partes del hemisferio occidental de la que proceden nuestras instituciones, así como a la que estamos integrados. No fue simplemente otro “periodo” más. Comenzó con las invectivas desde los Estados Unidos tras la investidura de Trump. En sus afanes por recuperar la dirección de buena parte del mundo asaltó al comercio internacional con aranceles mientras que arrestó con medidas retardatorias al sistema universitario. Si bien destaca el ataque contra instituciones de élite, en particular Columbia y Harvard, es en general y afecta con mayor fuerza ahí donde hay menos recursos materiales y humanos. Dirigidas contra las contrataciones, currícula y composición del profesorado y estudiantado, buscan someter la libertad de pensamiento (dentro de los horizontes del liberalismo) no sólo a las demandas de MAGA sino del sionismo. La presión es tenaz y ataca desde los sistemas de financiamiento y manejo patrimonial hasta el proceso de admisiones a estudiantes internacionales de acuerdo con lo que filtros de big data e IA arrojen respecto a redes sociales. Intimidación, arrestos, deportaciones y ahora condicionamiento a una palurda plataforma política amenazan con un vacío, que, por simple infraestructura instalada, no puede ser llenado ni por el Reino Unido de la Gran Bretaña (y su dominio en la Federación Canadiense) ni por la Unión Europea. Al haber perdido el control del relato sobre la ingenuidad estadounidense en las cohortes generacionales graduándose, estudiando y por matricularse, pretende manejarles adversariamente. No es dable gane, pero sí que dañe, desconociéndose cómo se reordenarán distintos campos de conocimiento aún más fragmentados, confusos y lacerados. Su ofensiva no cabe en el chabacano lugar común de la recientemente traducida y puesta en circulación expresión de “darse un tiro en el píe” [sic], es una lobotomía.
En Puebla y otras universidades del altiplano central mexicano hubo también turbulencias. Variando en tiempo e intensidad, pero una combinación de agravios estudiantiles, explotados por grupos políticos de la coalición gobernante, pararon actividades de enseñanza y ensayaron nuevos escenarios políticos. Las inconformidades son reales y legítimas con carácter tanto estructural en la capacidad de atención como histórico desde el regreso de la pandemia. Destaca en particular el abuso de ambientes en línea y degradación educativa de las TIC, como la prevalencia de formas de relación desleales en enseñanza y relaciones colegiadas. En ellas caben desde el abandono de grupos en línea, hasta el hostigamiento y acoso sexual, laboral y pandillerismo, pasando por el uso discrecional de recursos. Sobre la genuina protesta contra ello se injertaron agendas de una parte de la coalición gobernante y la pedestre experticia para la extorsión política de organizaciones populares. Así, mientras fue fácil conceder a la nostalgia del simple término “movimiento”, precisamente por impreciso, maleable y falto de claridad, las amenazas de su uso por fuerzas externas se mantienen. No sabemos qué tanto se solucionó, ni qué se logró, pero sí de la facilidad con que la autoridad invoca el estado de excepción, mandando todo a ambientes en línea. Las respuestas de estudiantes, investigadores, profesores, docentes y otros trabajadores son distintas, pero pesan también los intereses de comerciantes ambulantes, pequeños comercios y giros negros, como el de todas las fuerzas políticas imaginables en la marginalidad. El juego de palabras que desdeñaba la lumpenización de la burguesía y aburguesamiento de la canalla, propuesto para México por Roger Bartra en sus análisis de hace más de treinta años, reiterado hasta la náusea en cada una de sus calumnias desde que es Xochilover, perdió erudición y comenzó a dejar de ser lamento. Parece el plan de las consultorías de porros ambulantes yendo de una ciudad universitaria a otra.
Afortunadamente, a diferencia de los niveles básicos y medios, los cursos terminaron antes de que se pudiesen enredar con el despropósito electoral del Poder Judicial. El simple contraste con las organizaciones magisteriales, manipulando y extorsionando con ello, no sólo al gobierno federal sino a trabajadores, educandos y a sus familias debería ser suficiente, pero no. Central para todos los gobiernos posrevolucionarios (incluyendo el paréntesis panista), el sector educativo tiene por fin tanto la instrucción como formación ética de ciudadanos. Debiendo proveer la consciencia del sí a individuos, colectividades, clases y hasta al Estado, no puede estar supeditado a ningún gobierno. El chantaje contra los recursos presupuestales es algo dado, no así el dominio o imposición de agendas. Precisamente por la universalidad del pensamiento y su libertad es que aprendemos constantemente respecto a la imposibilidad de sustituir la enseñanza con adoctrinamiento ideológico.
Tras evaluar el panorama con que cerramos semestre y año académico es que se vienen las ceremonias de graduación. Desde la semana entrante comenzaremos a ver parafernalia y contenido respecto al agringamiento del grado licenciatura (cada vez más reducido a la equivalencia con el “Bachelor of Arts”). No sólo togas y birretes, poses para fotos y desplantes con gestos y ademanes generacionales contra la autoridad, banalizarán el evento con “videítos” en las redes sociales de entretenimiento. Pesa también que son ya cuatro años en vez de cinco, que la tesis profesional es optativa y se incrementa la dificultad de defenderla—por “falta” de recursos en toda la extensión de la palabra—como la única forma honorable de egreso. Tampoco puede decirse ya que todos los graduados van sobre-educados para el servicio público y empleo privado. Inexorablemente, para atajar y tratar de distraer respecto a las consecuencias de este efecto post-NAFTA usaremos el término del inglés sin traducirlo ni entenderlo en toda su potencia: commencement. ¿Cuál es la vida que comienzan los graduados después del logro generacional, familiar, profesional y en una palabra “de clase”? En responderla es que se nos debe ir la vida a más de une, pero abundan quiénes buscan atajos y los ofrecen en barata (“hot sale”).
Foto de EFE
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