Hay operaciones militares que derrocan gobiernos y otras que dejan al descubierto las grietas del sistema internacional. La presunta extracción de Nicolás Maduro de Caracas (bautizada con el grandilocuente nombre de Determinación Absoluta) pertenece, por ahora, al segundo grupo. Más que un golpe quirúrgico, fue un mazazo al tablero geopolítico.
La reacción de México fue inmediata y previsible, pero no por ello menor: una condena frontal a la acción militar unilateral de Estados Unidos; la apelación al artículo 2 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas; la defensa del principio de no intervención, y el recordatorio incómodo de que América Latina y el Caribe son (o deberían seguir siendo) una zona de paz. Traducido al lenguaje llano: Washington se saltó la barda, y lo hizo con botas militares.
Pero México no habló solo. Desde Moscú, la Federación de Rusia encendió las alertas: si Maduro fue sacado por la fuerza, estamos ante una grave violación a la soberanía de un Estado independiente. Sin rodeos ni eufemismos diplomáticos. Y desde Beijing, a través de su embajador en Colombia, la República Popular China fue aún más directa: uso flagrante de la fuerza, comportamiento hegemónico y una amenaza abierta a la paz regional. El diccionario de la diplomacia rara vez emplea adjetivos tan filosos.
El contraste es brutal. Mientras Estados Unidos presenta la operación como un acto de “justicia” contra el narcoautoritarismo, buena parte del mundo la interpreta como un precedente peligroso: si hoy es Caracas, mañana puede ser cualquiera. El derecho internacional no es un menú a la carta ni una cláusula opcional cuando incomoda a la narrativa de seguridad nacional.
Aquí radica el fondo del asunto: no se trata de defender a Maduro (una figura desgastada, cuestionada y políticamente tóxica), sino de defender las reglas. Porque cuando se normaliza que una potencia extraiga por la fuerza a un jefe de Estado extranjero, el multilateralismo queda reducido a un accesorio decorativo. La ONU, una vez más, aparece como espectadora, urgida de protagonismo.
México, fiel a su tradición diplomática, apuesta por el diálogo y la mediación. Para los halcones puede sonar ingenuo, pero es una postura coherente: la alternativa es aceptar que el mundo se rija por la ley del más fuerte, con drones en lugar de argumentos y comunicados que llegan después de los misiles.
Determinación Absoluta no es solo el nombre de un operativo; es el síntoma de una época: una en la que la fuerza vuelve a imponerse sobre la legalidad y en la que la diplomacia lucha por no convertirse en una nota al pie. La pregunta incómoda queda en el aire: ¿quién sigue cuando el precedente ya está puesto?
Foto: EFE
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