Seguro que mi mamá, sentada, muy cómoda, con un pan y un café mientras observa la ceremonia de los Nobel junto a San Pedro, debe estar pensando que debió tener más paciencia conmigo cuando era niño: ese caos sin sentido que era mi vida (y la de mis hermanos) podría haber sido algo transformador, un big-bang de crayones, comida, puñetazos y un balón de fútbol capaz de detonar una nueva realidad.
Y pienso en esto porque resulta que el Premio Nobel de Economía 2025 fue para Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt. Yo tampoco tenía idea de quiénes eran; hoy sé que son tres economistas y que en menos de dos mañaneras serán señalados como parte de la “mafia del poder”, ya que con sus investigaciones ponen el dedo en la llaga: el crecimiento económico no nace de subsidios, becas o discursos heroicos, sino de instituciones fuertes, libertad económica e innovación constante.
Su trabajo está inspirado en la célebre “Destrucción Creativa” de Joseph Schumpeter, que describe un proceso en el que lo viejo y obsoleto debe morir para que lo nuevo nazca. Un ciclo inevitable, muchas veces doloroso, pero indispensable para que las economías prosperen. Y además, prueban que proteger a los ineficientes e impedir que la competencia renueve el mercado solo genera estancamiento.
Más o menos lo que la Cuarta Transformación entiende como gobernar.
Buena parte de América Latina vive atrapada en la ilusión de que el Estado puede hacerlo todo: repartir dinero, crear empleo, impulsar crecimiento y, de paso, hacernos felices. Pero Mokyr, Aghion y Howitt demostraron que el desarrollo sostenido solo aparece cuando los gobiernos dejan de asfixiar a la innovación con burocracia y desconfianza.
Las economías que avanzan son las que protegen la propiedad privada, fomentan la competencia y permiten que los emprendedores arriesguen sin miedo a que el Estado les cambie las reglas cada sexenio o actúe retroactivamente. Esa libertad es la semilla de la innovación, y la innovación, a su vez, es la fuente del crecimiento. Los laureados coinciden en que, sin instituciones independientes, la libertad económica no existe.
Desde que la 4T asumió el poder, México pisó el acelerador de un proceso en el que ha desmantelado contrapesos, impulsado reformas que atentan contra nuestras libertades y mostrando desconfianza hacia el empresario. Todo eso frena la innovación. Y si no hay innovación, no hay destrucción creativa posible: las viejas e ineficientes estructuras se perpetúan, y el país se vuelve un museo del subdesarrollo bananero, sostenido a partir de slogans populistas en los que nadie cree.
En 1942, Schumpeter describió el capitalismo como “un proceso de destrucción creativa” en el que cada avance sustituye a lo anterior: desde los autos que reemplazaron a los carruajes, hasta las plataformas de streaming a los videoclubs, o los celulares que hicieron obsoletas a las cámaras, teléfonos, la televisión, libros, etc.
Aghion y Howitt retomaron esa idea y la llevaron al segundo nivel: el crecimiento surge del cambio tecnológico endógeno, nunca a partir de decretos o subsidios. Pemex es un costosísimo ejemplo de cómo algunos gobiernos se aferran a empresas ineficientes como símbolo ideológico de una época, pero que hoy ya no producen ni petróleo ni progreso; al contrario, lo bloquean.
La destrucción creativa no significa caos; —pon atención, Mamá— significa evolución. Obliga a los países a adaptarse, a invertir en conocimiento y a liberar las fuerzas productivas que hoy duermen entre incompetencia gubernamental, trámites y permisos.
Y quizás esto le interese al gobierno de la presidenta Sheinbaum: Mokyr ha documentado cómo el salto que la humanidad dio para alejarse de la pobreza comenzó hacia 1800, cuando la curiosidad científica y la libertad económica se combinaron. Desde entonces, el porcentaje de personas en pobreza extrema cayó del 85 % a menos del 9 %. Y no fue por dádivas ni por controles estatales, sino por ideas, tecnología y apertura.
Un país moderno, con desarrollo y bienestar, es el resultado de la competencia, la productividad y el esfuerzo. Sin riesgo, sin innovación y sin destrucción creativa, lo único que creamos es mediocridad.
No hay innovación posible en un entorno de monopolios y amiguismo político. Protejamos la competencia y fortalezcamos un Estado de derechos. Si la ley cambia según el humor de la mañanera, ningún inversor serio se arriesga. Apostemos por la educación y la ciencia, pero vinculadas a la iniciativa privada, no como feudos sindicales o grupos de adoctrinamiento.
Ojalá que los gobiernos de izquierda —y algunos de derecha despistados— entendieran ideas tan simples como que los subsidios duran lo que dura el presupuesto, y que si destruyen la autonomía de las instituciones y espantan la inversión privada, éste se acaba más rápido.
De una vez por todas, entendamos que el capitalismo no es enemigo del pueblo: es la herramienta que ha sacado a más personas de la pobreza que cualquier otra ideología en la historia humana.
El Nobel 2025 nos deja claro que el progreso no depende de cuánto reparta un gobierno, sino de cuánto permita crear a su gente. Países como Chile o Uruguay, cuando han apostado por reglas estables, innovación y apertura, han mostrado que se puede crecer. Pero el resto de la región insiste en aferrarse a políticas ideologías que ya fracasaron: cerrar mercados, subir impuestos, castigar al que produce y premiar al que espera.
La destrucción creativa no es solo un concepto económico; es una filosofía del progreso. Implica aceptar que las sociedades avanzan cuando dejan ir lo que no sirve: empresas públicas quebradas, prácticas políticas autoritarias, ideologías que demonizan al éxito.
México necesita ese acto de madurez. La idea de premiar a los Nobel es darles a conocer y aprender de sus descubrimientos y conclusiones. Si no… ¿pa’ qué?
Un abrazo.
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










