México enfrentará un entorno de inseguridad caracterizado por una complejidad estructural creciente, en el que convergen amenazas internas persistentes, actores armados no Estatales y presiones externas de naturaleza transnacional. Este escenario configura un riesgo sistémico de largo plazo que trasciende la lógica del delito y se inserta en el ámbito de la gobernabilidad, la estabilidad política y la capacidad para ejercer autoridad territorial.
El Foro Económico Mundial (WEF), en sus evaluaciones de riesgos globales, ha señalado de manera reiterada que la fragilidad institucional, la expansión de economías ilícitas y la violencia armada constituyen amenazas estructurales que erosionan la gobernanza y debilitan la resiliencia. En el caso mexicano, estas variables interactúan de forma acumulativa, amplificando su impacto sobre el funcionamiento del sistema político y económico.
Como lo hemos analizado en esta columna con anterioridad, para el Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), México se ubica entre los países con mayor intensidad de violencia política fuera de escenarios de guerra convencional.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha advertido que la violencia crónica afecta de manera directa las trayectorias de desarrollo, al limitar el crecimiento económico, profundizar desigualdades y debilitar las capacidades a nivel local. En este sentido, la inseguridad violenta es un freno estructural que compromete los objetivos del Plan México hacia 2026.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), por su parte, ha subrayado que la violencia debe entenderse también como un problema de salud pública. La exposición prolongada a entornos inseguros tiene efectos acumulativos sobre la salud física y mental de la población, incrementa la carga sobre los sistemas sanitarios y deteriora el capital humano. Esta dimensión amplía el impacto de la inseguridad más allá del ámbito policial o militar, integrándola en un marco de riesgo social y humano de largo plazo.
Desde una óptica estratégica, la violencia en México opera como un multiplicador de riesgos. Afecta simultáneamente la cohesión social, distorsiona los incentivos económicos, erosiona la legitimidad institucional y limita la capacidad de planeación del Estado.
La presión sistemática sobre autoridades locales y comunidades refleja una disputa directa por el control territorial y por la capacidad de decisión política, elemento central en los análisis contemporáneos de seguridad nacional.
La dimensión territorial del problema es particularmente relevante hacia 2026. La inseguridad se expresa en la disputa por espacios estratégicos, corredores económicos y zonas de influencia, donde la presencia del Estado resulta insuficiente o intermitente. En estos entornos, los actores no Estatales desarrollan mecanismos paralelos de control y regulación, profundizando la fragmentación del orden público y debilitando la autoridad formal. Las implicaciones de este escenario trascienden la seguridad interna. El WEF y otros organismos multilaterales han advertido que la violencia estructural incrementa los costos económicos, inhibe la inversión y reduce la competitividad internacional de México.
Desde un enfoque de seguridad nacional, el principal desafío hacia 2026 no reside únicamente en la intensidad de la criminalidad violenta, sino en su persistencia, su capacidad de adaptación y su articulación con dinámicas transnacionales. Cuando los actores armados no Estatales logran sostener ciclos prolongados de confrontación, diversificar sus fuentes de financiamiento y penetrar estructuras políticas locales, el problema se convierte en un desafío estratégico de Estado.
La gestión de la inseguridad exige una aproximación integral que combine control territorial efectivo, fortalecimiento del Estado de derecho, inteligencia estratégica, coordinación interinstitucional y políticas orientadas a reducir los incentivos estructurales de la violencia. Sin una visión de largo plazo, los esfuerzos tienden a desplazar el problema sin resolverlo.
Agradezco a El Heraldo de Puebla el espacio y la seriedad editorial para abordar los desafíos de seguridad con rigor y responsabilidad. A las y los lectores, gracias por acompañar este ejercicio pensado para reflexión y divulgación de la cultura de seguridad nacional. De manera particular, reconozco a las mujeres y hombres que desde el anonimato y con gran vocación de servicio, enfrentan y neutralizan riesgos para hacer de México un mejor lugar para vivir. Nos leemos en enero.
FELIZ NAVIDAD
eduardová[email protected]










