¿En dónde reside el “yo”? ¿Cómo podríamos definir lo que somos? ¿Son la mente y el cuerpo uno mismo? Las interrogantes en torno al ser no han sido resueltas. Desde que nuestra especie se preguntó por primera vez “¿Quién soy?” la duda ha permanecido en el aire. A ciencia cierta no sabemos quiénes somos, sin embargo, de alguna manera intuimos que el conocimiento de uno mismo es la llave que nos abre la puerta de los arcanos de la naturaleza. Es decir, sabemos que saber quiénes somos nos permitirá comprendernos a nosotros mismos y a nuestro entorno, sin embargo, la dificultad estriba en que no sabemos en dónde radica el ser, el “yo”, y por eso dar el primer paso en el camino del autoconocimiento resulta tan complicado.
Las hipótesis del sitial del ser son numerosas. Algunas proponen que somos el cuerpo, otras afirman que somos la mente, también se ha afirmado que somos uno y otro, aunque no han faltado quienes creen que no somos ni la mente ni el cuerpo, sino un “algo” externo a estas dimensiones. Generalmente pensamos que somos tanto el cuerpo como la mente, sin embargo, hay algunas consideraciones que deberíamos de tomar en cuenta, por ejemplo: el hecho de que nuestro cuerpo siempre está cambiando, no sólo porque envejece segundo a segundo, sino porque, además, se estima que renueva la mayoría de su composición celular en un lapso estimado de entre siete y diez años, en este sentido es inevitable cuestionarnos si aquello (el cuerpo) que siempre está cambiando puede llegar a ser. Ahora mismo somos más viejos que cuando comenzamos a reflexionar estas ideas, pero, además, hemos perdido células, cabellos, uñas y dientes, y quizás algo más, sin que como tal sintamos que hayamos perdido algo de lo que somos; de alguna manera toda esa materia orgánica que estuvo con nosotros y que nos hizo ser, no la estimamos como propia, sino como temporal, por ello es que si bien somos nuestro cuerpo, de alguna manera somos también algo más.
Pero la mente no es menos tropezada. Nuestra mente no deja de trabajar, todo el tiempo está generando imágenes, pensamientos, sonidos y sensaciones con las que nos identificamos, y como la mente suele autoafirmarse desde la noción del “yo” suponemos que somos nuestra mente, sin embargo, de la misma manera que como ocurre con el cuerpo, somos algo más. Distinguir la ilusión de la mente es más difícil que la del cuerpo. Generalmente a nuestro cuerpo lo observamos como algo externo a nosotros, pues, por decirlo de alguna manera, sentimos que vivimos dentro de nuestro cuerpo, pero la mente no la percibimos igual, sino que sentimos tal cual que la mente y nosotros mismos conforman la misma dimensión del ser. A la mente la sentimos muy real y tal es su poder que es capaz de convencernos de que la realidad que ella percibe es la realidad “real”, sin embargo, en más de una ocasión hemos entrado en un debate con nuestra mente, como si dentro de nosotros mismos habitara más de un yo, de la misma manera que cuando compartimos la vivienda con alguien más y nos articulamos para funcionar, pero sin llegar a ser uno mismo. Con la mente es igual, sentimos que somos la mente, pero al mismo tiempo ella tiene sus propios intereses y es entonces cuando entramos en conflicto. Pero si somos capaces de debatir con la mente es debido a una especie de disociación entre lo que finge ser “el ser” y lo que realmente es “el ser”. De esta “disociación” o separación deducimos que somos y no somos el cuerpo, así como somos y no somos la mente, sino algo más.
La consciencia es el ser, nuestro yo real es la consciencia, somos nuestra consciencia, pero definirla es una ardua labor. La consciencia se concibe a sí misma como ajena a la mente y al cuerpo, pero al mismo tiempo se sabe dependiente de estas dos dimensiones. La consciencia no es la mente ni el cuerpo, pero al mismo tiempo no puede ser sin ellos. La relación en la tríada consciencia, mente y cuerpo es de codependencia, pero al mismo tiempo es perjudicial porque la consciencia, la mente y cuerpo van, en última instancia, por caminos separados. La consciencia busca su trascendencia, la mente quiere su proyección y el cuerpo lucha contra la muerte. Tres dimensiones separadas, tres objetivos distintos, pero todo constreñido en el mismo ser. El neuropsicólogo Nicholas Humphrey, en su obra Una historia de la mente, lo externa así:
«La consciencia puede comprenderse como la capacidad de sentir: ser consciente significa experimentar sensaciones, es decir, representaciones mentales cargadas de afecto que nos informan de algo que nos ocurre aquí y ahora. En este sentido, el sujeto de la consciencia –el “yo”– no es una entidad abstracta separada del cuerpo, sino un sí mismo corporizado cuya identidad emerge de las sensaciones corporales que lo sitúan en el mundo; si tales sensaciones desaparecieran, también se extinguiría la experiencia del yo, de modo que el viejo principio cartesiano “Pienso, entonces existo” podría reformularse con mayor exactitud como: Siento, entonces existo. En los seres humanos, la mayoría de las sensaciones se originan en los cinco sentidos, por lo que gran parte de nuestros estados de consciencia adopta alguna de estas cualidades perceptivas. Algo semejante ocurre con el pensamiento: las ideas, creencias y reflexiones conscientes suelen manifestarse bajo una forma sensorial, como si fueran oídas en la mente a través de una voz interior. Por ello, cuando afirmamos que otro organismo viviente es consciente, lo que realmente estamos suponiendo es que también es sujeto de sensaciones.»
Hemos escuchado de la rivalidad entre el ego y el yo: el primero es artificial, el segundo es la consciencia; el primero es el cuerpo y la mente, el segundo es la consciencia. Se ha propuesto acabar con el primero y mantener al segundo, pero en esta relación de codependencia, acabar con uno es atentar contra nosotros mismos. La consciencia no es sin la mente, y ésta no es sin el cuerpo, que tampoco es sin la consciencia. ¿Quiénes somos? Es imposible saberlo, sin embargo, si algo podría afirmar cada uno de nosotros es que: si siento, entonces existo.









