En el majestuoso escenario del Museo Nacional de Antropología, ese templo laico donde nos gusta recordarnos como una civilización milenaria, se llevó a cabo hace unos días la Primera Reunión Nacional de Promoción de Inversiones. En este escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum y el secretario Marcelo Ebrard presentaron ante empresarios y sindicatos un robusto portafolio de inversión, mayoritariamente privada: 2,500 proyectos que pretenden movilizar la histórica cifra de 407 mil millones de dólares.
De haber sabido que era tan sencillo…
En un país que lleva años creciendo a sombrerazos, con un entorno internacional crispado, conflictos geopolíticos activos, presiones comerciales y un contexto nacional muy complicado, en el que las reglas del juego cambian de un día para otro, escuchar cifras de ese tamaño suena, por decir lo menos, optimista. Descontroladamente optimista.
Un gran anuncio, porque, hasta ahora, es eso: un anuncio. No conocemos una metodología clara, no hay un calendario detallado, ni un desglose público que permita entender cómo se construyó la cifra o qué porcentaje corresponde a inversión nueva y cuál a proyectos ya contemplados. Cuando los números son tan redondos, tan espectaculares, y persiste una brecha importante en cuanto a la transparencia de los datos técnicos, uno aprende, por deformación profesional y por experiencia histórica, a buscar la letra chiquita.
Los malpensados, que nunca faltan y a veces atinan, podrían interpretar el evento no sólo como un esfuerzo de política económica, sino como un destape muy adelantado de Marcelo Ebrard. En política, las coincidencias rara vez son inocentes, y las vitrinas importan. Y pocas vitrinas mejores que un anuncio de cientos de miles de millones de dólares bajo el techo del museo más simbólico del país.
Ahora bien, dejando de lado la tentación del análisis electoral, que sin duda dará para otras columnas, hay algo que sí merece subrayarse: la reacción empresarial fue positiva.
Y no es un tema menor.
Los empresarios han dicho que le entran. Que sí. Que México necesita inversión, y mucha. Que necesitamos acelerar la economía, generar empleos formales, impulsar el desarrollo tecnológico y detonar cadenas productivas. Eso no es novedad; lo venimos diciendo desde hace años. La inversión no es un capricho del sector privado, es el combustible del desarrollo social.
Hoy, cuando el gobierno enfrenta presiones fiscales, desaceleración económica y una creciente necesidad de resultados tangibles, parece haber descubierto que la inversión privada no es el enemigo ideológico, sino un aliado imprescindible. Más vale tarde que nunca.
Pero aquí viene el punto medular.
La inversión no se decreta, ni surge por voluntad discursiva.
La inversión se construye sobre confianza.
Y la confianza se sostiene sobre estabilidad, seguridad y certeza jurídica.
Los empresarios pueden firmar cartas de intención, sentarse en comités estatales mixtos, diseñar mesas de trabajo y hasta posar sonrientes para la fotografía oficial. Pero si el tablero se sacude cada seis meses, si las reglas cambian según el humor político del momento y si la mayoría legislativa del régimen continúa “agandallando” reformas que trastocan de fondo el modelo democrático que ha permitido alternancia y competencia electoral real, entonces el mensaje verdadero no es de colaboración: es de advertencia.
Porque cuando el poder concentra, modifica y redefine las reglas a su conveniencia, la inversión deja de ver oportunidad y empieza a ver riesgo.
No hay portafolio de 407 mil millones que compense la percepción de que el árbitro puede cambiar las reglas a medio partido. No hay comité estatal que sustituya la fortaleza de un Estado de Derecho predecible. No hay discurso de cooperación público-privada que resista si la narrativa oficial insiste en dividir entre “buenos” y “malos” según convenga.
Los empresarios han reaccionado con madurez. Han entendido que México necesita empujar. Que no es momento de cruzarse de brazos ni de apostar al fracaso del gobierno. Cuando el país requiere inversión, el sector productivo responde. Lo ha hecho siempre, incluso en contextos adversos.
Pero la reciprocidad importa.
Si el empresariado atiende cuando el gobierno lo necesita, sería razonable esperar que el gobierno haga lo propio cuando el empresariado pide algo elemental: seguridad, reglas claras, respeto institucional y estabilidad democrática.
La historia económica es contundente: los países que atraen inversión sostenida no son los que anuncian más, sino los que garantizan más. Más certeza, más legalidad, más previsibilidad.
Por eso, más allá del entusiasmo inicial, la pregunta no es cuántos proyectos se anunciaron, sino cuántos se materializarán. No es cuánto suma el portafolio en papel, sino cuánto se traducirá en empleo formal, innovación y bienestar real.
Los empresarios ya dijeron sí.
Ahora le toca al gobierno demostrar que no fue sólo un acto protocolario bajo una arquitectura impresionante, ni un movimiento estratégico dentro del ajedrez político. Le toca generar las condiciones para que esa inversión ocurra.
O aceptar, con honestidad, que fue un anuncio más…
Un abrazo!










