Sin duda, la marcha de la generación Z nace de algo genuino. Hay jóvenes que están inconformes, que cuestionan, que se organizan y que exigen. Y eso, en cualquier democracia que se respete, no solo es válido: es necesario. La crítica joven refresca, incomoda y empuja. Hasta ahí, todo bien.
El problema empieza cuando —como ya es costumbre en este país— los mismos de siempre se cuelgan de causas auténticas para repetir su guion de siempre.
Los mismos apellidos, las mismas familias, los mismos grupos económicos, los mismos influencers políticos de café… ahora disfrazados de «juventud indignada».
Porque sí, basta ver un par de videos para entenderlo:
— La señora que pide ayuda de Trump (sí, de ese Trump).
— El junior que, muy indignado, aclara que él podría estar en un yate de 300 pies en Europa, pero que está aquí, «sufriendo por México».
— El comentarista que confunde inconformidad con clasismo y termina dando cátedra de lo que significa nunca haber tomado el transporte público.
Y aquí entre nos:
Hay marchas, mítines y causas sociales que requieren análisis profundo.
Pero también hay cosas que se explican solas.
Cuando uno ve esas escenas… no hay forma de defender lo indefendible.
Quedan exhibidos sin que nadie les diga nada.
Lo más curioso es que muchos de esos personajes fueron precisamente quienes construyeron el país que hoy critican. Aquí la ironía se cuenta sola:
quieren que los jóvenes salgan a defender lo que ellos mismos destruyeron durante décadas.
Quieren que la juventud «defienda la democracia», pero la democracia que ellos entienden es la de los moches, las élites y los privilegios heredados.
Quieren que «salven a México», pero un México donde ellos sigan cobrando, decidiendo y mandando.
Y cuando la generación Z no les compra el discurso completo, ahí empieza el espectáculo:
— Que si los jóvenes «no entienden».
— Que si «no estudiaron historia».
— Que si «no saben lo que es trabajar».
Como si hubieran sido ellos un ejemplo de sacrificio…
Como si no hubieran tenido driver, tutor de inglés, psicólogo, fisioterapeuta y abogado desde los ocho meses.
Lo repito: la protesta joven merece respeto.
Lo que no merece respeto es la intromisión oportunista de los mismos fósiles políticos que siempre terminan apareciendo en las fotos.
Son tan predecibles que uno ya puede jugar a «bingo de la oposición»:
— Apellido compuesto: ✔️
— Playera polo doblada sobre los hombros: ✔️
— Comentario clasista captado en cámara: ✔️
— Teoría de conspiración: ✔️
— «Ayuda, Mr. Trump»: ✔️
¡Línea completa!
Y ojo: esto no es burla hacia la generación Z.
Todo lo contrario. Muchos de ellos están construyendo discusiones interesantes, hablando de salud mental, justicia climática, derechos digitales, educación y futuro.
Pero mientras ellos debaten, a su alrededor aparecen los mismos depredadores políticos de siempre intentando manipularlos, guiarlos o capitalizarlos. Como si los jóvenes fueran masa moldeable y no ciudadanos con criterio propio.
Lo único bueno de todo este espectáculo es que ya nadie se deja engañar tan fácil.
El país no es tonto y la generación Z mucho menos.
Saben perfectamente distinguir entre causas legítimas y circos organizados por quienes solo extrañan el poder.
Al final del día, la reflexión es sencilla:
México necesita discusión, participación y crítica.
Pero lo que no necesita es que los mismos grupos que se beneficiaron durante años vuelvan ahora disfrazados de «rebeldía juvenil».
La generación Z merece que su voz sea escuchada sin intermediarios.
Sin disfraces.
Sin tutores políticos.
Porque si algo ha demostrado esta nueva generación es que pueden marchar, protestar, cuestionar y analizar… sin que nadie les diga qué decir, a quién defender o de qué lado pararse.
Y eso —aunque a algunos les incomode— es lo más sano que le puede pasar a este país.










