elmundoiluminado.com
Es nuestra complejidad neuronal lo que nos distingue y eleva con respecto al resto de las especies. Nuestro cerebro es capaz de imaginar, planear, desarrollar y concretar los mayores actos de bondad, mejora y progreso, así como las más terribles catástrofes. Es gracias nuestro grandioso, y a la vez enigmático, cerebro que podemos pensar, que poseemos una mente, que contamos con la razón y que nos elevamos al intelecto, facultades todas ellas que repercuten en la formación de la consciencia.
Aunque no somos nuestro cerebro, el ser que somos sí depende del mismo. El ser, valga la redundancia, es lo que nos permite existir. Ser y existencia son inseparables y la comprensión de ello es lo que también nos distingue del resto de los animales. Nuestro cerebro es único, gracias a él es que podemos aspirar a niveles de abstracción a los que el resto de las criaturas no tienen acceso, tal es, por ejemplo, la idea de la muerte, no sólo la del otro, sino, también, la de la muerte propia, tanto en el sentido físico como metafórico, pues todos los días cambiamos; hoy no somos los mismos que ayer, aunque algo del ser se mantiene: la esencia.
Pero además de la compleja abstracción de la muerte, nuestro cerebro ha moldeado la del tiempo, aquella medición ambigua que nos permite saber y sentir la duración de los seres, de las cosas y de los fenómenos físicos y metafísicos, siendo éstos últimos exclusivos de la mente humana. El paso del tiempo, así como la planeación del mismo, también es concebible únicamente por nuestra especie; no se niega que el resto de los animales poseen un sentir con respecto al paso del tiempo ligado a las rutinas que realizan, sin embargo, los animales no humanos carecen de la idea de “tiempo”, pues son incapaces de elevarse al abstracto mundo del pensamiento, el cual discurre en una sucesión de actos y palabras imaginados.
Cierto es que algunas escuelas espirituales y filosóficas postulan la idea de que el tiempo no existe, pues el espacio en el que vivimos es el de un presente continuo, sin embargo, y a fin de poder ordenar nuestros actos en este mundo, nuestro cerebro ha dividido esencialmente el tiempo en tres niveles: el pasado, lo que ya ocurrió; el presente, lo que está ocurriendo; y el futuro, lo que ocurrirá; pero la idea puede complicarse aún más si lo pensamos (nuevamente recurrimos a la abstracción propia de nuestra especie) bajo el siguiente esquema: el pasado, lo que fuimos; el presente, lo que somos; el futuro, lo que seremos.
La sola idea de que somos sin ser porque siempre estamos cambiando, sirve para ejemplificar la abismal diferencia que tenemos con respecto al resto de los animales, los cuales ni siquiera imaginan que son algo y esto es porque ellos, a diferencia de nosotros, realizan sus días principalmente a partir del principio del instinto, mientras que nuestra especie es capaz de renunciar, o al menos de detener temporalmente, ciertas conductas instintivas, lo cual nos da cuenta de que, en ocasiones, “escapamos” de la naturaleza.
Imaginar el futuro no es tan simple como parece, pues implica, a la vez, la idea de temporalidad y la de ser. Somos algo en el tiempo, pero debido a que éste no es estático, de alguna manera nunca somos nada. He ahí el laberinto mental al que nos entrega nuestro cerebro. Ser sin ser, pero al mismo tiempo saber que moriremos un día en el futuro y con lo cual dejaremos de ser aquello que no entendemos que somos es lo que nos aleja del resto de los animales. El ser y el tiempo, quizás los dos conceptos más complejos de comprender, los dos conceptos que la gran mayoría desdeña, pero que son fundamentales para la construcción del yo.
El tema de la inteligencia compleja, propia de los seres humanos, es fascinante debido a que algunos se inclinan por suponer que de no ser nosotros, otra especie se habría sentado en el trono de la sapiencia, sin embargo, los evolucionistas cada vez más se inclinan a suponer que la inteligencia compleja no siempre está llamada a manifestarse y que casos como el nuestro no son más que un accidente de la naturaleza, es decir, que las posibilidades de que otro caso como el del homo sapiens se repita, es casi inexistente. Sobre nuestra complejidad neuronal habla el filósofo Juan Gavilán en su obra Cerebro, mente y conciencia, en los siguientes términos:
«Las acciones del ser humano no siempre buscan la satisfacción inmediata de sus necesidades. Una de las diferencias entre la conducta animal y la humana consiste en que la complejidad de nuestro cerebro nos permite retrasar y diferir las respuestas. El ser humano siempre puede esperar y ordenar los medios para conseguir los fines que se propone; puede organizar las condiciones en que se desenvolverán sus acciones en el futuro; puede fabricar instrumentos para realizar las tareas; cuenta con la mediación de la cultura para organizar las funciones de la vida.
El desarrollo de su cerebro, la ampliación del campo de la mente y de la conciencia le han concedido la posibilidad, posiblemente cerrada para el resto de los animales, de hacer su propia vida, de construir las condiciones en las que habrá de vivir, de plantearse no solo lo que ha de hacer, sino lo que ha de ser. El sujeto consciente puede dotar de sentido todas sus acciones. La vida humana es un juego en el que se ha de producir un equilibrio entre las acciones y las renuncias. Las represiones de los impulsos y de los deseos, así como la preparación de las condiciones para la satisfacción de las necesidades, han llegado a formar parte esencial de la conciencia.»
Tener la capacidad de detener nuestros impulsos y gobernar nuestros instintos son evidencias de la evolución de nuestro pensamiento complejo. Como cualquier mamífero, tenemos deseos, pero con la diferencia de que nuestra concepción y comprensión del tiempo nos permite aplazarlos hasta que las condiciones para satisfacerlos sean óptimas. Nuestro cerebro, semejante a la mítica arca de la alianza, es depositario de dones y maldiciones cuyos efectos dependen del sentido consciente que le damos a nuestras acciones y renuncias.









