Como cada 8 de marzo, el país entra en un ritual conocido: discursos solemnes de oportunismo político, batalla de narrativas, consignas que riman en las calles, vandalismo y agresiones, concursos involuntarios para ver quién es el peor “quedabien” y una avalancha de publicaciones en redes sociales.
Valorar las formas en que todo esto ocurre es una discusión laberíntica en la que no voy a entrar.
Yo quiero abordar el tema desde una conversación que casi nunca ocurre con suficiente claridad, espero poder hacerlo: Se los pongo en términos futbolísticos: el país está dejando en la banca a la mitad de su talento productivo.
Y cuando un país decide funcionar con la mitad de su talento, el problema deja de ser ideológico y se vuelve económico.
Durante años el debate público sobre el 8M se ha movido entre extremos: quienes lo reducen a un ritual político anual y quienes lo convierten en un campo de batalla cultural permanente. Mientras tanto, la conversación económica, que debería preocuparnos a todos, suele quedar en segundo plano.
En México, la participación laboral femenina ronda apenas el 46%, según datos del INEGI. En economías comparables supera el 60%. Dicho de otra forma: millones de mujeres que podrían estar generando ingresos, emprendiendo, innovando o liderando empresas simplemente no están en el mercado laboral formal.
Y aunque en este contexto inciden muchos factores, no podemos ignorar que el sistema no se los pone fácil.
El caso más evidente es el del trabajo de cuidados. En México, las tareas no remuneradas del hogar representan cerca del 24% del PIB, y más del 70% de ese trabajo lo realizan mujeres. Traducido a lenguaje empresarial: tenemos un enorme volumen de talento productivo atrapado en actividades indispensables para la sociedad, pero invisibles para la economía formal.
Es una distorsión estructural.
No esquivamos el bulto: el sector empresarial tiene tareas pendientes. Durante décadas muchas empresas operaron bajo inercias culturales que hoy resultan insostenibles. La brecha salarial, los techos de cristal o la subrepresentación femenina en puestos directivos no son mitos ideológicos; han sido realidades medibles que aún perduran.
En México, solo alrededor del 3% de las direcciones generales están ocupadas por mujeres, y apenas un pequeño porcentaje de los consejos de administración tiene paridad real. No hace falta un doctorado en economía para entender que eso significa una enorme pérdida de talento.
Pero tampoco conviene caer en simplificaciones cómodas. La desigualdad económica de las mujeres no se explica únicamente por la conducta de las empresas, ni se soluciona con cuotas forzadas. Sería demasiado fácil.
El problema también pasa por políticas públicas mal diseñadas, por sistemas educativos desconectados del mercado laboral, por falta de infraestructura de cuidados, por informalidad crónica y por un Estado que no entiende que la realidad alterada de sus discursos no se traduce en soluciones estructurales.
En México nos ahogamos en programas sociales, pero escasean las políticas económicas que permitan a más mujeres participar plenamente en el mercado laboral formal.
Y ahí es donde el debate del 8M debería madurar.
Porque si algo demuestra la evidencia internacional es que la igualdad económica no es solo una causa social; es una estrategia de crecimiento. El Fondo Monetario Internacional ha estimado que cerrar las brechas de género en participación laboral podría aumentar significativamente el PIB de muchos países.
De hecho, algunos estudios sugieren que incorporar plenamente el talento femenino podría elevar el crecimiento económico de forma sustancial en las próximas décadas. Y esto pasa por 4 pasos:
Primero, reconocer que la formalidad laboral sigue siendo la gran palanca de movilidad económica para millones de mujeres. Tener seguridad social, ingresos estables y acceso al sistema financiero cambia completamente el horizonte de vida de cualquier familia.
Segundo, asumir que la infraestructura de cuidados ya no puede seguir tratándose como un asunto privado. Guarderías, horarios laborales más flexibles y esquemas de corresponsabilidad no son concesiones ideológicas; son herramientas económicas para liberar talento productivo.
Tercero, impulsar de verdad el emprendimiento femenino. No podemos negar que las mujeres enfrentan mayores obstáculos para acceder a financiamiento y crédito empresarial. Resolver eso es una inversión en nuevas empresas, empleos y crecimiento.
Y cuarto, no le tengamos miedo a revisar nuestras propias inercias culturales dentro del mundo empresarial. No por presión política, ni por imposición de cuotas, sino por simple racionalidad económica.
Las empresas que desperdician talento pierden competitividad.
El 8 de marzo no debería ser sólo un ritual debatible, y que al día siguiente todo siga igual. Excepto para el personal de limpieza urbana, que tienen un 9M con mucho trabajo extra.
Debería ser, además, el epicentro de un movimiento que impulse un México decidido a desbloquear el potencial económico de millones de mujeres.
Porque al final del día el problema no es solo de igualdad. Es de inteligencia económica.
Y ningún país que se tome en serio su futuro puede darse el lujo de dejar a la mitad de su talento sentado en la banca, por prejuicio, por desidia o por incapacidad institucional, porque lo seguiremos pagando en el crecimiento, la innovación y el prometido “bienestar”.
Un abrazo










