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El cosmos tiene un origen, el mundo tiene un principio, nosotros tenemos una raíz. Sin embargo, el génesis de la realidad difícilmente coincidirá con la idea que tenemos de lo primigenio. Es decir, sabemos que todo inicia en algún punto, pero ese inicio es imposible de conocer, al menos así será mientras entre lo objetivo y lo subjetivo exista la barrera del “yo”, o como las tradiciones orientales lo llaman: el ego. Y es que si fuéramos capaces de ver la realidad tal y como es, tendríamos que aceptar que con ello ocurriría la desaparición de nuestro ego, de nuestro yo, pues aunque no lo sepamos, no somos reales, en tanto que somos un constructo cultural.
Nos engañamos porque nos cuesta trabajo aceptar la verdad, o quizás porque nunca nos hemos detenido a considerar la posibilidad de que el mundo que conocemos (o que creemos conocer) no es más que una fantasía. O quizás sí somos conscientes del espejismo, pero ante la crudeza de tal idea nos decantamos por introducir un sueño en la fantasía que habitamos. Saber que el mundo que consideramos real ni nosotros somos verdaderos en el sentido de lo que entendemos por la verdad es lamentable, pero tampoco es una idea fácil de asimilar, porque ello implicaría renunciar a todo lo que en algún momento concebimos como ideal y posible.
Aunque pretendamos engañarnos, la consciencia siempre sabe la verdad. Todos sabemos cuando actuamos incorrectamente, fuera de la norma, en contra de alguien, con saña y alevosía. Quizás no lo reconozcamos, pero lo sabemos, y en estos casos para la mayoría es el victimismo la posición más cómoda porque da la sensación de que uno está exento de toda culpa y responsabilidad. La desgracia, el infortunio, no son más que la consecuencia de nuestros actos, pero, como ya se mencionó, de nuestras ideas, de lo que creemos que es lo real.
Es posible vivir engañándonos, o mejor dicho negando la verdad, pero las consecuencias serán una pérdida paulatina de nuestra calma y, por tanto, un alejamiento de nuestra felicidad. Siempre que caemos en desgracia es por nuestras acciones o por nuestras ideas, es decir, por lo que hacemos a partir de lo que imaginamos. Cada quien tendrá su idea de lo bueno, de lo malo, de lo verdadero y de lo justo, pero esas ideas son subjetivas y, por lo tanto, ilusorias, por lo que cuando caemos en desgracia no estamos haciendo otra cosa que vivir en una ilusión que solamente nosotros nos hemos inventado.
Todos caemos en la trampa de creer que somos nuestro “yo”, pero éste no es más que una ilusión porque siempre está cambiando, en contra de nuestra voluntad y sin que nos demos cuenta. Indudablemente somos algo, pero no lo que en este instante suponemos. De igual manera, creemos que aquellos fenómenos que percibimos en el mundo, en las cosas que lo conforman y en los seres que lo habitan son reales, pero no son más que proyecciones de nuestra mente e interpretaciones de nuestros sentidos. Por supuesto que el otro existe, pero la imposibilidad de conocerlo y de comprenderlo radica en que entre aquello y nosotros siempre está nuestra mente como un intermediario, y puesto que la mente es el yo ilusorio del que ya hablamos, pretendemos percibir la ilusión del otro desde la ilusión que somos. De que algo existe no hay duda, pero conocerlo no es posible de la manera en la que siempre lo hemos intentado.
Es por el gusto y la aversión que la mente y los sentidos nos despiertan que nos identificamos con alguien o con algo, y si bien la identificación es una manera de motivación para intentar hacer y ser algo y alguien en el mundo, es también la raíz de nuestras angustias. Sufrimos porque suponemos que aquello con lo que nos identificamos mantiene alguna relación con lo que somos, sin embargo, si tal relación existe, es únicamente de ilusión a ilusión, es decir, de lo que creemos que aquello es con aquello que creemos que somos, pero nunca desde lo que aquello en verdad es con aquello que en verdad somos. El maestro de budismo, Gueshe Kelsang Gyatso, nos lo explica en su obra Budismo moderno:
«Si deseamos liberarnos de manera permanente del sufrimiento, debemos abandonar sus orígenes. Estos son las perturbaciones mentales o engaños, principalmente el engaño del aferramiento propio, es decir, la idea de que el “yo”, el ego, es real. Se dice que este es un “origen” porque de él surgen todos nuestros problemas y sufrimientos. Los engaños son percepciones erróneas cuya función es destruir nuestra paz mental, fuente de toda felicidad, y solo sirven para perjudicarnos. Los engaños permanecen en nuestro corazón y nos perjudican constantemente destruyendo nuestra paz interior. El pensamiento cree de manera equívoca que nuestro yo, nuestro cuerpo y los demás fenómenos que normalmente percibimos existen de verdad. Debido a esta ignorancia generamos apego a lo que nos agrada y odio hacia lo que nos desagrada. A partir de ello realizamos diversas acciones perjudiciales y, como resultado, experimentamos distintas clases de sufrimientos. El aferramiento propio puede compararse con un árbol venenoso; los demás engaños, con las ramas; y nuestros problemas y sufrimientos, con los frutos; es el origen fundamental de los demás engaños y de todos nuestros problemas y sufrimientos. De todo ello se deduce que si abandonamos el aferramiento propio de manera permanente, todos nuestros problemas y sufrimientos cesarán para siempre».
Renunciar a nuestra raíz, es decir, a las ideas que nos vienen de nuestra familia y de la sociedad, no es negarla, antes bien, es el reconocimiento de nuestra imperfección en aras de conquistar el genuino derecho de reinventarnos en una forma más pura del ser. Indudablemente nunca podremos romper con la ilusión del todo, pues los velos que nos ciegan nos acompañarán hasta el último de nuestros días, pero lo que sí es posible es disciplinar nuestra voluntad a fin y salir del victimismo en busca de la verdad a partir del valor para abandonar los orígenes.









