La semana pasada, en Guadalajara, empresarios y líderes de toda América Latina se reunieron en el XV Congreso Latinoamericano de Uniapac. Fue un encuentro en el que reafirmaron su vocación de ser artesanos de esperanza, poniendo a la persona y al bien común en el centro de la actividad económica.
Lo que se vivió en esos días fue más que un congreso; un llamado a transformar su manera de emprender, dirigir y generar riqueza. Se reconoció los empresarios estamos llamados a ser agentes de cambio, actuando con fe agradecida, responsabilidad social y solidaridad con los más vulnerables.
Se constató que muchas veces nos quedamos en su «zona de confort» y en nuestro «metro cuadrado». Pero los desafíos de la región exige ir más allá: pasar de la filantropía a la caridad activa, involucrarse no solo con dinero, sino también con el corazón, el tiempo y sus talentos.
De ese discernimiento surgieron compromisos que, si los llevan a la práctica, pueden cambiar el rumbo de las empresas y comunidades:
- Poner a la persona en el centro, reconociendo en cada colaborador su dignidad.
- Generar empleos dignos, que prevengan violencia y marginación.
- Actuar con propósito y fe, entendiendo que su vocación empresarial es una misión.
- Formar integralmente a colaboradores y familias, no solo en lo económico, sino también en valores.
- Superar excusas, cultivando disciplina y compromiso.
Pasar del «yo» al «nosotros», compartiendo recursos, proyectos y responsabilidades.
Como empresario y ex presidente de la Confederacion USEM me uno a este llamado. No podemos quedarnos en la queja ni en la comodidad: es tiempo de convertir nuestras empresas en motores de esperanza, de empleos dignos y de transformación social.










