No es por presumir, bueno sí, un poco, les cuento que estuve un par de semanas de viaje, un viaje algo intenso que de antemano sabía no me permitiría dedicar el tiempo que requiero para escribir mi colaboración en este medio, así que por las últimas 2 semanas no participé. Quiero pensar que alguien habrá extrañado mis textos, porque yo sí he extrañado los necesarios momentos de reflexión que se necesitan antes de escribir estas colaboraciones.
Les cuento que este viaje lo realicé en motocicleta, ya saben que tengo una gran debilidad por la carretera y las dos ruedas. Durante 2 semanas rodé en compañía de mi esposa, mi hermano, dos de mis mejores amigos, sus esposas, y un puñado variopinto de locos increíbles de diferentes nacionalidades, juntos viajamos por muchas de las carreteras más bonitas de Europa. Subimos y bajamos por los puertos de montaña más emblemáticos en los Alpes y las Dolomitas para completar un poco más de tres mil kilómetros de emoción y paisajes imposibles de capturar con justicia en una foto.
Una de las cosas que más me gusta de viajar en moto es la oportunidad de usar esas horas conduciendo embutido en un casco para reflexionar, pensar y resolver. “Terapia de casco” le llamo.
Seguro que está perfectamente documentado en la sabiduría popular que cuando los mexicanos estamos fuera de México en primer lugar extrañamos el chile, dicho sin albur, y en segundo lugar todo lo demás, siempre llevamos este terruño muy dentro del alma y no podemos dejar de pensar en él cuando estamos en tierra extranjeras. Por alguna razón nunca podemos dejar totalmente nuestra tierra y siempre estamos relacionándola, comparándola y anhelándola contra lo que vemos en cada lugar que visitamos. Así que cuando ruedo por otros países, muchas de esas horas de “Terapia de casco” las uso para pensar en nuestro México lindo y qué herido.
Ya se imaginarán que mi mente va desde “en Chignahuapan tenemos bosques más bonitos” hasta “¿por qué en México no somos capaces de hacer algo así?”. El caso es que durante tantas horas divagando y reflexionando recordé un libro que leí hace algunos años y que me parece oportuno recurrir a él para tratar de organizar un poco lo que pensé durante algunos miles de kilómetros.
Y es que hay libros que cuando uno los lee se pegan al alma como grasa de motor. Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, de Robert M. Pirsig, es uno de esos. Un libro que arranca como un paseo en carretera y termina siendo un viaje al fondo de la mente. Lo curioso es que, aunque se escribió hace más de medio siglo en Estados Unidos, siento que es el pretexto ideal para hablar del México de hoy. Sí, ese México que parece que cada vez que logra avanzar unos kilómetros, se le cae el escape, se le salta la cadena, o simplemente ya no arranca.
Pirsig no escribe sobre motos, al menos no en el sentido mecánico y simple. Usa la motocicleta como metáfora del ser humano, de la sociedad, del sistema. Y sobre todo, de la relación entre la razón y la emoción, entre la técnica y el espíritu. Él insiste en que para que una motocicleta funcione bien, no basta con echarle gasolina o, como mi primera Carabela, patear la marcha cuando se apaga. Hay que entender cómo están hechas las piezas, cómo se conectan entre sí, cómo una afecta a la otra.
Y aquí es donde México entra a cuadro como una motocicleta que hemos aprendido a patear para hacerla arrancar, a empujar cuesta abajo y a dejarla oxidarse en la banqueta bajo las peores tormentas, en vez de cuidarla, cubrirla, mirarle el motor y revisar el carburador.
México es un país que funciona a tirones, reparado con negligencia, con piezas usadas o de mala calidad y que falla constantemente. La desigualdad social, por ejemplo, no es solo una cifra en los informes del INEGI; es un petardeo constante que se escucha en cada esquina: fraccionamientos donde hay hospitales privados con quirófanos de primer mundo a diez minutos de colonias donde una gastroenteritis puede ser sentencia de muerte. Es como un motor desafinado, donde una parte gira rápido, otra se calienta, y otra ni siquiera está conectada.
Pero ¿qué hacemos como sociedad? En lugar de revisar cómo están armadas esas piezas, preferimos aplicar medidas de contención: programas sociales sin rumbo, represión al que protesta, discursos que dividen. Queremos apagar el ruido sin arreglar el motor. Y eso, como bien diría Pirsig, es ignorar la esencia de lo que se necesita para que nuestra motocicleta funcione.
La violencia es, sin duda, la falla más grande. A pesar de su magnitud, aun nos escandalizamos ante una masacre, cuando aparece otro cuerpo en una bolsa, cuando desaparece una persona o asesinan a una mujer. Pero mientras tanto, toleramos el abandono escolar, la marginación, la impunidad, la corrupción policial y nos hacemos selfies muy sonrientes con el político en turno, avalando gestiones fracasadas. Es como si una motocicleta tirara aceite a chorros por el cárter y nosotros le pusiéramos una calcomanía de Valvoline encima en vez de abrir el motor.
Para colmo, displicentemente esperamos resolver los temas sin darnos cuenta que con la brutal polarización social, que hemos venido impulsando en los últimos años, será lo mismo que pensar que podemos arreglar la moto poniendo a interactuar a dos mecánicos incompetentes que se odian. Una parte del mensaje de Pirsig es que existen dos formas de abordar el mundo: una racional, analítica, de desarmar y entender; otra emocional, intuitiva, artística. Ambas son necesarias. El problema surge cuando una quiere aniquilar a la otra.
Eso es exactamente lo que vivimos en México con la polarización política y social. Una parte del país piensa que todo lo que hace el gobierno está bien solo porque lo hace en nombre del “pueblo” y están vengando agravios del pasado; la otra cree que todo está mal porque “son unos resentidos ignorantes” que están llevando todo al abismo. Dos formas de ver el mundo que no dialogan, que no se escuchan, que no se entienden. Dos mecánicos que pelean por la forma de ajustar el tornillo sin ver que el verdadero problema es que se están olvidando que ninguno tiene la llave correcta.
Esta polarización no solo impide soluciones reales, sino que agrava los problemas existentes. Porque en vez de colaborar en arreglar la motocicleta, cada quien se lleva una llanta y se atrinchera con ella.
Y para acabarla de amolar, tenemos en la corrupción al aceite contaminado que penetra por todo el motor, haciéndolo funcionar muy mal y dañándolo con cada movimiento del pistón. La corrupción no ha disminuido a pesar de todos los discursos, es más, con un cinismo inédito se ha filtrado por todo el sistema, contaminándolo en todos los niveles. Pero otra vez, en lugar de entender por qué se corrompen las piezas —sueldos miserables, falta de transparencia, destrucción de instituciones, incapacidad de funcionarios, cultura de impunidad, desesperanza—, cada determinado tiempo nos limitamos a señalar culpables a modo y colgarlos en redes sociales, como si eso limpiara el sistema. No lo limpia. Solo salpica más aceite sucio.
Pirsig nos recuerda que no puedes odiar tu motocicleta si no te das el tiempo de entenderla. Y aquí en México, llevamos décadas odiando al país, a sus gobiernos, a sus instituciones, sin sentarnos a hacer el trabajo difícil: abrir, revisar, limpiar, ajustar.
¿Y si empezamos a ver los problemas como una oportunidad para arreglarlos?
En lugar de atacar los problemas como si fueran cucarachas que hay que pisar, quizás deberíamos empezar a verlos como síntomas de un motor que necesita afinación. Cada conflicto social, cada estallido de violencia, cada acto de corrupción o desigualdad no es el enemigo a eliminar, sino la señal de que algo en el sistema está fuera de lugar. No se trata de quitar la pieza defectuosa y reemplazarla con otra igual de mediocre, sino de rediseñar el sistema que la daña o rompe.
Eso exige paciencia, técnica, sensibilidad. Exige, como dice Pirsig, calidad. Y la calidad no es lujo, es compromiso con el funcionamiento, con el equilibrio. Una sociedad de calidad no es la que tiene más dinero o más poder, sino la que sabe ajustar sus engranajes para que todos sus componentes trabajen sin destruirse unos a otros.
Y luego viene el trabajo invisible del mantenimiento, cuyo problema es que hacerlo no da votos, ni aplausos, ni trending topics. El mantenimiento es trabajo invisible. No hay glamour en cambiar bujías, ajustar frenos, limpiar carburadores. Por eso no vemos a los políticos enfocados en ello, pero sin eso, ninguna motocicleta —ni sociedad— avanza.
Todos deseamos que México sea una preciosa Ducati Panigale V4, pero lo tratamos como si fuera una vieja bicicleta oxidada. Le exigimos que avance velozmente pero no invertimos en su mantenimiento y actualización tecnológica. Queremos que aguante, que corra, que nos lleve lejos, y no queremos tomarnos el tiempo para ver qué pieza está a punto de romperse.
Y no se trata de tecnocracia ni de romanticismo. Se trata de unir ambas perspectivas: el Zen y el mantenimiento. La visión y el detalle. La emoción de querer un mejor país con la técnica de saber cómo se construye.
México no va a cambiar por decreto, ni por redes sociales, ni porque gane un lado u otro. Cambiará cuando decidamos dejar de maldecir y culpar a la moto y empecemos a entender cómo funciona. Cuando cada quien —desde su lugar— asuma que no basta con quejarse del ruido o del humo, sino que hay que ensuciarse las manos.
Un país no es una idea abstracta. Es una máquina colectiva. Si un engrane está roto, todo tiembla. Pero si entendemos cómo se conectan nuestras diferencias, nuestras necesidades, nuestras aspiraciones… entonces tal vez podamos avanzar con rumbo y sin tanto sobresalto.
No se trata de eliminar los problemas. Se trata de afinarlos. De verlos, enfrentarlos, desarmarlos, volverlos a armar. Porque como decía Pirsig, lo importante no es el destino, sino la calidad del camino.
Y para conducir este México por caminos que parecen más taller que carretera, antes de ponernos el casco mejor vámonos poniendo primero el overol.
¡Un abrazo!
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










