Una serendipia se refiere a aquellos descubrimientos accidentales que fueron reconocidos en el momento adecuado por las personas correctas. No se trata de simple azar, sino de la capacidad —propia de mujeres y hombres extraordinarios— para identificar valor en lo inesperado.
La guerra es la expresión más extrema del fracaso humano para resolver conflictos por vías racionales. Representa la negación del diálogo y la institucionalización de la violencia. Sin embargo, en una de las paradojas más incómodas de la historia moderna, su brutalidad ha funcionado también como un acelerador involuntario de la ciencia y del conocimiento médico.
En la guerra el tiempo se comprime, los recursos escasean, la supervivencia se vuelve prioritaria y el campo de batalla se convierte en un laboratorio para el conocimiento y aprendizaje. Es ahí donde la serendipia adopta su forma más cruda: descubrimientos médicos no planeados, innovaciones forzadas por la urgencia y avances que, en tiempos de paz, habrían tardado décadas en consolidarse.
La penicilina es el ejemplo clásico. Aunque Alexander Fleming la descubrió accidentalmente en 1928, fue la Segunda Guerra Mundial la que obligó a producirla a escala industrial. Millones de heridos y la amenaza de infecciones generalizadas convirtieron a los antibióticos en una prioridad estratégica. Sin la presión de la guerra total, su impacto habría sido mucho más lento y limitado.
Durante la Primera Guerra Mundial, la exposición de soldados al gas mostaza reveló un efecto inesperado: la destrucción selectiva de células de rápida proliferación, particularmente en la médula ósea y el sistema linfático. A partir de esa observación clínica —surgida del horror y no de la intención terapéutica— se sentaron las bases de la quimioterapia utilizada décadas después para tratar linfomas y otros cánceres. Así, una sustancia concebida para matar indiscriminadamente abrió el camino a tratamientos dirigidos contra enfermedades letales.
Algo similar ocurrió con el desarrollo de la medicina del trauma; la atención a heridas por proyectil de arma de fuego, explosiones y quemaduras en escenarios de combate obligó a crear protocolos rápidos y estandarizados, como atención de hemorragias y la cirugía de control de daños. La escasez de sangre en combate impulsó el uso terapéutico del plasma, de los expansores de volumen y la solución de Ringer para recuperar volumen circulante en el sistema cardiovascular, de donde derivaron los principios modernos para el manejo del shock hipovolémico, las cirugías de alto riesgo y los cuidados intensivos.
La guerra forzó el uso sistemático y seguro de la anestesia durante cirugías prolongadas. En condiciones precarias del campo de batalla; el uso de analgésicos como la morfina se consolidó como herramienta fundamental para controlar el dolor en amputados y pacientes con otras lesiones graves.
Durante la Segunda Guerra Mundial, oftalmólogos militares advirtieron que los fragmentos de acrílico Perspex de las cabinas en aviones de combate, provocaban menos inflamación ocular que el vidrio cuando se incrustaban en los ojos de pilotos y artilleros. De ese hallazgo surgió el uso de plásticos transparentes biocompatibles en oftalmología, lo que hoy permite implantar lentes intraoculares que devuelven la vista a millones de pacientes con cataratas.
Algo parecido ocurrió con los filtros de las máscaras antigás diseñados para proteger a los soldados de armas químicas letales. Sus materiales absorbentes y la ciencia de filtración perfeccionada durante conflictos armados, demostraron aplicaciones inesperadas que evolucionaron hacia productos como toallas sanitarias, apósitos quirúrgicos y dializadores para purificar la sangre en pacientes con hemodiálisis.
El teflón, desarrollado en el marco del Proyecto Manhattan para contener sustancias altamente corrosivas asociadas a la bomba atómica, encontró posteriormente aplicaciones en la cirugía cardiovascular, como injertos y prótesis de válvulas cardíacas
En el campo de los auxiliares diagnósticos, el médico escocés Ian Donald, quien trabajó en el departamento de radares y sonares para la Real Fuerza Aérea Británica durante la segunda guerra mundial, más tarde aplicó estos principios para desarrollar la ecografía médica derivando en tecnologías aplicadas a la medicina como los sensores utilizados en el ultrasonido y otras herramientas de diagnóstico clínico.
Si es posible crear las condiciones para reconocer una serendipia, ¿seremos capaces de innovar con la misma rapidez sin asumir el costo de la guerra? La verdad; no lo creo.
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