La Conferencia de Seguridad de Múnich no suele exagerar. Tampoco dramatiza innecesariamente. Su función histórica ha sido advertir, diagnosticar y anticipar tendencias estratégicas. Sin embargo, el Munich Security Report 2026, titulado “Under Destruction”, no deja espacio para ambigüedades: el orden internacional no está simplemente en transición; está siendo erosionado activamente antes de que exista un reemplazo funcional.
No enfrentamos una crisis convencional. Estamos ante un momento de demolición estructural. El informe describe una etapa marcada por lo que puede entenderse como una “política de demolición”: actores que prefieren desmantelar instituciones antes que reformarlas. El fenómeno no se limita a regímenes autoritarios. También se manifiesta en democracias consolidadas donde la desconfianza ciudadana hacia las élites ha alcanzado niveles críticos.
Uno de los mensajes más sensibles del informe es la tensión creciente dentro de la alianza occidental. Europa observa con preocupación la volatilidad política en Estados Unidos. La pregunta de fondo no es si la OTAN sobrevivirá. La pregunta es si la cohesión política que la hizo eficaz permanece intacta.
El informe subraya algo más profundo: la inseguridad ya no es exclusivamente militar. Es sistémica. Desinformación digital, polarización social, economías presionadas por deuda, cadenas de suministro vulnerables y tecnologías disruptivas, configuran un entorno donde la estabilidad depende tanto de la resiliencia interna como de la fuerza externa. Las democracias enfrentan una paradoja: deben defender un orden basado en reglas mientras internamente luchan por preservar legitimidad política.
Cuando el orden existente se debilita y no hay un nuevo equilibrio definido, emergen zonas grises: conflictos prolongados, alianzas volátiles, uso híbrido de la fuerza, instrumentalización económica y competencia tecnológica permanente.
Aunque el informe se centra en el eje euroatlántico, su diagnóstico tiene implicaciones directas para países intermedios como México. En un entorno internacional fragmentado, la dependencia económica se convierte en vulnerabilidad; la debilidad institucional amplifica riesgos externos; la infiltración criminal en estructuras políticas erosiona credibilidad internacional.
Tal vez, ha llegado el momento de que en México se replantee con seriedad la necesidad de una visión estratégica de la seguridad nacional como elemento indispensable para el desarrollo del país; que anticipe riesgos, gestióne vulnerabilidades y fortalezca las capacidades institucionales.
En ese replanteamiento hay un punto crucial: la visión estrictamente centrada en el fenómeno criminal, aunque indispensable, puede terminar distrayendo de lo realmente importante. Combatir al crimen organizado es prioritario y no admite concesiones; pero reducir la seguridad nacional exclusivamente a la dimensión delictiva implica descuidar otros peligros no criminales que, acumulados, pueden generar impactos multisectoriales de gran magnitud.
Vivimos en un entorno global de máxima complejidad, donde los peligros son transnacionales pero sus efectos son locales. Cuando el Estado concentra toda su atención en una amenaza —por grave que sea— y descuida la evaluación integral de riesgos, termina reaccionando en lugar de anticipar; y reaccionar siempre es más costoso.
La anticipación es una condición para el desarrollo sostenible. Sin planeación de largo plazo, sin inteligencia civil robusta, sin análisis prospectivo y sin coordinación interinstitucional, los Estados pagan facturas diferidas que se expresan en crisis acumuladas.
La historia demuestra que los periodos de transición sin arquitectura definida suelen ser los más riesgosos. México no puede darse el lujo de observar desde la periferia. Debe anticipar y asumir que la seguridad nacional es el cimiento del desarrollo, no su consecuencia.
Foto de X @MinPres










