Nos gusta pensar que en México somos muy entrones, la imagen del charro bragado y listo para la pelea y el amor se fijó en la psique colectiva durante el siglo pasado, (seguro que en mucho se lo debemos a la “Época de Oro del Cine Mexicano” y aunque sin duda hay grandes ejemplos de mexicanos y mexicanas muy valerosos que han sabido dar la cara en los momentos más complicados, la verdad es que siempre ha costado trabajo reunir voluntarios para salir a luchar, para sumar a las grandes causas o para defender derechos legítimos.
Es más, esta incongruencia entre lo que creemos ser y lo que muchas veces acabamos haciendo, ha permitido que, en muchos momentos de nuestra historia, los grupos que ocupan el poder se sientan muy cómodos usando su posición para beneficiarse mientras traicionan a los ciudadanos con total impunidad. No es cuestión de un grupo en particular, en mayor o menor medida, todos los que han ocupado el poder a lo largo de nuestra historia se han aprovechado de nuestra desidia social para hacer y deshacer sin rendir cuentas a nadie.
El eslabón más reciente de esta cadena de traiciones y abusos ocurrió en el último proceso legislativo extraordinario. En una sentada y sin mediar palabra, el Congreso de la Unión —bajo la batuta de un solo partido y con el coro complaciente de sus aliados— aprobó 16 reformas que atentan contra nuestra joven democracia, la mandan al rincón, de espaldas, sin postre y sin derecho a pataleo. Esto no fue una sesión legislativa, fue una emboscada constitucional.
Un proceder que debió ser una patada en la puerta que nos despertara, una advertencia con letras grandes y fosforescentes de que “ahí les va el poder absoluto… y sin anestesia”, pero no sucedió, no parece habernos despertado. Y, una de dos, o nos ha dejado en shock y paralizados o simplemente lo dejaremos pasar, nuevamente, sin mayor reacción y esperando que se resuelva solo. Spoiler, no se va a resolver solo.
Los “legisladores” del régimen, aprovechando la mayoría legislativa que le arrancaron a los ciudadanos, votaron ciegamente y a favor lo que desde el partido o el palacio nacional les enviaron, para nuevamente fungir penosamente como oficina de partes y traicionaron el mandato democrático ¿Revisaron los detalles? ¿Invitaron a expertos? ¿Hubo diálogo plural? ¿Transparencia? ¿Un debate público de altura? Nada. Para ellos, reformar o crear leyes tiene menos trascendencia que elegir la botella de vino que llevarán a la fiesta de cumpleaños en el St. Regis. No se dan cuenta, o no les importa, que las consecuencias de esta docilidad legislativa pueden durar generaciones.
Vivimos en un país que construyó con mucha dificultad sus espacios de participación ciudadana. No fueron regalos de ningún gobierno, sino conquistas arrancadas a fuerza de movilización, exigencia y organización social. Hoy, todo eso se está barriendo con la escoba de la obediencia ciega, de la cobardía tácita o la complicidad criminal. Han sometido y desaparecido a los órganos autónomos con la facilidad de quién nunca entendió su importancia, ni como estas estructuras garantizan nuestra libertad, nuestra voz y nuestra capacidad de vigilar al poder. De eso trataron las 16 reformas aprobaron sin leer y en fast track y nunca se enteraron.
Hoy, dada la posición que ocupan, les puede parecer conveniente la concentración de facultades en el Poder Ejecutivo, sin frenos ni contrapesos, pero si tuvieran un poco de sentido común o responsabilidad debería estar alarmados. Han logrado que en México pasemos de un país con poder dividido al poder a la carta. No importa de qué color seas, de qué partido vengas o a quién le vayas en las elecciones: la historia ha demostrado que cuando el poder se acumula, la libertad se disuelve. Y México no es la excepción, aunque nos guste jugar a que “aquí no pasa nada”.
La seguridad ha sido el centro de la mayoría de las reformas aprobadas, el tema es lo que se ha aprobado, una de las reformas más graves es la que centraliza el Sistema Nacional de Seguridad Pública. En teoría, suena bonito: más coordinación, más eficacia. Pero detrás de palabras suaves como “amor a la patria” o “federalismo cooperativo” se esconde una receta para militarizar indirectamente tareas civiles.
La Guardia Nacional, subordinada a la SEDENA, se fortalece mientras se debilita la autonomía de policías municipales y estatales. ¿El resultado? Menos vigilancia ciudadana, más poder centralizado y más riesgos de abuso. Y lo más grave: sin ningún mecanismo real que obligue a rendir cuentas.
Pero si algo ha activado las alarmas es la creación de una subsecretaría de inteligencia con poderes dignos de una novela distópica, estamos a punto de ver cómo nuestros datos personales, nuestras llamadas y nuestros movimientos podrían ser monitoreados “por seguridad”… o por conveniencia política.
La nueva Ley del Sistema Nacional de Investigación e Inteligencia es el equivalente digital de “el gobierno te observa… y te archiva”. Sin controles judiciales robustos, sin autorización ciudadana y sin límites claros, este sistema puede convertirse en una herramienta de vigilancia masiva.
¿Te imaginas que todo lo que haces en línea, tus datos biométricos, tu CURP, tus llamadas, tu geolocalización, estén al alcance de un burócrata con teclado con ambiciones y tiempo libre? Pues no lo imagines tanto: ya estamos en ese umbral.
Y si todavía no te da miedo, te recuerdo que toda esta información estará conectada a una Plataforma Única de Identidad. Sí, esa CURP con biometría que quieren que sea “el nuevo documento nacional”, desplazando gradualmente a la credencial del INE. ¿Casualidad? Lo dudo.
La eliminación del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) es otro tiro certero a la autonomía. ¿Quién lo reemplaza? Dos nuevas agencias bajo control del Ejecutivo. ¿Y qué implica eso? Que ahora el gobierno podrá decidir, sin intermediarios incómodos, qué se transmite, cómo se transmite y a quién se le otorga licencia para hablar. De cómo esto vulnera los acuerdos internacionales, como el T-MEC, ya hablaremos en otra ocasión.
Peor aún: todas las compañías de telefonía estarán obligadas a identificar a sus usuarios, incluso los de prepago, con su CURP. Un control total sobre las telecomunicaciones, disfrazado de modernización digital. ¿No les suena familiar? Exacto: China, Venezuela, Nicaragua… No son buenos referentes.
Afortunadamente, no todos están dormidos ni comprados. Desde la COPARMEX se ha lanzado una alerta contundente, una defensa frontal del Estado de Derechos que merece ser reconocida. No porque sean empresarios —aunque también—, sino porque han entendido que sin instituciones autónomas no hay democracia posible. Y sin democracia, no hay economía que aguante.
Su presidente, Juan José Sierra, las vicepresidentas y vicepresidentes de esa organización han denunciado las reformas por lo que son: un intento sistemático de desmontar los equilibrios democráticos. Y lo han hecho con claridad, con firmeza y con argumentos. En un país donde el disenso se castiga y el silencio se premia, levantar la voz es un acto de valentía.
La postura de COPARMEX debería ser un ejemplo para todos los sectores de la sociedad civil: es momento de actuar, de exigir, de acudir a todas las vías legales disponibles y de defender con uñas y dientes lo que tanto ha costado construir. El silencio no es opción. México no necesita sumisos, necesita ciudadanos
Si algo debe quedarnos claro es que esto no se trata de estar a favor o en contra de un gobierno, sino de entender que ningún poder debe ser absoluto. Ni el de hoy, ni el de mañana.
México enfrenta retos enormes en seguridad, economía y política exterior. No podemos darnos el lujo de desmantelar las instituciones que nos permiten enfrentarlos con responsabilidad y pluralidad. Si dejamos que una sola visión imponga su voluntad sin diálogo ni rendición de cuentas, el precio lo pagaremos todos, incluso los que hoy se sienten beneficiados por ello.
No es tiempo de apatía, es tiempo de vigilancia. No es tiempo de gritar en redes, es tiempo de organizarse. No es tiempo de esperar a que “alguien más” haga algo: ese alguien eres tú, soy yo, somos todos.
Porque si permitimos que el autoritarismo sustituya al diálogo, pronto no quedará nadie a quien reclamarle… ni medios donde hacerlo.
¡Un abrazo!
Los leo en X: @RubenFurlongM
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