En México, septiembre es el mes. Mucho de lo que ha pasado y pasa, ocurre en septiembre. Quizás por eso lo llamamos “Mes de la Patria”: de entrada, concentra los eventos que definieron el nacimiento del país. Para que se den una idea: en septiembre de 1810 inició la Independencia; se consumó —faltaba más— en septiembre de 1821. La fundación de la Villa de la Puebla de los Ángeles fue en septiembre de 1531. La gesta de los Niños Héroes, septiembre de 1847.
Pero no es todo, también ha sido el mes en el que nuestra solidaridad ha sido puesta a prueba: los terremotos de 1985 y 2017. O se han inaugurado obras que en su momento fueron lo más de lo más, como la Plaza de Toros México en septiembre de 1946. A nivel internacional, el inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939) y los atentados a las Torres Gemelas de 2001 también dejaron huella. Y, claro, cada septiembre arranca el periodo de sesiones del Congreso, el presidente rinde su informe y la clase política se siente más importante de lo habitual.
Con tanto evento memorable y las cortinas de humo propias de este gobierno, hay uno que pasa desapercibido para la mayoría: la entrega del Paquete Económico. Y no debería. Su impacto en la vida de todos es total, aunque casi nadie le preste atención porque anda distraído con el grito, los fuegos artificiales y la verbena.
Este septiembre, la presidenta Claudia Sheinbaum envió al Congreso el Paquete Económico 2026, la hoja de ruta financiera para su segundo año de gobierno. El mamotreto incluye de todo: Criterios de Política Económica, Ley de Ingresos, Código Fiscal, IEPS y, sobre todo, el Presupuesto de Egresos. Una cartita de la 4T a Santa Claus con una lista de deseos que pareciera escrita por niños ricos que creen que se portan bien, por la cantidad larguísima de cosas que piden y por qué no tienen idea de quién y cómo pagará por ellas.
No estaría de más despertarlos de su sueño transformador y decirles tres verdades; Santa no existe, no se portaron bien y esto lo pagamos todos.
El presupuesto asciende a 10.1 billones de pesos. Ingresos: 8.7 billones. Déficit: 1.4 billones. O sea, gastaremos más de lo que entra. Nada nuevo. Lo inquietante es que el déficit rondará el 4.1 por ciento del PIB, apenas por debajo del 4.3 por ciento de este año, pero por encima del 3.9 por ciento que el propio gobierno prometió para 2025. En Palacio Nacional la calculadora siempre está en “modo optimista” y las promesas se las lleva el viento.
Las proyecciones de crecimiento oscilan entre 1.8 por ciento y 2.8 por ciento. ¿Basadas en qué? En repetir tres veces frente al espejo: “confianza en mis propios datos”. La realidad es que el Banco Mundial proyecta para América Latina un crecimiento promedio de 1.7 por ciento en 2026, y que sin reformas profundas México difícilmente romperá la barrera del 2 por ciento. Eso siendo muy optimista. Pero bueno, soñar no cuesta… mucho menos cuando ese sueño se financia con deuda.
La Coparmex ya fijó postura: urge reactivar el crecimiento, reducir el déficit, no subir impuestos y no recortar en seguridad, salud y educación. Su primera revisión del paquete, evidentemente, no generó optimismo. No es paranoia empresarial: ya se sabe cómo financia su estilo de gobernar la 4T.
Sólo en pensiones se van 2.3 billones (6 por ciento del PIB) y el costo financiero de la deuda se lleva 1.6 billones más. Resultado: antes de pensar en hospitales, escuelas o policías, casi 40 por ciento del presupuesto ya está comprometido.
El incremento de 19.8 por ciento en inversión pública, que alcanzaría 1.25 billones de pesos, suena bien… hasta que leemos las letras chiquitas: un cuarto se va a Pemex, nuestro eterno barril sin fondo.
Sí, hay aumentos “positivos”: educación sube 6.4 por ciento, las transferencias sociales han reducido pobreza por ingresos. Pero son curitas sobre heridas profundas. Salud cae 3.2 por ciento cuando 44 millones de mexicanos reportan carencia en servicios médicos. Seguridad retrocede 17.5 por ciento en un país con más de 28 mil homicidios al año. El Estado promete proteger a los más vulnerables, pero no garantiza lo básico: que lleguen vivos a la escuela o al trabajo.
El dinero no alcanza. La metáfora es vieja pero útil: la cobija es muy pequeña para un país tan grande. Jalamos de un lado y destapamos el otro. Y la genial idea del gobierno para agrandar la cobija es subir impuestos.
El aumento del IEPS a refrescos, cigarros, apuestas y videojuegos violentos parece más un castigo moral que una política económica. No reduce consumo, pero sí afecta a microempresarios y a consumidores de bajos ingresos. Y el aumento de 62.2 por ciento en impuestos de importación es un tiro en el pie: justo cuando el nearshoring abre oportunidades, México encarece insumos. Es como poner piedras en el camino cuando por fin alguien quiere transitarlo.
Para las MiPyMEs, que son el 99 por ciento de las empresas y generan 72 por ciento del empleo, el mensaje es claro: trámites más caros, impuestos más altos y menos certeza jurídica. Difícil expandirse con ese panorama.
Sheinbaum presume que las calificadoras mantienen el grado de inversión de México. Es cierto: Fitch, S&P y Moody’s han sido pacientes porque la deuda ronda 50 por ciento del PIB (muy por debajo de Brasil o Estados Unidos). Pero no confundamos paciencia con entusiasmo. Lo que compran es que México paga puntual, no que esté listo para despegar.
En el fondo, el Paquete Económico 2026 más que una estrategia financiera es una serie de acciones políticas. La presidenta Sheinbaum busca darle continuidad a la desgastada “austeridad republicana” de AMLO, pero sin que se le derrumbe la economía. Mientras financia los programas sociales debe a calmar a los mercados. Cada mañana habla de seguridad, pero le recorta el presupuesto. Un circo de infinitas pistas con actos de equilibrio peligroso que entretiene a sus audiencias.
Para el ciudadano promedio, el impacto es claro: más impuestos disfrazados de políticas públicas y menos servicios básicos. Para las MiPyMEs, la historia conocida: poco apoyo, trámites kafkianos y un entorno hostil.
Coparmex insiste: sin seguridad, certeza jurídica y Estado de derecho, no hay crecimiento posible. Sin eso, ningún paquete económico pasará de ser un acto político más en septiembre y una cartota de deseos populistas a Santa Claus que no se cumplirán.
Con toda sinceridad, el Paquete 2026 no es el apocalipsis, pero tampoco la salvación. Es un presupuesto con luces y sombras, déficit preocupante, inversiones mal enfocadas y prioridades sociales incompletas. En palabras menos diplomáticas: es más de lo mismo.
La ironía es que, en un país que presume estabilidad macroeconómica, seguimos sin resolver lo micro: hospitales sin medicinas, policías sin gasolina, escuelas sin maestros. Mientras tanto, la deuda crece, el déficit se normaliza y los impuestos se disfrazan de virtudes.
Un empresario lo resumió bien: “Con este paquete no vamos a quebrar, pero tampoco a crecer. Vamos a sobrevivir… y parece que esa ya es la máxima aspiración nacional”.
Y si eso no es sarcasmo económico, ¿qué lo es?
¡Un abrazo!
Los leo en X: @RubenFurlongM
Foto de Presidencia
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