Tras el despropósito de la elección judicial es inevitable que tirios y troyanos la califiquen contrastantemente. Unos insistiendo en el fiasco, fracaso o decepción que puede significar el 10, 13 o 15 por ciento de votación respecto al padrón electoral. Otros exaltando la novedad del procedimiento, así como que por pocos y sectarios, además de acarreados, condicionados, inducidos y chantajeados que sean los votantes, son más que suficientes para justificar los abusos venideros. Ambos concurren, sin embargo, en subrayar la chorrada como un evento “histórico”. Para los primeros es la “muerte”, “fin”, o “finiquito” de la democracia, para los otros, alumbramiento, expansión y proyección de ésta. Es por esta segunda serie de necedades que comprobamos que, para el espectáculo político-circense, como para “bailar tango” hacen falta dos. Y sí, unos con una marcha de repudio, otros pregonando éxitos sin precedentes, pero se afanaron en querer persuadir al personal que la farsa era de la mayor trascendencia para la vida pública del Estado, patria y nación. Puede decirse sin ambages que ambas partes hicieron el ridículo.
No fue por desinterés producto de la ignorancia entre la mayoría. Simplemente, el tamal ya estaba hecho y competía únicamente a los que se lo van a comer aplicarse para su cocción. Así, no se trata de que se haya perdido la capacidad de polarizar, simplemente, este no era un asunto apropiado para dividir familias, amigos, lugares de trabajo y chupaderos. Los abusos en el poder judicial no son imputables a la coalición gobernante o a la oposición: son del poder mismo. Sea cual sea la situación, ciudadanos y residentes sabemos que una vez que algo llega a juzgados y tribunales es un juego en que sólo se pierde. Tiempo, dinero, paciencia, confianza, capacidad de asombro y asco. Si fuese posible distinguir entre los tres, pero se trata del poder más corrompido, prostituido y ajeno. De ahí que fuera del temor que produce verse enmarañado entre abogángsters, leguleyos, tinterillos, secres y policías, extorsionadores todos y cada uno, no deba tener que explicarse el abstencionismo. Sí, es una vergüenza estar al nivel de un “lamento boliviano” en el desconcierto de las naciones. También, que, de todas las profesiones universitarias, pocas produzcan reacciones tan adversas como la abogacía. De ahí que nadie que no estuviese obligado, miserablemente, se quisiese embarrar en el proceso.
Ahora bien, la trascendencia misma del irigote era risible. Las mojoneras históricas hechas años-fetiche (como las de 1968 y 1994 para las generaciones que robamos oxígeno y 2020 para las juventudes e infancias) no están marcadas por simples eventos formales como las elecciones. Esos “parteaguas”, puntos de quiebre y referentes generacionales suelen definirse precisamente por la elocuencia no sólo de un acontecimiento sino el reconocimiento a la ruptura en los contradictorios procesos de cambio y continuidad, conformismo y conflicto, deterioro y esperanza. Usualmente separados por el grosor de un hilo de araña del resto de las malas artes de las sociedades política y civil en la formación del Estado, las señales cuando algo es diferente y merece cuestionarse en su calado son abrumadoras. La más reciente (2020) fue claramente global (como las otras) y en sí está en relación directa con el (desapercibido) meteorito político-económico que fue la crisis inmobiliaria estadounidense tornada en financiera y envolvente hemisféricamente de 2008. Con ella llegó la promesa y cuestionamiento a las posibilidades de una sociedad post-racista en los Estados Unidos, produciendo una atronadora respuesta negativa. Posteriormente, la “renovación de votos” por la violencia política homicida en México en 2014, seguido de los terremotos electorales del Brexit, Trump y la P-ojete-manía. No deja de ser relevante el surgimiento del movimiento “MeToo” en todas sus vertientes, abusos y confusiones: desde la ceremonia de los Golden Globes entre algunas de las mejor pagadas, hasta el arbitraje de J. K. Rowling sobre qué es una mujer, ante el desborde de tránsfugas en toda la extensión de la palabra. No sólo definió magia, imaginación y fantasía para dos o tres generaciones leyéndola antes de irse a dormir, en la escuela y por falta de recursos (humanos y materiales, que son literarios); ahora debe tratar de imponer una dosis de sobriedad, realismo y responsabilidad.
De tal suerte que la chorrada judicial fue nomás otro desborde del drenaje arrabalero y/o torrencial descojón veraniego. Ni cambia, ni define, ni acota, ni determina nada. Es un simple reacomodo de un poder usado contra la gente (legítimos pobres y enemigos políticos) por todos los gandallas, sean de la coalición gobernante, la oposición enquistada, o vil canalla con criminales de cuellos blanco y percudido. Como tal será una efeméride para invocar en calumnias de opinión y por los que se juegan algo en el simulacro de la política electoral. Para la mayoría seguirá siendo una chorrada que produjo repelús, cringe o, simplemente, asco.
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