En democracia, la gloria electoral dura lo que la primera crisis de gobierno tarda en manifestarse, la clave está en identificar el punto de inflexión en que situaciones o variables aparentemente insignificantes, convergen generando un cambio abrupto y descontrolado que tiene el potencial de convertirse en desastre. Países alrededor del mundo padecen el embate de diversos agentes disruptivos que sin piedad golpean estructuras institucionales, dañan reputaciones y afectan la continuidad de operaciones.
En México, podríamos identificar diversos casos en que las crisis han derivado en serias afectaciones a la operación de instituciones públicas o privadas y a la imagen de gobernantes, dueños o directores de empresas que no han sido inmunes a estos impactos.
Ante la falta de cultura para prevención o respuesta en situaciones críticas, podría yo afirmar que, en la gran mayoría de casos de los últimos 25 años, existieron señales de alerta que no fueron advertidas o tomadas en cuenta para identificar amenazas derivando en contingencias disruptivas. La crisis es un fenómeno natural para la existencia de las organizaciones, característica integral del siglo XXI.
Si bien las crisis son impredecibles, no podemos decir que son inesperadas, simplemente se trata de identificar el momento en que se materialice su impacto, administrarlas adecuadamente no significa salir sin consecuencias, el enfoque es de anticiparse para reducir el daño resultante y transitar lo antes posible hacia la normalidad, o más bien una “Nueva Normalidad”.
El año 2025, se ha caracterizado por la convergencia de múltiples eventos alrededor del mundo que están generando incertidumbre de forma simultánea, la guerra en Europa involucra a las potencias nucleares empleando nuevas capacidades militares, inteligencia artificial y avances tecnológicos nunca antes vistos, el fenómeno económico, cambio climático, plagas y enfermedades emergentes, o la migración humana descontrolada y el terrorismo son factores que generan tensiones que superan la capacidad de los gobiernos para responder.
México no es ajeno, analizando una matriz básica de riesgos, existen síntomas que sumados tienen potencial desestabilizador. El principal socio estratégico se encuentra en guerra y la confianza bilateral es mínima, hay implosión del partido en el poder e influencia y espionaje extranjero en sectores críticos, las organizaciones criminales aprovechan altos niveles de corrupción en los tres órdenes de gobierno e infiltran a los partidos políticos, contratan mercenarios extranjeros y han sido clasificadas como terroristas.
El poder judicial y su proceso de cambio genera gran incertidumbre, la recesión económica es inminente, el sistema nacional de salud está colapsado, la migración está descontrolada, ciberataques y otros factores impactan la reputación de la marca-país convirtiéndose en combinación perfecta para la génesis del caos.
Ante escenarios globales complejos, la razón de existir de los organismos de Seguridad del Estado Mexicano, no se debe limitar a la persecución delictiva, su responsabilidad es la construcción de estrategias para que, en el momento exacto, se anticipen, identifiquen y neutralicen riesgos a la gobernabilidad que afecten territorio, población, instituciones o gobierno y actuar en consecuencia.
No hay lugar a la ingenuidad o improvisación que antecede a la “Tormenta Perfecta”.
La crisis es una situación dinámica e inestable, en tal sentido, el principio básico para manejo de situaciones críticas radica en identificar a tiempo síntomas, evitar los problemas cuando sea posible y reaccionar apropiadamente cuando no lo sea, en otras palabras: “Derrotados, pero no Sorprendidos”.
EDUARDO VAZQUEZ ROSSAINZ, ES MÉDICO CIRUJANO Y DOCTOR EN ADMINISTRACIÓN PÚBLICA; ESPECIALIZADO EN INTELIGENCIA Y CONTRATERRORISMO, ES PROFESOR EN LA UDLAP DONDE IMPARTE LA MATERIA DE SEGURIDAD NACIONAL EN UN CONTEXTO GLOBAL.










