Percibimos el mundo desde la vestimenta de la cultura, no desde lo real. Aquello que percibimos, puesto que siempre lo hemos visto de la misma manera, nos parece normal, pero se trata de un disfraz, de una envoltura atractiva y convincente que aceptamos sin cuestionamientos, y es que difícilmente podría ser de otra manera, pues desde temprana edad se nos moldea de tal forma que toda posibilidad de interrogar el orden establecido nos parece condenable, y por ello es que a veces aceptamos vivir bajo condiciones denigrantes, sin que tengamos valor para remediarlo.
Los ojos de la cultura, que son los que siempre llevamos puestos (al menos mientras en términos de la consciencia estamos dormidos), son los que nos impiden profundizar en la esencia de los mensajes a los que diariamente nos exponemos. Cuando encendemos el televisor, cuando sintonizamos la radio, cuando accedemos a nuestras redes sociales digitales o, en fin, cuando nos exponemos de cualquier forma a la industria cultural solemos hacerlo con una venda en los ojos que nos hace pecar, por decirlo de alguna manera, de ingenuos. Consumimos estos contenidos bajo la ridícula creencia de que son mero entretenimiento y nada tienen que ver con nosotros, sin embargo, aquello que consumimos, por muy inocuo que parezca, nos termina formando, por ello es que quien consume contenidos insulsos, tiene una mente insulsa; quien consume violencia, reacciona salvajemente ante cualquier diferencia de criterio; quien consume contenidos deprimentes, desesperanzadores o negativos termina convirtiéndose en todo ello.
La industria cultural a la que estamos expuestos en todo momento (esto es el conjunto de creencias sociales, religiosas, políticas, económicas, artísticas, etcétera) tiene como objetivo principal la homogeneización del individuo, es decir, hacer que todos sean iguales, tanto en imagen como en pensamiento; y por ello es que a pesar de proclamarnos como una sociedad diversa, en el fondo nos encontramos cada vez más alienados, uniformados y adiestrados a los intereses de un sistema cuyos únicos dos intereses son el consumo y la obediencia; y ¡ay! de quien considere escapar de este monstruo bicéfalo, pues su destino no será otro que el exilio.
Los ojos de la cultura los heredamos de nuestra familia y los reforzamos con la interacción social. Los ojos de la cultura, puesto que dan la impresión de que siempre han estado ahí, nos mantienen en un estado de sonambulismo del que somos inconscientes, es decir, estamos dormidos y por ello es que nuestras vidas se descontrolan cada vez más, porque al replicar los intereses de consumo y obediencia de la industria cultural nos vamos alienando tanto, nos vamos haciendo tan ajenos a nosotros mismos, que la vida en sí misma pierde todo sentido posible.
Nuestros artistas favoritos, nuestras filiaciones políticas, nuestras creencias religiosas, nuestros intereses económicos y, en fin, todo ello que nos parece normal y que corresponde a la vida social no es más que la máscara de un ente desconocido tan convincente que estamos dispuestos a defenderlo con todos nuestros recursos. Cuántas veces no nos hemos enfrascado en discusiones de orden deportivo, de la farándula, económico, religioso, político, etcétera que lo único que consiguen es acrecentar las distancias y enemistades entre las personas. El sistema de la industria cultural es tan “perfecto” que por voluntad propia renunciamos a nuestro pensamiento crítico para defender los intereses de una estructura que no hace más que mantenernos en un estado de miseria, sin importar la naturaleza a la que ésta corresponda.
Si pusiéramos atención a todo aquello que consumimos, nos daríamos cuenta de que debajo de toda forma bonita, atractiva y convincente no hay más que dos posibilidades: “obedece” y “consume”. Imaginemos que poseemos unos “lentes de la verdad” que nos permitieran mirar la esencia de la industria cultural, ¿qué habría debajo de nuestro artista favorito, de nuestro admirado equipo deportivo, de nuestro mecenas religioso o de nuestro líder político?, seguramente las dos palabras ya mencionadas, “consume” y “obedece”. El cuento A las ocho de la mañana, del escritor Ray Nelson, lo describe de la siguiente manera:
«Al final de la demostración, el hipnotista dijo a los presentes: “Despierten”. Uno de los presentes despertó del todo. Aquello era un hecho sin precedentes. Parpadeó. Al principio sin ser consciente de que hubiera algo fuera de lo habitual. Luego se percató: ellos estaban ahí, entre la muchedumbre. Eran los rostros de los Fascinadores. Ellos habían estado ahí desde siempre. Entendió todo. Si era demasiado obvio, ellos lo notarían y de inmediato le darían la orden de volver a su estado habitual, y entonces él volvería a obedecer. Él observaba la ciudad, la televisión y su alrededor y veía que debajo de la apariencia de las cosas y de las imágenes había mensajes de los que nadie se percataba y que decían: “trabaja ochos horas”, “juega ocho horas”, “duerme ocho horas”, “cásate y reprodúcete”. Las voces de los fascinadores decían: “Obedece. Somos tus amigos. Tú harías cualquier cosa por un amigo, ¿no?” Aunque había despertado, todavía se sentía tentado a obedecer, a ver las cosas de la misma forma en que su amo deseaba que las viera. Se preguntó ¿qué pasaría si él pudiera despertar a otros? Valía la pena intentarlo.»
Ser conscientes de que estamos dentro de una jaula no es suficiente para salir de ella. La mayoría de nosotros, por el estado de enajenación y por la creencia en la industria cultural, se halla dormido, sin embargo, aún cuando pudiéramos despertar y darnos cuenta de las artimañas de los Fascinadores para que consumamos y obedezcamos, ¿hasta qué punto podríamos hacer algo para alcanzar nuestra libertad? El personaje del cuento, sin saber cómo, despertó, y nosotros también podríamos hacerlo por algún acto fortuito, pero ello no será suficiente para que sepamos abrir esta jaula de aparentes complacencias en la que por una renuncia voluntaria al pensamiento crítico y a la inteligencia hemos creído en los Fascinadores cuando nos dicen: Somos tus amigos.
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