La semana pasada circuló una nota que fue retomada por varios medios, trataba sobre el creciente fenómeno migratorio de empresarios e inversionistas mexicanos a España y Portugal. El tema tomó fuerza a partir de un artículo publicado por Forbes México “Rumbo a España: el éxodo silencioso de las élites mexicanas”. Silencioso quizá, pero inocuo no. Porque los datos que aporta son tan contundentes como preocupantes.
Empecemos por el más llamativo: 28 mil residencias de mexicanos en España y 9 mil en Portugal, un incremento cercano al 41% respecto a etapas anteriores, con tickets de entrada promedio de medio millón de euros. No estamos hablando de “fifís chillones”, sino de personas que producían, invertían, empleaban y contribuían fiscalmente en México. Personas cuyo capital y presencia —al irse— ya emitieron un voto clarísimo sobre la revocación de mandato, la elección de jueces y opinaron sobre las reformas constitucionales a capricho del régimen.
Quien haya migrado o vivido en el extranjero sabe que no es un impulso caprichoso. México es un país profundamente entrañable: “como México no hay dos” es mucho más que una frase turística. La decisión de irse casi siempre es dolorosa, racional y largamente meditada. Y se toma, la mayoría de las veces, no porque quieran dejar México, sino porque sienten que México los está dejando a ellos.
Estos empresarios conocen perfectamente el potencial del país. Saben que las oportunidades podrían ser enormes, que el nearshoring multiplicó nuestras posibilidades de crecimiento y que, con ajustes razonables, el futuro —difícil pero promisorio— estaba a la vuelta de la esquina. Pero lo que ven no es eso. Lo que ven es incertidumbre jurídica, personal y patrimonial, no sienten seguridad para ellos y sus familias, tampoco creen que esto mejorará en el corto plazo o que desde el poder se están tomando las decisiones correctas para el mediano.
El artículo de Forbes es especialmente demoledor cuando suma otros datos:
- Un aumento del 68% en los depósitos bancarios de mexicanos en España entre 2021 y 2023, según el Banco de España.
- El auge de compras de vivienda en Madrid por parte de mexicanos, incluso después de que España eliminó la Golden Visa.
El flujo creciente de capital y familias busca refugio institucional, no clima mediterráneo.
Todo esto contrasta frontalmente con la narrativa oficial del “paraíso del bienestar”, donde aparentemente nada ocurre: ni los más de 50 homicidios diarios, ni las extorsiones en máximos históricos, ni la erosión sistemática de contrapesos institucionales. En el catecismo mañanero de los otros datos, la realidad siempre estorba.
Y mientras tanto, el mensaje tras las diatribas desde el poder es “váyanse si no les gusta” respaldado en no sé qué valentía ideológica. Pues bien, según Forbes, ese mensaje ya le llegó al 0.3% de la población que paga el 72% del ISR de personas físicas y genera el 68% del empleo formal. Uno pensaría que alguien en Palacio revisaría esos numeritos antes de seguir repartiendo etiquetas de “Mafia del Poder”, “Conservadores” o “Privilegiados” a quienes en otros países llaman inversionistas estratégicos y les reciben con jamón serrano.
Porque cada familia con patrimonios de 10–20 millones de dólares que se va, de acuerdo con estimaciones citadas por Forbes, le cuesta al fisco entre 2 y 6 millones de pesos anuales. Si apenas el 20% de ellos se fuera —y parece que ya vamos en esa ruta—, la pérdida estimada es de 45 a 60 mil millones de pesos, más que lo recaudado por todo el impuesto a bebidas azucaradas. Y no, España y Portugal no les regalan nada: les exigen invertir, crear empresas y pagar impuestos. El capital no desaparece: simplemente cambia de bandera fiscal.
Así que no nos engañemos: lo raro no es que se vayan. Lo raro es que todavía haya quienes se quedan, aun cuando los tratan como cajeros automáticos a los que se les puede insultar en cadena nacional.
México necesita de sus empresarios —de todos— y no conviene romantizar la fuga. Conviene leerla como lo que es: un termómetro adelantado. Si quienes tienen la capacidad de anticipar riesgos ya concluyeron que es intolerable quedarse, después vendrán los que invierten menos, emplean menos y, por ende, aportan menos. Pero su salida también dolerá… y mucho.
Y aquí conviene recordar algo elemental: México no se arregla desde un piso en Madrid. No basta con mandar euros a distancia. Se necesitan empresarios que sigan invirtiendo aquí, generando empleo aquí y pagando impuestos aquí. Pero también empresarios que alcen la voz frente a la erosión del Estado de derecho y no cedan la conversación pública al dogma oficial.
No se trata de ser mártires ni de hundirse con el barco si el capitán decide navegar a ciegas. Se trata de ser estrategas: diversificar patrimonios —eso es sano y prudente—, pero no abandonar la plaza. Invertir aquí, pero exigir reglas claras. Crear empleos aquí, pero exigir seguridad. Apostar por México, pero defender la propiedad privada, las instituciones, los contrapesos, los tribunales autónomos.
Sumarse a las organizaciones empresariales para fortalecer su voz, integrarse a think tanks, impulsar litigios estratégicos, apoyar a los medios independientes. Son los diques que evitan que la democracia —que ya tiene grietas peligrosas— termine por desfondarse.
Y cuando todo esto pase —porque créanme, sí, va a pasar, ningún proyecto hegemónico es eterno— muchos de los que hoy reservan mesa en la Gran Vía sentirán el llamado de volver. Ya dijimos que como México no hay otro. Pero regresar de un autoexilio es un proceso caro, lento y emocionalmente desgastante. Por eso, la recomendación final es clara:
Si ya tomaron la difícil decisión, no se vayan del todo. No desinviertan completamente. No pierdan la fe. México siempre ha encontrado la manera de levantarse. Los mexicanos hemos sido capaces de darle la vuelta a las situaciones más complejas. Y esta vez no será la excepción.
Un abrazo.
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










