Sé que, desde este domingo y durante las próximas semanas, quizá meses, la conversación pública girará alrededor de lo ocurrido en Tapalpa, Jalisco. Sus efectos violentos, políticos y económicos aún son impredecibles. Los análisis sobran, circulan en todos los tonos y desde todas las trincheras. Hoy no hace falta uno más.
Prefiero aprovechar este espacio para hablar de otro asunto que también tiene implicaciones profundas y que, espero, pueda darnos un poco de oxígeno mental.
Hace unas semanas platicaba con mi sobrino Andrés, de 16 años, sobre la inteligencia artificial: cómo la usa y qué lugar ocupa en su vida cotidiana. En algún punto la conversación derivó en la cortesía. Me contó que antes le daba las gracias después de cada consulta, hasta que leyó que incluso ese gesto digital implica consumo de energía y agua. Desde entonces, decidió limitarse al “por favor”.
Como suele pasar cuando converso con él, me dejó pensando. Investigué durante varios días por simple curiosidad. No imaginé que terminaría trayendo el tema a este espacio. Hasta hoy.
Elon Musk anunció la fusión de su empresa de inteligencia artificial, xAI, con SpaceX. La narrativa oficial es de película: crear el motor de innovación más ambicioso dentro y fuera de la Tierra. Es literal. Su planteamiento es que la IA demanda tanta electricidad que el planeta empieza a quedarse corto, Andrés no estaba nada perdido. ¿La solución? Centros de procesamiento en órbita, alimentados por energía solar permanente, sin redes eléctricas, sin problemas de refrigeración.
Pero como casi todo lo que rodea a Musk, incluidas sus polémicas declaraciones o su rocambolesca vida, hay otra lectura menos romántica. xAI quema millones de dólares al año tratando de competir con OpenAI y con Google. SpaceX, en cambio, es rentable. Fusionarlas permite irrigar recursos, empaquetar activos y, de paso, inflar la valoración de cara a una eventual salida a bolsa.
Después de esta operación, una sola estructura corporativa orbitará, se entiende la referencia, alrededor de una red social global (X), un chatbot (Grok), un millón de satélites de Starlink, cohetes que transportan astronautas y, ahora, infraestructura de inteligencia artificial. Algunos analistas ya especulan con el siguiente movimiento: integrar también a Tesla. Coches autónomos, satélites, redes sociales, IA y lanzamientos espaciales bajo una misma visión estratégica.
Parece el plan de un villano de James Bond para conquistar el mundo.
Y aquí es donde regreso a la plática con Andrés.
Él se preocupa por la energía que consume una palabra de cortesía. Musk se preocupa por cómo abastecer de energía a la próxima generación de modelos de IA. Dos escalas distintas del mismo fenómeno: el costo invisible de la tecnología.
La inteligencia artificial no es etérea. No vive en las nubes; vive en centros de datos que consumen cantidades industriales de electricidad y agua. Cada consulta, cada imagen generada, cada análisis financiero automatizado tiene detrás una infraestructura física brutal.
Mientras tanto, en México seguimos discutiendo si la tecnología “nos va a quitar empleos” como si estuviéramos en 1998 debatiendo el correo electrónico.
La pregunta correcta no es si la IA va a reemplazarnos. En muchas tareas, ya lo está haciendo. La pregunta es quién la va a diseñar, quién la va a operar y quién se va a quedar con el valor que genere.
Porque si algo deja claro la jugada de Musk es esto: el control de la infraestructura es poder. Poder económico, poder político y poder estratégico.
En un país como el nuestro, donde todavía batallamos con la generación, disponibilidad y costo de la energía, trámites en papel y una regulación surgida desde la ideología, el riesgo no es que la IA nos quite el empleo; es que nos convierta en simples usuarios dependientes de decisiones que se toman en Silicon Valley… o en órbita.
Desde la perspectiva empresarial, el mensaje es durísimo: la IA sí va a redefinir modelos de negocio. No solo en tecnología, también en manufactura, logística, servicios profesionales, marketing, educación y salud.
Las empresas mexicanas, especialmente las MiPyMEs, tienen dos caminos: temerle o entenderla.
Entenderla implica invertir en capacitación, rediseñar procesos, adoptar herramientas y, sobre todo, cambiar la mentalidad. La IA no puede ser un departamento; es una capa transversal que debería elevar la productividad, reducir costos y abrir mercados.
Aquí es donde el debate público debería estar. No solo en la anécdota espectacular del magnate que quiere poner supercomputadoras en el espacio, sino en cómo construimos un entorno que permita a nuestros empresarios competir en esa nueva liga.
Porque la concentración tecnológica también plantea preguntas incómodas sobre competencia, privacidad y soberanía. Cuando una sola estructura corporativa controla comunicaciones, transporte, datos y procesamiento, la frontera entre empresa y poder estructural se vuelve difusa.
No se trata de demonizar al empresario exitoso, yo sería el último en hacerlo, sino de entender que la innovación sin contrapesos institucionales puede generar asimetrías difíciles de revertir.
Y vuelvo a Andrés.
Quizá el problema no es si decir “gracias” gasta energía. El problema es que no entendemos la magnitud de la maquinaria que se activa cada vez que interactuamos con estas tecnologías.
La reflexión final es sencilla: la inteligencia artificial no te va a reemplazar… pero alguien que sepa usarla mejor que tú, sí. Y los países que la integren inteligentemente en su aparato productivo crecerán; los que la miren con desconfianza o improvisación, se quedarán comprando servicios digitales.
México tiene talento, creatividad y capacidad empresarial de sobra. Lo que necesita es decidir si quiere ser protagonista de la próxima revolución tecnológica o simple espectador que aplaude o se indigna desde la grada.
Y esa decisión, a diferencia de los satélites, no se puede lanzar al espacio para que alguien más la tome por nosotros.
Un abrazo.










