La reciente marcha con motivo del 8 de marzo que se realizó en diversas entidades del país, dejó una sociedad dividida después de que algunas de las participantes atacaran iglesias y símbolos religiosos, a pesar de que creyentes participaran para proteger los recintos.
Estos ataques de quienes se hacen llamar «feministas», ¿realmente son aleatorios? No. Detrás se encuentra una intención.
Puede ser intolerancia religiosa, acciones individuales de grupos ideológicos, movimientos iconoclastas, pero también por conflictos políticos y sociales, en los que el propósito es borrar la influencia que tienen sobre la población.
Los monumentos o símbolos religiosos permiten visualizar lo invisible, como la divinidad, conceptos teológicos, dan sentido a la vida porque ayudan a reflexionar sobre la fe, refuerzan la identidad grupal, preservan la cultura y las tradiciones porque mantienen vivas las historias religiosas a través de las generaciones, pero también se utilizan para expresar emociones y sentimientos profundos del ser humano.
En México, el 77.7 por ciento de la población se identifica como católica, según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, cifra que representa alrededor de 98 millones de personas, número considerable si se toma en cuenta que existen múltiples creencias en nuestro país.
Los movimientos feministas buscan transformar la religión desde adentro, con la finalidad de combatir el patriarcado, pero también creen que la eliminación de la religión es necesaria para la liberación de la mujer, e incluso buscan una reforma eclesial en la que sea reivindicado el papel de las féminas como sacerdotisas, pastoras, rebinas e incluso se hacen llamar en algunos círculos «diosas».
Esta es una de la razones por las cuales, quienes se denominan «feministas», dañaron símbolos religiosos, como ocurrió a principios de este mes en diversas entidades del país, incluida Puebla; sin embargo, el movimiento feminista, también está ligado con la ideología de izquierda en cuanto a la «lucha de transformación social».
No es entonces una sorpresa que este tipo de marchas tenga un sesgo hacia la ideología de izquierda, que también promueve el aborto, y en términos generales, una inclinación a una anticultura de la vida, que incluye la destrucción de la identidad.









