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Pareciera que para alcanzar el éxito, lo único que se requiere es cumplir con dos determinantes: tener disciplina y trabajar incansablemente. El éxito, aunque ambiguo y subjetivo, está emparentado con ideas como la abundancia, la estabilidad y el prestigio, las cuales se alcanzan a partir de las dos condicionantes ya mencionadas, sin embargo, podríamos trabajar con disciplina durante toda la vida sin que el éxito se nos presente y esto es porque, en gran medida, el éxito depende de otro agente que además de relevante, es raro y peculiar: la oportunidad.
Tener una oportunidad es lo mismo que tener suerte. La oportunidad no depende de uno mismo, pero de alguna manera su podemos fomentar su aparición. La oportunidad es azarosa, a la vez que celosa, de ahí que solamente se presente una vez en la vida; pero ¡ay! de quienes teniéndola enfrente no la aprovechen, pues una vez perdida, es irrecuperable.
El tiempo se divide en tres manifestaciones. La primera se llama “cronos” y corresponde al tiempo lineal, al que medimos con un reloj, con un calendario, con el paso de las estaciones y el movimiento del sol; este es el tiempo por el cual vamos envejeciendo y todo lo que conocemos muere o sencillamente desaparece. La segunda manifestación del tiempo se llama “aión” y tiene lugar en la dimensión de lo eterno; este tiempo no corresponde a la dimensión física, como cronos, sino a la metafísica, es decir, a la del espíritu; el aión se manifiesta, por ejemplo, cuando estamos enamorados, otorgándonos la sensación de estar suspendidos en un presente sin horas y sin lugar. La tercera manifestación es el “kairós”, la cual representa un espacio intermedio entre lo eterno y lo físico, es el tiempo de la oportunidad, el cual irrumpe en medio de nuestra cotidianidad para ofrecernos un regalo que podría cambiar para siempre nuestras vidas. El cronos es lento y letal, el aión es ilimitado y espiritual, mientras que el kairós es fugaz e inclemente.
No vivimos en un solo tiempo, sino que los tres se manifiestan en nuestras vidas a la vez. Evidentemente el que más percibimos es el del cronos, lo notamos en el espejo cada vez que nos abismamos en su cruel superficie, pero también el aión en su eternidad puede entregarnos a un periodo de sufrimiento que si bien tiene término, se siente eterno; en el aión experimentamos la gloria del amor, pero también la furia de su desprendimiento ante la llegada de la muerte; además, el aión en su eternidad se torna semejante al infierno en periodos de una enfermedad de gravedad en los que uno suplica que cronos apresure el descenso de su guadaña sobre nuestra nuca.
El tercer tiempo, el kairós, la oportunidad, es una ruptura en el cronos y el aión porque en la oportunidad siempre hay algo de eterno, pero también de fugaz. Nadie sabe cuándo llegará la oportunidad, ni bajo qué disfraz, palabra o circunstancia. La oportunidad es indescifrable, pero quien la acepta da a su vida un cambio que podría ser mínimo o de magnitudes colosales.
La oportunidad podría estar en todas partes, por ejemplo, en la llamada que no contestaste, en la persona que ignoraste, en la oferta que rechazaste; de alguna manera es comprensible la negativa que ante algunas circunstancias podríamos manifestar, pues lo desconocido es fuente de sospecha y de miedo, sin embargo, un rasgo de la oportunidad es su inclinación al desafío, y quien anhele encontrarla debe estar en la disposición de cambiar, de abandonar su zona de confort y de superar sus límites.
Ante lo inesperado tenemos dos opciones: concebirlo como una amenaza, o como una invitación a entrar en el kairós, pero puesto que lo inesperado llega y se va como un rayo no es fundamental decidir rápidamente, de alguna manera valorar qué pesa más: el arrepentimiento por haber tomado una mala decisión, o el arrepentimiento por no haber tenido el valor de elegir. Dos caras de la misma moneda que podrían llevarnos al arrepentimiento, pero, también al éxito. De la oportunidad, el filósofo Julián Serna Arango nos dice en su obra Somos tiempo:
«Hay momentos vacíos en los que la uniformidad, la monotonía del tiempo se impone, como en una sala de espera, como en una fila de autos. Hay momentos únicos, extraordinarios, auténticas singularidades, como los del amor, en los que el mundo se coloca entre paréntesis, en los que se suspende el juicio literalmente sea dicho, en los que Cronos pasaría inadvertido. Hay, por último, bifurcaciones originadas en el azar, cuando el episodio es alterado por series causales que no figuran en el inventario de nuestras previsiones; en el capricho también, cuando nos dejamos tentar por alternativas no prioritarias, cuando advertimos el momento oportuno (los griegos a la oportunidad le decían “kairós”) y actuamos en consecuencia, cuando hacemos historia a partir de una bifurcación. Si se reacciona a destiempo, la oportunidad (el kairós) se pierde.
Así como es fácil agarrar la oportunidad cuando se acerca, una vez que se ha ido y el momento idóneo para las acciones ya ha pasado, ya no es posible volver a atraparla. Para sacar adelante nuestros propósitos, no es suficiente con el trabajo, ni tampoco el talento, ni siquiera la abundancia de medios, es menester reaccionar a tiempo, saber aprovechar las oportunidades. Un momento de menos y nos bajamos de la rueda de la fortuna sin alcanzar la cima, un momento después, y caemos en picado. Quien deja pasar el momento oportuno para realizar su trabajo, fracasa. Lo más importante y más propio es saber el tiempo oportuno para cada cosa.»
Muchas veces nos negamos a tomar las oportunidades porque nos subestimamos, hacemos un juicio tan severo de nosotros mismos que le cerramos las puertas al kairós. Cierto es que las oportunidades llegan por azar, pero en muchas ocasiones las oportunidades de alguna manera son generadas por el talento, la destreza y la disciplina que tenemos para desempeñarnos en aquello que hemos elegido como nuestro camino de vida. El cronos ahora mismo nos devora, y el aión se nos revela inalcanzable, pero el kairós nos susurra que este es el momento oportuno.









