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Ante la pregunta ¿qué es lo que nos hace humanos? podríamos dar diferentes respuestas: algunos, desde el especismo, dirían que la pertenencia al orden de los primates, específicamente a la familia de los homínidos conocidos como Homo sapiens, es lo que nos hace humanos; otros creerán que la posesión de una inteligencia superior como complemento de un cuerpo de fuerza limitada, en comparación con otros animales, es lo que nos hace humanos; sin embargo, también podríamos apostar por una respuesta ligada al desarrollo de la consciencia, en este sentido lo que nos haría humanos no sería tanto por lo que poseemos, sino por lo que sabemos que podemos dejar de poseer de manera irreversible, la vida; bajo este último criterio, lo que nos haría humanos sería la consciencia de la muerte, tanto de la ajena, como de la propia.
Pensar en la muerte es algo más que saber que la vida tiene un final (que esto ya es mucho). Pensar en la muerte es elevarnos a tal nivel de abstracción en el que el mundo físico es una posibilidad de ser, pero no es la única. Por un lado, la muerte es el cese definitivo de todas las funciones corporales, iniciando con ello su proceso de degradación y posterior desaparición; pero, además, la muerte ha sido entendida como el paso a un “más allá”, el cual podría estar asentado en una base espiritual o en una natural; la base espiritual es la que postula la existencia de un alma que se perpetúa eternamente manteniendo la esencia de su ser, en cambio, la base natural propone que después de la muerte uno se “eterniza” en la naturaleza a través de los procesos de descomposición y regeneración cuando nuestra materia se convierte en alimento de otras formas de vida, en esta vertiente no existe un alma relacionada a un “yo” particular, pues, por decirlo de alguna manera, uno mismo se disgrega para fundirse con el mundo. Sin embargo, en cualquiera de las dos posibilidades, la muerte conlleva una idea de transformación.
Estas consideraciones sobre la muerte son las que los animales no humanos son incapaces de generar. La muerte, para el ser humano, es mucho más que un proceso natural y por ello es que la ha ritualizado, estigmatizado y representado de maneras incontables. ¿Los animales no humanos piensan en la muerte? Es complejo de saber, pero posiblemente, no lo hagan, pues la idea de la muerte inevitablemente está ligada a la consciencia del yo, a la idea de “yo soy esto… y por lo tanto podría dejar de ser”; además, la idea de la muerte está ligada a la idea del tiempo, siendo éste otra abstracción propia del ser humano. Por lo anterior, hablar de la muerte es hablar del ser y del tiempo, algo de lo que el resto de los animales son incapaces.
Aunque la muerte es un fenómeno natural, los seres humanos no solemos entenderla de esa manera y por ello es que generalmente nos causa sufrimiento. La muerte es el final de la vida, es decir, el punto de no retorno en el que aquel ser que se fue no volverá jamás, pero debido a que esta perspectiva podría reducir la existencia a un absurdo es que la humanidad ha convertido a la muerte en un fenómeno de separación en el que lo material se queda bajo tierra para desintegrarse, al tiempo que el alma, la esencia o el ser se libera de su prisión bajo la promesa de reencontrarse con nosotros cuando expiremos por última vez.
La separación producida por la muerte nos presenta la idea de que cuando estamos vivos no somos nosotros realmente, pero cuando morimos sí somos nosotros realmente. Irónico, sí, pero son diversas las culturas que han relacionado a la vida con el no–ser y a la muerte con el ser. Vivir es tener la oportunidad de experimentar las dichas y desventuras del mundo, pero siempre desde el filtro falible de los sentidos, mientras que la muerte podría alejarnos del mundo para acercarnos al origen del Todo. ¿Será verdaderamente así? Nadie lo sabe. Al respecto, María Josefina Regnasco, en su obra El poder de las ideas. El carácter subversivo de la pregunta filosófica, nos dice lo siguiente:
«La antropología ha reconocido signos de humanización a partir de la utilización de herramientas, o de la creación del lenguaje. Sin embargo, el único signo diferenciador consiste en que la presencia de la muerte acompaña el transcurrir de la vida. Los animales no ignoran la muerte, la reconocen en los cadáveres de sus semejantes o de otras especies. Sin embargo, para ningún animal el sentido de la muerte es un ingrediente de su propia vida, ni la acompaña con rituales. Los ritos mortuorios atestiguan la separación del cuerpo perecedero y del doble. La creencia en la supervivencia personal bajo forma espectral no hace sino proyectar más allá de la vida terrena el proceso a través del cual el espíritu humano reconoce su esencia.
El doble es la “persona”, pero experimentada como extraña. El doble es entonces un alter ego que el hombre experimenta en sí, al mismo tiempo exterior e íntimo. Esta proyección de sí como alter ego permite que el doble pueda manifestarse en el sueño, la sombra, en el reflejo del agua o de los espejos; el revés del espejo es el reino de los dobles. Al nacer un niño, se buscan en su cuerpo las huellas ancestrales y esta identificación permite darle nombre. La presencia del Otro configura al yo, pero es al mismo tiempo autónoma.»
Cuando nos miramos al espejo ¿qué es lo que vemos?, ¿nos gusta aquello que observamos o lo condenamos?, ¿creemos que lo que vemos somos nosotros? Los sueños, la sombra y los reflejos en cualquier superficie son multiplicaciones de nuestras dichas y desdichas, de nuestros triunfos y derrotas, de nuestros deseos y de nuestros miedos. Cada día, cuando nos observamos en los sueños, en las sombras y en los reflejos vemos tan sólo lo que el espejismo nos permite, y satisfechos o no con ello, vamos por la vida asumiendo que la muerte es sólo para los demás, pero no para nosotros mismos. Los animales no humanos son inconscientes de la muerte, pero en muchas ocasiones nosotros también. ¿Qué es la muerte en última instancia y en el sentido filosófico? Por ahora sólo podemos afirmar que se trata de un ingrediente de la vida.









