En 1914, en Alemania, Suecia y Rusia, se conmemoró por primera vez de manera oficial el Día Internacional de la Mujer un 8 de marzo. Han pasado 112 años desde aquella primera fecha. Más de un siglo. Una cifra que suena a historia lejana, a fotografías en blanco y negro, a mujeres con vestidos largos organizando huelgas y piquetes en fábricas y calles.
Y aquí seguimos. Marchas. Consignas. Carteles. Talleres. Conversatorios. Mesas de análisis donde, por unas horas, se nos concede la palabra. Instituciones que por un día descubren el color morado y lo colocan en sus logotipos. Empresas que se unen al tren de la igualdad en sus redes sociales. Incluso hemos avanzado lo suficiente como para que ya no sea tan común el “feliz día” acompañado de flores. Algo es algo.
Cada año, alguien recuerda que el 8 de marzo no es una celebración sino una conmemoración. Se repasan las huelgas obreras, las luchas por el voto, los derechos laborales, el acceso a la educación. Se enumeran pendientes. Se actualiza la lista de violencias. Y siempre queda flotando la misma pregunta, dicha con cansancio o con ironía: ¿de qué sirve el 8M?
Sirve, quizá, para medir el tiempo. Sirve para evidenciar que más de cien años después todavía necesitamos ocupar el espacio público para recordar que somos sujetas de derechos. Pero también sirve para algo menos visible, mucho más radical, y que apenas empezamos a dimensionar.
Durante siglos, la mitad de la humanidad no tuvo relato propio. Existimos como expediente, como diagnóstico, como pecado, como musa, como madre abnegada o como amenaza moral. Fuimos descritas, clasificadas, corregidas. Nuestra experiencia circuló filtrada por la voz masculina que decidía qué era relevante, qué era exageración y qué era simple histeria. La historia nos incluyó como pie de página.
Lo que está ocurriendo ahora es otra cosa. Por primera vez en la historia, miles de mujeres están produciendo un archivo colectivo en primera persona. Desde Argentina hasta Ecuador, pasando por Colombia, Guatemala, México, España, Italia, India, Corea del Sur. Mujeres que se narran no como excepción literaria, no como confesión aislada, sino como fenómeno masivo. Nombrando las múltiples violencias que nos atraviesan no como accidente individual, sino como estructura social. Y cuando una estructura se nombra, se vuelve visible. Y cuando se vuelve visible, se vuelve políticamente insoportable.
Y para eso ha servido el 8M. Para recordarnos que ya no somos el objeto del relato. Somos quienes lo escriben. Puede que esta afirmación suene exagerada y que más de uno, leyendo esto, ya haya pedido las sales. Pero no. Que miles de mujeres estén produciendo un archivo colectivo en primera persona no es una epifanía espontánea ni un arrebato emocional global. Tiene historia y tiene condiciones materiales.
Desde la década de 1960, en buena parte del norte global, industrializado, occidental o como prefieran nombrarse ahora, el lenguaje de la igualdad de género dejó de ser marginal para convertirse en sentido común institucional. Universidades, organismos internacionales, marcos jurídicos, políticas públicas, manuales escolares. La igualdad pasó, en muchos casos, a discurso oficial. Incompleto, contradictorio, muchas veces hipócrita, pero oficial al fin.
Ese proceso hizo algo más profundo que aprobar leyes. Aculturó una psique. Puede sonar básico, pero no lo es. Durante generaciones, el yo femenino estuvo subordinado a identidades relacionales. Hija de. Esposa de. Madre de. Incluso cuando se hablaba de autonomía, había que justificarla. Pero este paso del relato individual al colectivo no se dio por obra y gracia de las instituciones. Las leyes no producen consciencia por sí solas. Los manuales de igualdad no generan comunidad. Lo que transformó este relato en fuerza política fue la unión de mujeres, y específicamente de mujeres feministas, que decidieron encontrarse, escucharse, pasar de narrarse «en sí» a narrarse «para sí» (pequeño guiño Gramsci)
Ahí está el punto de quiebre.
El discurso sobre igualdad podría haber circulado en instituciones y organismos internacionales sin alterar demasiado el orden cotidiano. Lo que lo volvió peligroso fue cuando las mujeres comenzaron a reunirse, a compartir experiencias en asambleas, talleres, marchas, redes sociales, colectivos barriales. Cuando el yo dejó de hablar en abstracto y empezó a decir a mí también. Pero sobre todo cuando este acto dejó de ser confesión individual para volverse relato colectivo. Eso hizo más por la comprensión estructural de la violencia contra las mujeres que décadas de manuales oficiales.
La experiencia vivida de ser mujer, con todas las tensiones entre deseo de autonomía y mandato familiar, entre proyecto propio y expectativa social, encontró un sitio de traducción colectiva en los espacios feministas. No era terapia grupal. Era producción de sentido. Al compartir experiencias, muchas descubrieron que aquello que habían interpretado como fracaso personal tenía un patrón. Que la culpa no era individual. Que el malestar no era capricho generacional. Era estructura.
Esa historia colectiva, construida en la calle y en la organización, trae consigo un nuevo tipo de relato vital. Un relato que no depende de la autorización masculina ni del aval institucional para existir. Un relato marcado por la autoapropiación. Son historias contadas por quienes las vivieron, no interpretadas por terceros.
Por supuesto, nada de esto ocurre en el vacío. Las condiciones materiales siguen marcando diferencias brutales entre mujeres. No es lo mismo narrarse desde una universidad europea, con seguridad y quizá acceso a un Estado de bienestar, que desde una colonia periférica en México, donde para 2025 se registró un feminicidio casi cada seis días según datos de REDIM. Pero incluso en esa desigualdad, el marco circula. Nuestro relato viaja, se junta con otros, se colectiviza.
Lo interesante es que este nuevo tipo de relato prescinde cada vez más de los viejos marcadores obligatorios de identidad femenina. No todo gira en torno al matrimonio o a la pareja. No todo tiene que desembocar en la maternidad. La identidad sexual ya no es la única clave interpretativa. Las historias se construyen desde la autoapropiación. No como destino biológico, sino como decisión, conflicto, deseo, error, aprendizaje. Con contradicciones, con ambivalencias, pero propias.
Cuando esta apropiación alcanza el terreno del espacio público, el efecto político se multiplica. Porque entonces no estamos ante relatos aislados, sino ante una generación que cuenta su experiencia con herramientas conceptuales que le permiten nombrar abuso, coerción, acoso, consentimiento. Palabras que antes no estaban disponibles o que estaban reservadas para el ámbito penal, no para la vida cotidiana. Palabras que nacen en la insistencia feminista de escucharnos y sostenernos.
Por supuesto que habrá más de une que me dirá que no exagere, que esto no es más que la apoteosis de la cultura de la performatividad o de una cultura confesional de redes. Que no se trata más que de una conversación individualista diseñada para provocar en multitud de plataformas. Que solo estamos ante una autodeclaración pluralizada.
No niego que muchas mujeres de esta generación hayan abrazado lo que Giddens (1995) llamó “el proyecto reflexivo del yo”. Pero hablar reflexivamente sobre una vida genera tanto autorrealización como comprensión del lugar que ocupa la historia personal en las interpretaciones públicas y colectivas del presente y del pasado. Eso se logra vinculando experiencias en narrativas comunitarias, una estrategia observada y documentada por investigadoras feministas desde hace décadas. Para no ir más lejos, aquello de que lo personal es político.
También puede ocurrir que el desarrollo de un marco interpretativo y la acción para transformar la vida de muchas mujeres sucedan en espacios que no se nombran feministas. No todo pasa por la etiqueta. Sin embargo, incluso cuando no portan la marca, estos espacios evidencian algo difícil de ignorar: la cultura discursiva del feminismo se ha vuelto tan omnipresente que abre condiciones para que las mujeres reflexionen sobre sí mismas y su entorno con herramientas que antes no estaban disponibles.
Aunque no se reivindique explícitamente, el lenguaje circula. Las categorías se filtran. Las preguntas cambian. Y esa circulación termina ampliando el margen de lo pensable y de lo decible para muchas mujeres que quizá nunca se llamarían feministas, pero que ya no se narran como antes.
Es así que mi afirmación no se sostiene en el optimismo institucional ni en una promesa ingenua de unión vulvagística. Se sostiene en la práctica política de mujeres que decidieron convertir su experiencia en conocimiento y arropamiento colectivo. Y cuando ese conocimiento empieza a circular sin intermediarios, se vuelve imposible devolverlo al ámbito privado donde siempre fue más fácil controlarlo.
Y aquí volvemos al 8M.
Más de cien años después de aquella primera conmemoración, seguimos marchando. No porque nos guste repetir rituales, sino porque el relato colectivo no está cerrado. Se sigue escribiendo en cada consigna, en cada testimonio, en cada conversación que convierte la vergüenza en conciencia. En un mundo que normaliza la guerra como herramienta política y que responde a la incertidumbre con llamados a la fuerza, miles de mujeres siguen haciendo algo profundamente disruptivo: combatir la violencia en lugar de glorificarla, colectivizar el dolor en lugar de privatizarlo, construir memoria en lugar de imponer silencio.
Si la historia durante siglos se escribió desde arriba y en masculino, hoy se está escribiendo también desde abajo y en femenino. No para reemplazar una hegemonía por otra, sino para romper la lógica que necesitaba subordinación para sostenerse.
Fuentes:
Blog de datos e incidencia política de REDIM Derechos de infancia y adolescencia en México. Disponible en https://blog.derechosinfancia.org.mx/2025/08/18/feminicidio-de-ninas-y-adolescentes-en-mexico-a-julio-de-2025/ (agosto 18, 2025)
Giddens, Anthony, Gil Aristu, and José Luis. «Modernidad e identidad del yo y la sociedad en la época contemporánea.» (1995).
Sobre la autora: María Arteaga Villamil. Doctora en Antropología Sociocultural. Actualmente lidera los esfuerzos de comunicación y recaudación de fondos en The Women ‘s Building, la primera organización comunitaria liderada por mujeres en San Francisco, California. Desde ese espacio, le interesa destacar cómo las voces y los saberes de las mujeres de las comunidades pueden contrarrestar las lógicas verticales del poder y abrir futuros posibles.








