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Sin lugar a dudas, la mayor preocupación del ser humano es la de la caducidad, es decir, la del final de los seres, de las cosas, de las situaciones, etcétera. Que todo tenga un final podría ser visto con agrado cuando aquello que tiene fecha de expiración es incómodo o doloroso, pero cuando nos encontramos en el plato opuesto de la balanza, en el que se eleva victorioso por la ligereza de su deleite, la posibilidad de que algo o alguien se acabe tiene para nosotros el rostro de la amenaza, pues nadie quiere que lo dichoso se acabe, sin embargo, no es posible esperar que lo bueno dure para siempre y que lo malo se acabe de inmediato; todo funciona por equilibrio.
Todos hemos reflexionado sobre el final de aquello que nos acongoja o que nos incomoda: una persona, una situación, una condición, una cosa, etcétera, pero pocas veces dedicamos a nuestros pensamientos para considerar el final de lo que disfrutamos, y aún más, de lo que amamos. Sabemos que todo se termina y que la vida da giros impredecibles en cualquier momento, sin embargo, ese saber lo consideramos ajeno a nosotros, es decir, comprendemos cómo funciona la vida, pero de alguna manera también caemos en la trampa de la autocomplacencia y por ello es que creemos que, por alguna extraña razón, las reglas de la vida no aplican en nosotros y que el final de lo que es bueno solamente le pasa a los demás. Pero llega un día en el que la vida nos sorprende de la peor manera y más vale que nos agarre preparados cuando ello suceda, pues, de lo contrario, mitigar el sufrimiento será mucho más complicado.
El final de lo bueno, en su dimensión más dolorosa, es la que se relaciona con la muerte de quienes amamos, no de aquellas personas por las que sentimos cierta estima, no, sino la de quienes, sin duda alguna, podríamos afirmar que amamos. El tema del amor es sumamente complejo por la variedad de enfoques que implica, pero de su multiplicidad de posibilidades podríamos decir que lo más representativo del amor es que le da una dirección y sentido a la existencia propia. Quien ama deja de vivir solamente para sí mismo y vive ahora también para alguien más; quien ama abre los ojos cada mañana pleno de entusiasmo, el cual todavía permanece en el momento en que se entrega al mundo onírico cuando el cuerpo descansa por la noche; quien ama rebasa la frontera del egoísmo para arraigarse en una tierra desconocida, pero potencialmente fructífera. Por todo ello es que el amor trasciende las fronteras del espacio y del tiempo, y engrandece la condición humana, pues nadie más en el mundo, ninguna especie, es capaz de amar; somos nosotros, los homo sapiens, los únicos capaces de tal proeza.
Pero el amor no es seducción, tampoco es enamoramiento, ni deseo; el amor es una condición del ser mucho más profunda y vinculada con el desarrollo de la consciencia y el fortalecimiento del espíritu, por ello es que no cualquiera está en condiciones de amar. El amor no tortura; el amor no abandona; el amor no desea, aunque se puede escalar a él a través del deseo; el amor es la búsqueda de la libertad propia al mismo tiempo que la del otro. Amor es hacer de dos cuerpos uno solo y retar con ello al tiempo y a la caducidad de la carne. El amor es la fuerza más grande que poseemos para superarnos, pero el amor tiene un final y es el que está ligado a la corrupción de la carne cuando es tocada por el dedo de la muerte. Mucho hemos escuchado del amor que va más allá de la tumba y se regodea en la eternidad, pero que lo hayamos escuchado no significa que en verdad suceda, abriendo con esto la pregunta incómoda: ¿Y si fuera verdad que todo se termina con la muerte, incluido el amor?
El final que la muerte representa es lo que nos ha llevado a plantear la posibilidad de una dimensión eterna en la que todo aquello que está separado alcanza su reconciliación y en la que todo dolor, su recompensa. La eternidad es la respuesta que le damos al final del amor para afirmarnos que, aunque por ahora nuestro cuerpo se separe del cuerpo del otro, en la eternidad las almas habrán de reencontrarse, sencillamente para continuar con la experiencia amorosa que las unió cuando se hallaban atadas a un cuerpo, sin embargo, esta creencia en la vida eterna es una apuesta en tanto que ninguno de nosotros ha trascendido conscientemente hacia lo eterno, y porque además somos testigos de que la única regla de esta dimensión que habitamos es que todo está destinado a terminarse. Los humanistas Jacinto Choza y Witold Wolny, en su obra Infierno y Paraíso, plantean la relación del amor y la eternidad en los siguientes términos:
«Quien de verdad ha amado sabe que ha descubierto lo eterno, que ha ido más allá del tiempo a un reino absoluto que tiene que volver, allí donde la muerte sólo en apariencia nos lo quita. Quien ha amado sabe que la resurrección, más que posible, es necesaria. Amar no es querer un poco, más o menos, relativamente; es declarar algo absoluto. Como dice el sabio vulgo, amar es adorar. Esta vida es la que hay que amar, y no de cualquier forma, sino absolutamente. Hacer infinito lo finito, el tiempo mismo. ¿Cómo hacerlo, si, en efecto, el tiempo es el signo de la finitud, aquello que siempre nos quita lo que queremos? Ciertamente hace falta eternidad para querer, pero ésa es la que el tiempo siempre da en el eterno retorno de lo mismo. Cada instante se hace eterno, haciendo eterna también la miseria que la historia ha tenido que recorrer para parirlo; con igual eternidad tiene la voluntad que amar su encadenamiento a un horizonte del que no hay salvación. Se salva el instante querido, y no hay salvación de todo lo demás, que igualmente se tiene que afirmar.»
Amar no es un acto que pueda hacerse a medias, ni tampoco con dudas. El amor es una certeza y una entrega absoluta a sí mismo y a los demás. Se ama a una persona, pero también a las plantas, a los animales, a la humanidad, al mundo; en pocas palabras, a la vida misma con todos sus matices. Quien ama, sin duda lo hace creyendo en la eternidad, pues el amor, cuando se vive, se hace como una certeza que está más allá del tiempo.









