Uno de los términos reiterados por el presidente López Obrador para referirse al gobierno del de Calderón fue el de espurio. Originalmente con él reiteraba el apócrifo que la elección de 2006 le había sido robada. De ahí que todo cuanto hiciese Calderón sería ilegítimo. En el uso de “espurio” apuntaba al doble significado del término: como falso y bastardo. Incluyéndoles, pero fingido y degenerado, se subsumían al carácter ilegítimo. De tanto usarlo, perdió tanto el carácter descriptivo que nunca tuvo en realidad, como también el alegórico, haciéndolo propio. Así, son legión las instituciones y propuestas bastardas y degradadas de y por López Obrador, como el sistema de salud o las iniciativas universitarias. Ahora bien, es en el posgrado dónde puede ubicarse mejor. La tetranstornación ha sustituido al PNPC (programa nacional de posgrados de calidad) “salinista” con el SNP (sistema nacional de posgrado) “pejista”.
El primero, también conocido por su anterior nombre de “padrón” homologó los posgrados en términos formales (duración, criterios de ingreso, permanencia y egreso, etc), así como fracasó (afortunadamente) al no poder generar un mercado para profesores y estudiantes (en que se los peleasen). No resumiré la larga y complicada historia del Conacyt (de Echeverría a López Obrador), con sus antecedentes desde los cincuenta del siglo XX, y periodos de altanero auge, ni puedo dar cuenta con justicia aún sobre los efectos que actualmente padece al ser secretaría. Sí, contrastar su uso dentro de una falsa batalla cultural.
Oponiéndose al apócrifo “meritocracia”, la tetranstornación usa el de equidad y al hacerlo se ufanan de ser “diferentes”. La meritocracia es otro apócrifo, en el sentido que ninguna sociedad puede ordenarse por ese valor y serie de prácticas, por racionales y eficientes que sean. Se pueden generar ambientes dónde se elige a los más aptos entre postulantes y a quiénes muestran más y mejores habilidades para aprender y ser promovidos a entrenamiento de vanguardia. Como tal la meritocracia tiene un lugar y valor dentro de escuelas de élite. Siempre ya acotados y dirigidos a un espectro de clases sociales.
Así, no nos es difícil imaginarlos en su pertinencia dentro de las escuelas de oficiales de la armada de guerra, ejército y fuerza aérea, como tampoco su posible adaptación en ciertas escuelas de cuadros en señaladas áreas del conocimiento universitario. Nunca se aplica para la alta burguesía y menos aún a la aristocracia, dónde haya. Es para los elementos de la pequeña burguesía en peligro de regresar a su condición proleta y en sí a las clases subalternas. De entre ellas se interpela y coopta a los que han probado ser mejores y educables a programas basados en el mérito, precisamente porque los costos no los pagan las clases dirigentes sino los impuestos cautivos de la muy desdeñosamente llamada “base de la pirámide”. Así, eso permite a una verdadera minoría estadística movilidad social individual y con parte de sus familias, jamás como clase. Vía las alianzas matrimoniales, de las que son presa, suelen cerrar su ciclo de enajenación. No es raro pues, que destacados ingenieros, economistas, y hasta sesudos filósofos terminen esposando las más reaccionarias jaculatorias sobre “el país de jodidos”.
Contra ese enamoramiento por el neoliberalismo se ha propuesto la equidad. No el valor radical de la igualdad de las revoluciones francesa, haitiana y rusa, sino el de la muy corruptilla y domesticada revolución institucional mexicana de “Carranclanes” a “Cardenclanes”. Igualdad supone una inversión brutal en infraestructura básica para el cuidado y desarrollo de ciudadanos responsables. Desde que todos los infantes sean paridos en hospitales (sólo con las cesáreas estrictamente necesarias) tras haber sido procurados con toda la atención durante el embarazo, para después contar con guarderías, jardines de infantes (techados, con agua y jabón en los baños) así como un sistema de educación, salud y vivienda no sólo dignos sino competitivos internacionalmente, por la calidad de los recursos humanos que los han formado en el proceso. Bien sabemos nada de eso ocurre y jamás se ha planteado como una posibilidad real. Desde el cardenismo, ha sido preferible el barato melodrama de la heroicidad en la miseria que hacer una sola institución funcione. De suyo que cada una de esas instancias (salud, educación y vivienda) llene lo que el comediante conocido como el Güirigüiri llamó “museo(s) de horrorcitos cotidianos”.
No sólo por los casos extremos como la crisis alimentaria y prevalencia de embarazo infantojuvenil, sino en sí su aberrante naturalización de la contrahechura. La equidad se explica con memes de niños sobre huacales, pero en sí alude a un espurio sentido de equivalencia. Clave en tal simulación es la idea que, al hacer crecer el posgrado, sin preguntar qué quiere decir y cómo se organizan, se da por hecho valen lo mismo todos con tal que aumente el número de personas con maestrías y doctorados por cada cien mil habitantes. Especial paroxismo, merecerán las minorías que no lo son (como las mujeres) y las que se vayan demandando desde el racismo estadounidense. Por supuesto que la tontera de “personas de color” impide se trate de minorías en un país mayoritariamente rico en melanina. Tendrá pues que recurrirse a nuevos apócrifos como los de “primer(a) indígena” sabiendo que, en el Colegio de Tlatelolco, (antecedente de la Real y Pontificia) todos los alumnos (en masculino) lo eran y que siempre los ha habido en todas las áreas del conocimiento, precisamente por méritos de clase y necesidad de probarse contra el invasor, inmigrantes colonos “haciendo la América”, y (actualmente) mestizos con aires de Whitexicans.
Sin tener que definirla, la tetranstornación nos deja saber en los hechos, qué es lo que considera equitativo. No es sólo la devaluación de todos los grados universitarios (con las licenciaturas ya de cuatro años como un “bachelor”, maestrías en línea y doctorados espurios de tres años y medio), sino en el trato que da a los que siguen demostrando el valor de la meritocracia en programas y procesos educativos específicos. Tras la elección de López Obrador han ido cambiando las formas de tratar a los becarios en el extranjero. Amén de que deben ser cada vez más creativos con las historias familiares de origen para justificar el merecer una beca (por encima de los méritos y logros propios en exámenes homologados y la trayectoria individual), forzándoles a posar en el gueto de la interseccionalidad, al parecer deben habitar otro muy real: el de usar instrumentos financieros chacales y emitidos por instituciones coludidas con el crimen.
La comparación y contraste con los que empleaban los neolis es acojonante. Hace treinta años quiénes cursaron posgrados en los Estados Unidos empleaban instrumentos de débito del California Commerce Bank (filial de Banamex antes de su adquisición por Citigroup), con todas las protecciones que se exigen para un usuario de la banca comercial estadounidense. Hogaño, la generalidad de los becarios en el extranjero han de emplear los del CIBanco. Conocido por ser lacra entre las lacras en las casas de cambio, siempre vendiendo al máximo por encima del costo interbancario y comprando por debajo, ahora se comprueba están bajo sospecha yanqui de ser parte del crimen organizado. ¿Cómo se tomó la decisión de administrar con esos jinetreros las becas y cuál ha sido el proceso específico de degradación que lo explica? Responderlo requiere periodizaciones, identificando personajes y coyunturas corroboradas, pero el proceso es claro. Se trata precisamente de una falsa oposición dentro de lo espurio.
La equidad es la mano negra de la meritocracia. Es el lado espurio del neoliberalismo, de donde no salimos por más que se reiteren apócrifos de pena ajena como “humanismo mexicano”, “economía moral” o “postneoliberalismo”. Tal y como sentencia el aristócrata en la peli Scaramouche a su hermano bastardo (en “flipante” comedia de errores y “alrevesamiento” de valores, pues en ella el bastardo es quién vive por el mérito y carácter, nobleza y destreza, haciendo de su carnal espurio), “hay gente que sólo está a gusto en el albañal”. Ciertamente, pero cuando se han hecho del poder buscan arrastrar a todos hacia él. AMLO y Calderón comparten apodos excrementicios. No fueron dados de uno para el otro sino por el irrespetable. Bestializado por las condiciones reales de existencia y reproducción, pero el inenarrable Dasein barriobajero, con todo por probarse para dejar de verse en el espejo de los charcos, no duda en saber identificar al espurio entre ambos.









