El reciente discurso del primer ministro de Canadá Mark Carney fue leído por muchos como una respuesta directa a Donald Trump. En realidad es un diagnóstico del agotamiento de un sistema de normas, hábitos y tradiciones que dejó de producir resultados. Carney interpela a un orden institucional que ya no cumple la función para el que fue creado.
Durante décadas, organismos como la ONU se concentraron más en imponer agendas ideológicas que en resolver los conflictos concretos que le dieron origen. Ese desplazamiento erosionó su autoridad. Hoy, cuando el poder vuelve a expresarse en términos de fuerza, la ONU se muestra incapaz de responder al mundo con eficacia.
Trump no está rompiendo las reglas por capricho; está actuando bajo una lógica que muchos se niegan a aceptar: la integración, tal como se practicó, terminó generando subordinación. Europa es un ejemplo. Su decadencia no es solo económica o demográfica, es estratégica. La ideológica woke debilitó su influencia y dejó la responsabilidad de su defensa en manos Norteamericanas. Otro error fue creer que quedar bien con el hegemon garantizaba protección, cuando solo logró sometimiento.
La historia muestra que los imperios caen por pérdida de voluntad. Roma colapsó cuando dejó de expandir su dominio y empezó a construir murallas para protegerse. Hoy, Trump trata de romper ese ciclo exhibiendo fuerza. Venezuela, Groenlandia y América Latina no son caprichos. Representan tres ejes del poder: recursos casi ilimitados, control poblacional y territorio estratégico. Estos tres elementos romperían el ciclo donde llegaría a la cima otro imperio y un nuevo Estados Unidos más fuerte se encumbraría nuevamente.
Esto de ninguna manera invita a que Rusia o China actúen de la misma manera; más bien es la consecuencia de una Rusia que invadió siempre que pudo y una China que expandió su influencia de forma más silenciosa. Trump no va a “regalar” Europa. Tampoco va a ceder Asia y Oceanía a China donde Japón, Corea del Sur y Australia son potencias. Compartir el mundo no está en la mente de ningun país dominante.
En ese contexto, Canadá tampoco es el faro moral que el discurso de Carney sugiere. No ofrece hoy un modelo exportable de valores ni de cohesión social. Su política migratoria la encamina a tensiones similares a las europeas. Y, en términos estratégicos, ya ha dado la espalda a México varias veces en el marco comercial, pese a que México fue clave cuando Canadá necesitó respaldo.
El problema de muchos analistas es que siguen leyendo el mundo como si el ciclo de los imperios fuera inamovible. No lo es. Las reglas cambian cuando dejan de servir al que tiene la fuerza para imponerlas. Entender eso no es celebrarlo, pero ignorar los nuevos códigos narrativos sí es quedarse fuera del tablero.
Foto de EFE
miop










