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Flotamos, lo hacemos en el centro de un inmenso lago, ¿o será, acaso, un océano? Hay momentos en los que el agua se inquieta y sus ondas (a veces, olas) tambalean la embarcación sobre la que estamos. Al asomarnos en el agua vemos cómo unos pececillos, pequeños y veloces, chapotean al lado de la embarcación; intentamos agarrarlos, pero son escurridizos, es entonces cuando recordamos que tenemos una caña con nosotros y nos disponemos a pescarlos. El agua no deja de mecernos, a veces de manera amenazante, y nosotros nos contentamos con los pececillos que, cerca de la superficie, caen en la trampa del cebo que les hemos arrojado. ¿Es que acaso no hay peces más abajo? Seguramente, pero la negrura acuática nos paraliza e impide buscar más abajo.
Entender el mundo como una realidad simbólica es fundamental para quien ansía el conocimiento de sí mismo. En este sentido, el agua con sus ondas es el mundo amenazante que no cesa de agitarnos; los pececillos son las ideas seductoras y placenteras que nos otorgan una felicidad pasajera; diferentes son los peces que se hallan más abajo y que son difíciles de pescar, ellos son la manifestación de lo trascendente, de lo esencial, por eso es que muchos de nosotros nunca logran pescarlos; la barca que nos lleva de un lado a otro es nuestro cuerpo, a veces, fuerte como un buque, a veces, frágil cual balsa de náufrago, de ella depende en gran medida nuestra supervivencia; finalmente, nosotros sobre la embarcación es el “yo” que representa a la consciencia, la cual emplea la caña para conectarse con el mundo y sacar de él una que otra enseñanza y una que otra experiencia. A mayor desarrollo de la consciencia, mayor será la profundidad a la que descenderá su caña, buscando en aquella infinita oscuridad, la luz de la revelación.
¿Cómo es que llegamos a esta embarcación? No hay respuesta. ¿De qué puerto salió y hacia qué puerto se dirige? Tampoco sabemos. Pero ya estamos aquí y algo tenemos que hacer con eso. ¿Sentimos miedo? La barca se moverá de cualquier manera, aún cuando nuestro deseo sea permanecer estáticos. Ni siquiera es necesario remar para mover el bote, pues el agua con sus ondas, es decir, el mundo con sus eventos, nos lleva de un lado a otro. Pero si el movimiento es inevitable, al menos debemos de tener el valor para dirigirlo hacia donde más nos convenga.
¿Qué es aquello con lo que contamos para garantizar nuestra supervivencia? Nada más esta caña de pescar, que es la consciencia, y este cebo que es la intuición. Intuición y consciencia juntas para atrapar a los peces, que son las ideas, y que nos sirven para mejorar este bote en el que navegamos.
Dependiendo de los peces que más atrapemos será la calidad de la vida que llevemos. Si nos complacemos con los pececillos de la superficie, aquellos que si bien tienen colores atractivos son apenas visibles debido a su minúscula talla, no haremos más que ir de un lugar a otro sin llegar a ningún destino, y de una actividad a otra sin concretar nada; este tipo de pececillos, que son los más fáciles de atrapar, representan los placeres mundanos, los deleites fáciles que entretienen al inicio, pero perjudican al final; pues el colorido de estos pececillos opera igual que el cromatismo de otras especies: es una advertencia de su toxicidad.
Muchos han escuchado hablar de los peces grandes, pero pocos los han visto. Los peces grandes son una especie de ser mitológico, cuya existencia a pesar de ser afirmada por muchos, es concebible para pocos. Esto se debe a que los grandes peces no se complacen con un cebo simple, ni tampoco responden a la caña de quienes se complacen en la pereza y el conformismo. A los grandes peces se les halla en las profundidades del agua y se llega a ellos únicamente a través del camino de la meditación, del autoconocimiento, de la introspección, pues estos peces grandes, más que habitar fuera de nosotros (como los pececillos de colores, que son las vanidades del mundo), están en nuestro interior. El cineasta David Lynch, practicante de la meditación trascendental, nos lo explica en su libro Atrapa el pez dorado: Meditación, conciencia y creatividad:
«En el océano de la conciencia las ideas son peces: algunos pequeños nadan junto a la superficie y otros, enormes y dorados, esperan en las honduras que sólo se alcanzan cuando la mente se aquieta. La meditación es el acto deliberado de sumergirse en ese fondo, de ensanchar el contenedor interior para que lo grande aparezca; al descender, la calma convierte la experiencia en una luz de dicha que disuelve la negatividad y afina la intuición.
El miedo surge de la turbiedad mental: se alimenta del ruido, de las olas de pensamiento y de la sensación de amenaza que la agitación perpetúa, por eso crece mientras la superficie esté inquieta. La práctica sostenida de la meditación permite observar el miedo sin identificarse con él, ver su forma distorsionada y reconocer que su gravedad depende del movimiento interior; al aquietar la mente el miedo pierde poder y deja de ser esencia para mostrarse como sombra. Entonces los peces grandes —la creatividad, la comprensión, la inspiración y la claridad— emergen íntegros, moldeados por la profundidad misma, accesibles a la conciencia que sabe esperar. La iluminación deja de ser un ideal inasible y se vuelve proceso gradual: cada inmersión estimula el campo interior, aumenta la claridad y transforma la luz personal en un escudo contra la tensión, habilitando una vida más serena, más lúcida y más compasiva mientras los grandes peces esperan donde el océano es más silencioso.»
Ahora mismo, navegas. Prepara tu caña, lánzala al agua y espera por los peces grandes.









