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Queremos mejorar nuestra vida, soñamos con ser mejores en lo mental, en lo emocional, en lo creativo, en la salud, pero pocos están dispuestos a pagar el precio que implica, a cumplir con la exigencia que tal anhelo demanda. Disciplinarse no es sencillo y la mayoría cae en el error de buscar disciplinarse a la fuerza, por obligación, y no por un profundo análisis ligado a la comprensión de lo que uno y el mundo son, así como de la íntima relación entre ambos. Buscamos disciplinarnos, algunos esperan el inicio del año nuevo para empezar, sin embargo, ¿de qué sirve cambiar de hábitos, a otros que consideramos mejores, cuando el deseo del vicio continúa en lo más profundo de nosotros?
Decimos que queremos cambiar y nos ponemos metas para ello, incluso nos comparamos con quienes consideramos historias de “éxito”, pero puesto que nuestras expectativas están lejos de ser realistas, fracasamos en el intento, y en lugar de reconocer nuestro grado de responsabilidad, terminamos culpando a los demás de nuestra desgracia. Sin embargo, más que el entorno, el principal factor que determina la derrota de nuestros proyectos son los pensamientos; no hay más. Si caemos, es a causa de nuestras creencias y pensamientos obsesivos, y porque alguien más nos tenga envidia o porque nos hayan bloqueado el camino. La disciplina es una cuestión de voluntad y ésta siempre le corresponde a uno mismo.
En el camino del perfeccionamiento personal existe solamente un camino, el de la comprensión, aunque en apariencia hay dos maneras de esforzarse, de integrar la disciplina en nuestras vidas: por obligación o por consciencia. Por obligación todos nos hemos visto en la necesidad de cumplir, sin embargo, quien actúa de esta manera nunca aprende nada, pues reduce su obligación a un acto repetitivo y automatizado, carente de raciocinio. En cambio, quien hace las cosas por consciencia, es decir, por haber comprendido la causa y fin de su actuar, despierta en sí mismo toda posibilidad de alcanzar la autorrealización y, con ella, la libertad. Cierto es que lo que empieza por obligación puede evolucionar hacia la convicción gracias al ejercicio de consciencia, pero ocurre en un número menor de casos, la mayoría suele conformarse con los límites mentales que les han sido impuestos.
Aprender algo es imposible cuando se hace por obligación, con la mente cerrada y generando un caos a nuestro alrededor. En este caso, no hacer nada es mucho mejor que hacer mal algo. La mayoría confunde la disciplina con la obediencia ciega de las normas, así como con comportamientos rigurosos y tiránicos, cierto es que toda disciplina implica un grado de violencia, pero no en el sentido negativo de la expresión, sino en tanto que la disciplina es una ruptura, y como tal, está llamada a romper con la costumbre, lo cual conlleva a un enfrentamiento y éste, al dolor. No se puede cambiar sin atravesar por la experiencia del dolor.
El dolor de la consciencia es diferente al sufrimiento de la obligación, lo grave es que solemos confundir el primero con el segundo. El dolor de la consciencia lastima, pero al mismo tiempo fortalece, mientras que el sufrimiento de la obligación hiere y, en última instancia, mata. Dolor y sufrimiento no son lo mismo, aunque en cierto grado se parecen, pues ambos perturban. A la disciplina lo que le corresponde es el dolor de la consciencia, pues “disciplina” significa “aprendizaje”, por lo tanto, alguien disciplinado es alguien con consciencia, y no, como se cree, alguien que obedece ciegamente las orden de otro ciego, como generalmente ocurre.
Lo que se hace por obligación, lejos de fomentar en el practicante el amor por lo practicado, le despierta un odio que a veces ni siquiera el tiempo es capaz de aplacar. Hay obligaciones que son necesarias, la gran mayoría no lo son, pero mientras no se comprenda su causa, función y finalidad, no habrá sino veneno en la mente contaminando cada acto que realizamos. Así lo explica el filósofo hinduista, Sesha, en su obra, Tras las huellas del saber:
«No estás agotado de practicar, sino de pelear contra tu mente. Estás agotado porque todo el tiempo intentas controlar tus pensamientos y te das cuenta que no lo logras. Mientras la lucha que realizas en cada práctica la asumas como una disciplina, debes de seguir intentándolo. Cuando, en cambio, tu lucha interior se convierta en una situación que produce caos y desesperación, entonces déjala. Si es por disciplina, practica a diario, si es por obligación, no lo hagas. Cuando tu sistema mental pierda la certeza y la claridad de que la práctica sirva como un evento constructivo de tu propia naturaleza, entonces deja de hacerla. Cuando tu práctica produzca dolor, aunque haya conflicto, si está sustentada en la disciplina, entonces mantenla.
Mientras la voluntad induzca la disciplina, entonces controlas el momento. Cuando te obligas a ti mismo sin entender la razón por la cual realizas la práctica, entonces déjala a un lado, pues entonces te haces daño. Sin claridad, la práctica se convierte en una obligatoriedad insana, se convierte en una fruta podrida que contamina aún más la mente. Una disciplina limpia se caracteriza porque tú controlas su inicio y su final, eres tú quien decide hacerla o no porque tienes el control de todos los parámetros de la práctica. La disciplina no te controla, tú controlas la disciplina. Tu mundo, basado en la comprensión, es una realidad constructiva sin importar qué hagas.»
Disciplinar no es torturar, tampoco es herir, ni causar sufrimiento alguno. Quien se disciplina lo hace porque ha triunfado sobre su mente, sobre el deseo malsano que nos mueve al vicio en cualquiera de sus manifestaciones. Cuando nuestro mundo está basado en la comprensión de lo que somos y de hacia dónde vamos, y no en la obligación ni en el deber ser, la salud, la fuerza y la consciencia se manifiestan, cerrando la posibilidad de que los pensamientos de nuestra mente nos envenenen y sean semejantes a una fruta prohibida.









