Todo es elección. No hay nada en nuestra rutina diaria que no hagamos por decisión. Quizás no somos conscientes de las decisiones que tomamos, pero eso no significa que no estén ahí. Desde que abrimos los ojos al despertar, hasta que los cerramos al dormir tomamos un número incalculable de decisiones que afectan nuestro día, pero también nuestro entorno, nuestra salud, nuestras emociones y nuestro ser.
Siempre estamos decidiendo, no lo entendemos, pero lo hacemos. Esto no quiere decir que todo lo que pase a nuestro alrededor dependa de nosotros o que tengamos la capacidad de controlar los acontecimientos cotidianos, pues todo eso va más allá de nosotros y por ello es que nuestra decisión en nada los afecta; pero si bien no decidimos que ocurra todo lo que nos rodea, sí podemos hacerlo con respecto a cómo recibimos aquello que ocurre. Es decir, no controlamos nuestro medio, pero sí decidimos con respecto a cómo lo recibimos, a cómo lo asimilamos, a cómo lo interpretamos para hacer algo con ello y hacernos alguien en ello. Siempre decidimos, aunque no lo comprendamos del todo.
Nuestras decisiones modifican nuestro entorno, pero también nuestra composición. Desde hace apenas unas décadas, las neurociencias han profundizado en el concepto “epigenética” para referirse a las modificaciones que experimentan nuestros genes, pero sin alterar la información de la cadena del ADN. La epigenética ha demostrado una relación directa entre algunas de nuestras decisiones y la manera en que se expresan los genes a partir de dicha decisión. De ninguna manera la epigenética propone que podemos modificar nuestro ADN, ni tampoco que podemos alterar nuestros genes para ir más allá de nuestra naturaleza; lo que la epigenética postula es que nuestros hábitos y nuestra interacción con el medio que nos rodea inciden directamente en el funcionamiento o expresión de los genes, todo ello a partir de las decisiones que cotidianamente tomamos, independientemente de si somos conscientes de ellas.
Considerando que una parte de la información de nuestro ADN se hereda a nuestra descendencia, a la vez que nosotros hemos heredado información de nuestros ancestros, resulta interesante saber que nuestras decisiones, desde la epigenética, afectan también a quienes habrán de venir por conducto nuestro. En otras palabras, nosotros somos el resultado moral, pero también físico, de las decisiones de nuestros ancestros, y esto es porque, de acuerdo a la epigenética, los genes se modifican a partir de las decisiones de sus portadores, a la vez que se heredan; lo anterior no propone de ninguna manera que exista un determinismo al que estemos sometidos, pero sí nos deja ver que de alguna manera estamos condicionados orgánicamente por quienes nos precedieron, y que, de igual manera, nuestra descendencia estará condicionada en sus genes por las decisiones que hoy estamos tomando.
Los genes poseen un funcionamiento autónomo, pero sólo en un sentido parcial, en última instancia es la mente la que determina las capacidades y síntomas que el cuerpo experimenta. De alguna manera podríamos afirmar la veracidad del principio que establece que todo es mente. Con respecto a los síntomas que el cuerpo puede padecer, la epigenética no afirma que las enfermedades sean mentales, pero sí deja ver que los pensamientos, emanados de nuestras decisiones, juegan un papel fundamental en el desarrollo de ciertos males de la salud. Las enfermedades no son imaginarias, son reales y causan afecciones graves, pero en gran medida éstas dependen de expresiones anómalas de nuestros genes, las cuales se gestaron en las decisiones que tomamos durante el día, durante el mes, o durante años. La neurocientífica Carolina Leaf, en su libro Enciende tu cerebro, explica la epigenética en estos términos:
«Nuestros pensamientos, nuestra imaginación y nuestras opciones pueden modificar la estructura y la función de nuestro cerebro en todos los niveles. La capacidad de nuestra mente para transformar el cerebro se llama epigenética. La forma en que el cerebro cambia como resultado de la actividad mental es llamada neuroplasticidad. La epigenética es una prueba tangible de cuán importantes son nuestras decisiones; traen vida o muerte, bendición o maldición; y van más allá de nosotros para influir hasta en las próximas generaciones. Esto se debe a que esas decisiones se convierten en señales que transforman nuestro cerebro y nuestro cuerpo, por lo que esos cambios no son dictados por nuestros genes. La investigación sobre la epigenética demuestra que nuestro estilo de vida y nuestro medio ambiente pueden transformar la manera en que nuestros genes se expresan, y la evidencia de este campo nos muestra que no estamos siendo controlados por la estructura de nuestros cerebros. Lo que percibimos del medio ambiente y cómo lidiamos con él controla nuestros cuerpos y nuestras vidas. Cada momento puedes elegir lo que vas a ser al instante siguiente y esas elecciones son capturadas en tu pensamiento. Los patrones de tu experiencia genética no determinan lo que eres; lo determinas tú. El modo en que vives, el ambiente cultural en el que te desempeñas, todo aquello en lo que te sumerges, tus creencias y las creencias de los que te rodean y cómo interactúas con esa gente, conduce a diferencias en la forma de enfocar tu atención. Dado que los factores psicosociales modulan el curso de ciertos padecimientos, como las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y el asma, esto significa que las cosas que pasan en el ambiente entran en la mente, cambian el cerebro y tienen un impacto en el cuerpo. Nuestra percepción del ambiente y cómo lidiamos con él controla nuestros cuerpos y nuestras vidas.»
El estrés, la mala alimentación y las enfermedades son expresiones de nuestros genes. Nuestros hábitos nos hacen y nuestras decisiones nos definen. Cambiar nuestro ADN es imposible, pero sí podemos vivir mejor a partir de una mayor consciencia en nuestras decisiones.









