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Todos hacemos planes para hoy, para mañana, para la semana que viene o para fin de año. Hacer planes nos da claridad con respecto a lo que queremos, o al menos nos ayuda a sentirnos menos perdidos. Los planes siempre son a futuro y, por lo tanto, nos dan un sentido, una dirección, un propósito, por ello es que cuando los planes se terminan, se consuman o se olvidan ya no hay nada más que hacer, a menos que volvamos a hacer nuevos planes que nos impulsen a llegar a donde queremos, sin embargo, hay un dicho popular que dice: “haz planes y Dios se reirá de ellos”, y esto es porque la vida nunca será como la imaginamos, nos arrastrará, nos dará de vueltas y nos pondrá en situaciones que nunca imaginamos que viviríamos o que siquiera existían o eran posibles; otro dicho popular reza: “nunca digas que de esa agua no habrás de beber”, lo cual es cierto y un recordatorio de que nuestro paso por esta vida no será mejor cuanto más planes hagamos, sino cuanto más humildad pongamos en nuestra conducta, pues lo que hoy es una certeza, en un instante podría no ser más que un sueño, un recuerdo, una ilusión.
Aunque Dios se ría de nuestros planes, es importante tenerlos, pues cuando anulamos toda posibilidad de sentido en nuestras vidas dejamos de caminar, ya no avanzamos, y es entonces cuando la relativa ventaja que le llevábamos a la muerte, la cual camina detrás de nosotros y por el mismo sendero, se acorta y ella nos alcanza para llevarnos consigo misma, sin posibilidad de oponer resistencia alguna. Un ejemplo de lo anterior son aquellas personas que llegadas a la edad del retiro, de un día a otro dejan de hacer la actividad a la que durante décadas se entregaron.
La jubilación o pensión laboral a muchas personas les parece deseable, sin embargo, cuántos casos no conocemos de quienes “concluido” con su etapa productiva (siempre es posible hacer algo más) y se recluyen en un sillón para morir unos cuantos meses después; irónicamente el trabajo del que tanto se quejaban (pues la mayoría lo hace) era lo que los mantenía con fuerzas para vivir y para poner resistencia a su desaparición, pues, en última instancia, el acto de levantarse todos los días para trabajar es una forma de sentido de vida. Cuánta razón hay en otro dicho popular que advierte: “ten cuidado con lo que deseas porque podría hacerse realidad”, tal es el caso de la edad de retiro en la que muchos perecen.
La vida es un avanzar continuo. Desde que llegamos a ella –desde que damos el primer paso en este sendero en el que la muerte nos persigue pacientemente, y en el que nos alcanzará tarde o temprano y sin importar cuánto aceleremos el paso–, caminamos hacia nuestra tumba. Para algunas personas ese andar es tortuoso, doloroso y pesado, pero, también están quienes a pesar de conocer el irremediable destino al que todos nos enfrentaremos, mantienen una postura optimista ante la vida; no es porque estas personas no sufran, ni tampoco porque nunca hayan experimentado el dolor, sino que más bien han comprendido que las desavenencias de la existencia son oportunidades para aprender, para autoconocerse y para ejercer la humildad. Las malas experiencias son inevitables, pero pueden resolverse con menor dificultad cuando nos hemos planteado un propósito, cuando hemos trazado un plan que, pase lo que pase, uno mismo está comprometido a cumplir.
Avanzamos hacia nuestra tumba, cada día estamos más cerca de ella. ¿Qué sentido tiene entonces plantear un propósito de vida si terminamos en la nada? Cruel cuestión es esta existencia a la que llegamos sin pedirlo y de la nos vamos sin desearlo, sin embargo, caer en la tumba puede hacerse de diferentes maneras: habrá quienes lo hagan derrotados, otros se precipitarán en ella humillados, estarán quienes tocarán su fondo oponiendo toda resistencia y es que si bien la muerte es un final inevitable uno puede presentarse ante ella con cobardía o valentía. Sí, la muerte nos llevará a todos, pero no tenemos porqué hacer que la tarea sea sencilla, por lo que plantearse un propósito de vida es la mayor resistencia que podemos llevar a cabo. Sobre la muerte, dice el poeta Rubén Darío, en su poema “Lo fatal”: «Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, porque ésa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror… Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, y no saber adónde vamos, ¡ni de dónde venimos!…»
Dolorosa es la vida consciente, la vida del que sabe, pues éste ya no ignora su fatal destino. A los demás podemos engañarlos, pero a nuestra consciencia, nunca. El que sabe es consciente de sus actos y consciente de sí mismo, de su existencia, de sus límites. Dice otro dicho popular: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, y uno más le hace segunda con aquello de: “Bendita ignorancia”, y es que el desconocimiento de las formas, de las sustancias y de las esencias de las cosas, de los seres y del mundo hasta cierto punto nos permiten sentirnos livianos, sin embargo, aquella persona que no sabe, que no tiene una consciencia bien definida, tampoco será capaz de plantearse un propósito de vida genuino y por el que valga la pena decir rotundamente “No” a la muerte, aún sabiendo que la batalla está perdida de antemano.
Otro poeta, Fernando Pessoa, dice: «La vida es una posada en el camino donde debo quedarme a esperar hasta que llegue por mí la diligencia del abismo.» Su poema es breve, como nuestra existencia, pero acertado. Tener un propósito en la vida es fundamental para evitar vivir cobardemente. Sí, el dolor y el sufrimiento nos envuelven, pero de ellos se puede aprender la virtud de la humildad, la cual, junto con la consciencia, nos harán comprender que la batalla está más que perdida, pero que aún así podemos esperar con optimismo la diligencia del abismo.









