El 25 de noviembre no es una fecha simbólica: es un recordatorio brutal de que en México ser mujer sigue siendo un riesgo. Y este año quedó claro cuando la presidenta de México fue agredida físicamente durante un acto público. No fue un grito ni una provocación política: fue violencia directa. La misma que millones de mujeres enfrentan todos los días.
Lo más indignante vino después: la oposición corrió a decir que «fue un montaje». Ese reflejo automático de negar la violencia y convertirla en mercancía política es exactamente lo que perpetúa el problema. Si agredir físicamente a la presidenta puede ser minimizado en segundos, imagina lo que pasa cuando una mujer sin protección denuncia una agresión.
Si así reaccionan ante la mujer más visible del país, ¿qué queda para el resto? Eso es exactamente lo que no quieren ver.
Este año, además, es imprescindible poner el foco en algo que durante mucho tiempo se ignoró: la violencia digital. Una violencia que no nació con nosotras, sino con las herramientas que hoy nos rodean, y que crece todos los días.
Parece que no nos violentaban por este medio porque simplemente no existía con la dimensión que hoy tiene. Pero lo digital también es real, y eso es lo primero que debemos entender.
La violencia que viene en forma de amenazas, campañas de odio, difusión de datos personales o —una de las más indignas— la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, es violencia. Punto.
Nos pasa a todas: en lo privado, en lo laboral, en lo político.
Y a quienes estamos en la vida pública, muchas veces con más saña, porque hay quien cree que por ser figura política perdemos derechos: el derecho a la privacidad, al respeto, a la dignidad. Yo nunca voy a aceptar eso, ni para mí ni para nadie.
La pantalla no amortigua el golpe; solo intenta quitarle importancia a una violencia que SÍ existe, que SÍ lastima y que SÍ tiene consecuencias graves. La idea de que «es solo internet» es la forma más moderna de minimizar la agresión hacia las mujeres.
Lo que resulta más triste es ver a ciertos actores políticos usar estas violencias como oportunidad para golpeteo. La violencia contra las mujeres no es una herramienta electoral ni un pretexto para fabricar narrativas. Es una emergencia nacional que debería unirnos, no dividirnos.
El 25N nos recuerda que hay avances, pero también que falta muchísimo. Porque si una presidenta puede ser agredida físicamente y la respuesta es la burla, la negación o la duda, entonces aún no entendemos la magnitud del problema.
Por eso seguimos marchando. Por eso seguimos nombrando. Por eso seguimos incomodando. Porque lo que vivimos las mujeres no es un montaje, no es exageración y no es paranoia. Es real. Es urgente. Y no vamos a permitir que la sigan negando.
Foto de Freepik
miop










