Existe un mundo, o más de uno, más allá de lo que percibimos. Pocas veces somos conscientes de que lo que captamos de nuestro entorno no son las cosas ni los seres en sí mismos, sino lo que nuestro cerebro y sentidos son capaces de aprehender. La realidad no es real en tanto que de ella tan sólo asimos su apariencia, su disfraz. Y puesto que todo se mueve y cambia continuamente, nada es, pues lo que es no sufre transformaciones.
Todos solemos caer en el error de creer en nuestros sentidos. Por los sentidos sentimos y percibimos el mundo que nos rodea, pero no todas las sensaciones que nuestros sentidos perciben serán necesariamente reales. Los sentidos tienen limitaciones, en algunos aspectos funcionan erróneamente y por ello es que quien confía plenamente en la realidad de los sentidos se engaña. ¿Pero es que hay algo más que los sentidos? Sí, el intelecto, conformado por el lenguaje, por la palabra que todos los días usamos para comunicarnos, y por ello es que quien vive para la palabra es consciente de que vive engañado, sin que esto signifique que conozca lo real.
El mundo es palabra, no cosa ni ser que no pueda ser nombrado de alguna manera por nosotros, esto quiere decir que somos lo que hablamos y en la medida en que ampliemos nuestro lenguaje, también será mayor el mundo que habitemos. Quien usa pocas palabras, siendo, además, éstas altisonantes, habitará en un mundo semejante, en uno de violencia; pero quien enriquece su intelecto con el cultivo de la lengua y el aprendizaje de nuevas palabras, tiene más posibilidades de otorgar belleza y sentido a su realidad, sin importar que ésta sea ilusoria.
Pero si bien lo que percibimos y creemos como real se expande a medida que ampliamos nuestro lenguaje, la palabra únicamente podrá crecer en nosotros mediante el contacto con el otro; lo anterior parece obvio, incluso, quizá, insignificante, pero resulta fundamental detenernos a reflexionar en ello considerando que nuestra sociedad, con cada día que pasa, se hace más solitaria e individualista. Hablar con el otro nos atemoriza y nuestros actos de comunicación en gran medida se han reducido a hablar con o a través de las máquinas.
Comprender la realidad cambiante en la que estamos inmersos es comprendernos a nosotros mismos. Lo que nos rodea lo interpretamos en función de lo que somos, por lo que las cosas y los seres no son lo que son, sino lo que creemos que son, de ahí que nunca podamos llegar a la dimensión objetiva del mundo; lo que nos rodea, sencillamente, es la proyección de nuestra subjetividad. Sin embargo, ese reflejo de nosotros que proyectamos en el mundo será más completo en tanto que nuestra convivencia con el otro exista directamente, y no a través del filtro de las máquinas, las cuales nos han transformado en animales fríos y enfermizos.
El mundo es lo que nuestros sentidos nos permiten sentir, al menos así es cuando nuestra consciencia se halla en un estado primario de su desarrollo. Desde esta posición, lo que el otro ve nos parece equivocado y por ello es que cuando las personas no actúan ni piensan como nosotros lo hacemos nos molestamos, o al menos sentimos incomodidad, pues desde esta posición no es posible la existencia de una realidad distinta a la nuestra.
Ir más allá de los propios límites es fundamental para el desarrollo de la consciencia, para el vencimiento de las creencias del yo y para abrirse a la comprensión cabal de la realidad. Cuando aceptamos que nuestro punto de vista del mundo es tan sólo nuestro y que el otro posee también su manera particular de percibir la realidad, entonces damos un paso importante hacia el conocimiento de uno mismo, el cual, irónicamente se reducirá a la idea de que no sabemos nada de nada y que tampoco lo sabremos nunca, pues los componentes de la realidad son tan variados que resulta imposible para la mente humana aprehenderlos todos, sin importar hasta dónde hayamos expandido nuestro lenguaje.
El otro es importante, pues por el otro es que somos. No somos por el hecho de que nosotros decidamos ser algo, sino que somos en tanto que el otro reconoce la presencia o ausencia de algo en nosotros. La existencia personal depende de la percepción que el otro tiene sobre uno mismo, por ello es que no podemos entregarnos a la sociedad egoísta que los mecanismos del poder actualmente promocionan. Sobre el mundo, la realidad y el otro, habla el neurólogo Boris Cyrulnik en su libro Cuarenta ladrones con carencias afectivas:
«La ampliación del mundo inicia en los sentidos, continúa en la relación con las personas y culmina con el dominio de la palabra, la cual nos permite nombrar otras realidades. El mundo que uno percibe depende de la forma que le hemos dado a nuestro cerebro mediante el contacto con el entorno y por la complejidad del lenguaje que usamos. Este proceso tiene tres niveles: Primero es creer que “La verdad es lo que veo”; luego, “Él no ve como yo, así que se equivoca”; por último, “Hay mil maneras de ver el mundo y comprenderlo, todas son respetables”. Este proceso de maduración sólo puede desarrollarse con el Otro. Sin el Otro, todo se apaga. Un cerebro requiere ser estimulado por otro cerebro para no atrofiarse. Una persona requiere otro mundo mental para comprender mejor el suyo. Un ser humano aislado no tiene nada que pensar. Para que la apariencia no enceguezca, y para hacer que vean aquellos que tienen ojos y no ven, es fundamental motivarlos a darse la oportunidad de concebir que podría haber otra realidad.»
La sociedad ensimismada, solitaria y egoísta que hemos creado es una sociedad atrofiada y desinteresada por el otro; en este contexto, la salvación, por decirlo de alguna manera, será para los pocos que amplíen su lenguaje a fin de distanciarse de quienes tienen ojos y no ven.









