Sentimos motivación, tenemos un proyecto en mente al que le hemos estado dando vueltas en la cabeza, el día luce perfecto para tomar acción y comenzar con aquello que tanto nos ha ilusionado, ningún pendiente relevante aparece en la agenda y nada posee la relevancia suficiente para desviarnos de nuestro objetivo, sin embargo, aunque todo está dispuesto, no podemos empezar, si estamos sentados, nos paramos, si estamos de pie, nos sentamos, vamos de un lugar a otro o sencillamente buscamos cualquier pretexto a nuestro alrededor para justificar nuestra incesante distracción, acomodamos los objetos que nos rodean, nos lavamos las manos, ponemos a nuestro alcance las herramientas necesarias, pero por alguna razón no empezamos, las distracciones no son muchas, de hecho, son mínimas, pero por alguna razón las generamos y tomamos como pretexto para seguir postergando el momento de empezar. El tiempo pasa, nos da hambre, empezamos a sentir frustración y, de repente, el día se ha terminado sin que hayamos hecho nada más que poner excusas; sin saber por qué, nos hemos saboteado una vez más.
El control que tenemos sobre nosotros mismos, aunque no lo creamos, es mínimo. Suponemos que tenemos control de nuestros actos y pensamientos porque los sentimos y justificamos, pero lo cierto es que la mayoría son estímulos casi automatizados. Nuestra mente nos engaña, pero no nos damos cuenta. Suponemos que en nuestra mente solamente estamos nosotros y no sospechamos que la compartimos con algunas entidades más. Pensamos algo y en ese pensamiento suponemos que la voz que escuchamos es la propia, pero en realidad estamos escuchando a un conjunto de impostores que únicamente buscan ponernos el pie, entorpecer nuestros proyectos, inclinarnos hacia la búsqueda del placer y, al final, abandonarnos en un charco de remordimiento y culpa.
La procrastinación, la pérdida de motivación, la apatía, el desarrollo de adicciones y la sensación constante de sueño son algunos de los impostores que habitan en nuestra mente y que cuando hablan se hacen pasar por nosotros. Pero el asunto no es tan simple, pues aunque podemos llegar a comprender que compartimos nuestra mente con más entidades, con otras fuerzas ocultas, no es tan sencillo aprender a diferenciarlas de nuestra voz real, es decir, cuando pensamos no sabemos si somos nosotros los que piensan o son los impostores, pues, a fin de cuentas, ellos y nosotros mismos somos en parte el mismo ser.
Nosotros, para vivir, nos alimentamos de alimentos materiales, pero los impostores de nuestra mente requieren de otro tipo de alimento, uno que, en última instancia, resulta inmaterial, aunque inicia y termina en la materia, se trata del placer. La procrastinación, la pereza, la ausencia de motivación y otros impostores ya señalados son ávidos devoradores del deseo, sin embargo, no se trata de un deseo conscientemente elegido, como el que surge cuando, por ejemplo, decidimos qué objetos comprar o qué platillos seleccionar de un menú; sino que se trata de deseos más instintivos cuyo origen es oscuro y termina nublando nuestra razón, a tal punto que terminamos cediendo a nuestros impulsos y actuando de formas que, una vez alcanzado cierto placer, nos causarán vergüenza. El deseo inconsciente tiene fuerza cuando se manifiesta y cuando no entendemos sus manifestaciones ni comprendemos su actuar, termina empujándonos a actitudes que más temprano que tarde se desarrollarán en alguna forma de adicción. Lo que los impostores en última instancia buscan, es el descontrol.
El error más frecuente en el que caemos es el de creer que tenemos control, no ya sobre nuestras vidas, sino sobre nosotros mismos. Suponemos que nuestras elecciones están emanadas desde nuestra voluntad, pues no comprendemos la complejidad de los condicionamientos culturales que sutilmente nos van moldeando a capricho de intereses externos y mayores a los nuestros. La sociedad nos acostumbra a la búsqueda incesante del deseo y por ello es que, cuando queremos apartarnos para cumplir con nuestros objetivos, nuestra voluntad flaquea y los impostores se manifiestan con fuerza y vigor. El educador Roman Gelperin lo expresa en estos términos en su obra Adicción, procrastinación y pereza:
«El control consciente que ejercemos sobre nuestro comportamiento a veces es parcial, otras veces, escaso y, en ocasiones, apenas tiene impacto sobre nuestras acciones. Para cualquiera que haya prestado la debida atención, es realmente difícil no tener la impresión de que algunas fuerzas antagónicas dentro de nosotros están constantemente empujando, tirando y determinando nuestras acciones. ¿Cuánto control tenemos realmente? Muy a menudo, si no casi siempre, la mayoría de las personas sienten que tienen control total sobre sus pensamientos y acciones, que son dueños de sí mismos y de su propio destino. ¿Es esto una ilusión? En parte, sí. El placer inconsciente es extremadamente oscuro, y notarlo dentro de uno mismo y hacer que su existencia sea explícita es difícil. Está tan bien escondido de nuestra consciencia que damos por hecho todos sus efectos sobre nosotros, su absoluto dominio sobre nuestras mentes. Sólo cuando podemos obtener placer con una parte de nuestra atención, somos libres de invertir el resto de ella en un pensamiento o tarea de nuestra propia elección. Después de todo, no es desagradable hacer las tareas domésticas mientras se escucha música (o cuando se está borracho), pensar en algo neutro mientras se monta en bicicleta o se va a nadar, o escribir un ensayo mientras se bebe una taza de café. Es durante estos momentos, en que no desperdiciamos ninguna atención al experimentar placer, cuando nos volvemos capaces de las hazañas más grandes.»
Estigmatizar al placer como la fuente de todos los males es irresponsable e imprudente. El placer es necesario, pero, como todo, debemos aprender a recurrir a él adecuadamente, sobre todo cuando cohabitamos con impostores que viven en nosotros como fuerzas antagónicas.









