No hay plazo que no se cumpla, y al acuerdo comercial más importante de nuestra historia está por llegarle el momento de pasar a la sala del director para rendir cuentas. Es oportuno revisar cómo andan las cosas y anticipar cuál será el tono de esa conversación.
El T-MEC no es un tratado cualquiera: nos guste o no, es la columna vertebral de la economía mexicana. A través de él se sostienen más de 17 millones de empleos y circula una cuarta parte del comercio global.
Y aunque desde Palacio Nacional, la presidenta pueda perder el tiempo con Lord Molécula o debatir a partir de datos falsos, desde las empresas las cosas no se toman a la ligera, la realidad es otra: nerviosismo. Y con razón. El 80% de nuestras exportaciones dependen del mercado estadounidense. Sin el T-MEC, México no se entiende.
En México ya iniciaron las consultas públicas rumbo a la revisión de 2026, un examen que definirá si Norteamérica se consolida como bloque o si se fractura la confianza. El sector empresarial, encabezado por la COPARMEX, exige transparencia e inclusión: que participen empresarios, trabajadores y sociedad civil. De lo contrario, el proceso podría convertirse en un monólogo dictado desde Washington.
Para no variar, es el propio gobierno mexicano quien ha complicado el camino. La política energética de la 4T, con su pesada y antediluviana carga ideológica, privilegia a CFE y a PEMEX pese a que el tratado claramente prohíbe discriminaciones a empresas extranjeras. En 2022, EE. UU. y Canadá ya activaron consultas por restricciones a permisos y despacho eléctrico en favor de las estatales. No se llegó al panel arbitral, pero el expediente quedó abierto. Hoy, cualquier nuevo guiño de favoritismo puede reactivarlo y usarse como palanca de presión en la revisión.
Otro frente poco discutido es el decreto contra el maíz transgénico. Presentado como medida fitosanitaria, pero sin sustento científico sólido, derivó en un panel con un resultado en favor de Estados Unidos. Aunque el gobierno mexicano dijo acatar el fallo, la percepción de incumplimientos sistemáticos se fortalece.
A ello se suma la farsa de reforma judicial que elige ministros y jueces por tómbola y voto popular. Y el inicio del proceso para imponer una reforma electoral, con la que el régimen espera hacerse de todo el poder que aún queda disponible. Los inversionistas y socios saben que es un claro debilitamiento institucional, incertidumbre contractual y mayor riesgo país. Para Estados Unidos y Canadá, nuestros socios, es un regalo perfecto: cada duda sobre independencia judicial es una ficha de negociación en la mesa del T-MEC.
En paralelo, la Casa Blanca, sobre todo desde la llegada de Trump, ha usado todo esto, además de la narcopolítica, la inseguridad y algunos argumentos inventados, para esgrimir los aranceles como arma política. La coyuntura electoral en Estados Unidos amplifica esta tentación. Y cada vez que la Casa Blanca decide endurecer el discurso, México queda en el papel de villano conveniente o en el del tonto útil, obligado a ceder en reglas de origen o en acceso a mercados para evitar una guerra comercial.
Pero la batalla apenas empieza y nosotros aún no hemos perdido, por más que lo intentan desde el régimen. La COPARMEX nos recordó la semana pasada un dato clave: el T-MEC respalda casi un tercio del PIB mundial y, sumados México y Canadá, podrían ser la quinta economía global. No es patriotismo barato del que luego se abusa desde Palacio Nacional, es aritmética.
Y con la reconfiguración de cadenas globales, México tiene una posición privilegiada para atraer inversiones que salen de China. Pero la geografía no basta, ya lo dijimos la semana pasada, se necesita certidumbre regulatoria y energía competitiva. Si ofrecemos reglas claras, el capital fluirá.
No olvidemos que el T-MEC no debe seguir siendo exclusivo de grandes corporativos. Las PyMES mexicanas pueden integrarse a cadenas de valor, aprovechar el e-commerce transfronterizo y crecer con apoyo financiero y tecnológico. En el terreno digital, el T-MEC incluye comercio electrónico, protección de datos y propiedad intelectual. México podría ser hub tecnológico regional, siempre que fomente ecosistemas emprendedores y los conecte con capital de riesgo norteamericano.
Hace poco, una misión empresarial de COPARMEX viajó a Canadá y regresó optimista: hay apetito real por invertir en energía, minería e infraestructura. Claro, siempre que no espantemos a esos capitales con ocurrencias regulatorias y autoritarias.
Las cosas con Estados Unidos están tan locas que México, si usa un poco la cabeza y juega bien sus cartas, puede presentarse como el socio más confiable de Norteamérica.
Y cuando hablamos de cartas me refiero a temas muy específicos: Transparencia radical en la consulta. No basta con boletines oficiales. Los empresarios deben sentarse en serio en el “cuarto de junto”, llevar diagnósticos duros y propuestas viables. Sin una voz empresarial cohesionada, el gobierno negociará desde la debilidad.
El Congreso y el Ejecutivo deberían entender que cada reforma que erosiona la certidumbre jurídica es munición para Washington. Si insisten en debilitar al Poder Judicial y nuestra democracia, en cerrar mercados energéticos, el costo se pagará en concesiones dolorosas.
Nadie espera que la Cancillería haga milagros. La Diplomacia empresarial también juega, COPARMEX y otros organismos deben reforzar lazos con cámaras y asociaciones en EE. UU. y Canadá. Al final, los empresarios de los tres países comparten interés: cadenas de valor estables, reglas claras y acceso a mercado.
México debe cambiar la narrativa y presentarse como garantía de competitividad, no como foco de incertidumbre. El discurso de empleos de calidad, innovación y energía limpia atrae más socios e inversionistas que el de nacionalismo rancio de mitin en el zócalo.
Si llegamos a la revisión con incumplimientos y reformas improvisadas, la extensión será condicionada: aceptar reglas más estrictas a cambio de mantener vivo el tratado. En el peor escenario, revisiones anuales que congelen inversiones.
El escenario optimista requiere inteligencia política y madurez empresarial: avances en energía limpia, Estado de derecho sólido, inclusión de PyMES y coordinación con Canadá.
El T-MEC no va a desaparecer de golpe: el costo sería demasiado alto. Pero sí puede transformarse en camisa de fuerza para México. El tiempo corre: tenemos meses para cambiar la narrativa y llegar a 2026 como socio confiable, hasta hoy somos el primo incómodo al que hay que vigilar.
Las consultas son la oportunidad de poner la casa en orden. Sin certeza no hay inversión, sin inversión no hay empleo. Y sin empleo, ya sabemos lo que sigue.
El T-MEC está a prueba. México también.
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










