Somos mente y cuerpo, pero en esa mente y cuerpo ¿qué somos específicamente? Hablar del ser, es decir, definir lo que somos representa un desafío. Por un lado, somos lo que la cultura ha hecho de nosotros: hombres o mujeres; profesionistas u operarios; adultos o niños, creyentes o ateos; etcétera. Pero, además, somos aquello que hemos construido en nuestra mente: un conjunto de ideas, conceptos y emociones. Sin embargo, también somos un cuerpo, es decir, un organismo sometido a funciones biológicas cuyo único objetivo es el mantenimiento de la vida en una infructuosa lucha contra el tiempo. Somos mente y cuerpo, determinados por una cultura que nos incapacita para saber qué y quiénes somos. Sabemos que somos, aunque no sabemos qué, ni quiénes, ni cómo, ni por qué.
El saber se da en la mente. El saber está determinado por los pensamientos, y la complejidad de éstos es lo que determina nuestra relación con el mundo. Lo que sabemos lo sabemos desde nuestro “yo” y por ello es que existe una relación intrínseca entre el ser y el saber, por eso es que llegamos a conclusiones como la de que aquello que somos está determinado por lo que creemos. Somos lo que pensamos, aunque no sabemos de dónde viene lo que pensamos. Suponemos que nuestros pensamientos son generados por nosotros mismos, pero en realidad son estímulos a lo que nos rodea, a lo que nuestros sentidos captan a partir de una dimensión esencial que la mayoría de las veces despreciamos: la del cuerpo. Somos mente, sí, pero también somos un cuerpo, aunque éste no “piense”, aunque éste cambie y sufra los accidentes del tiempo. De alguna manera el cuerpo “nunca es” porque siempre está cambiando, pero al mismo tiempo sí es y eso que es, es lo que nos hace ser; por lo anterior es que conocernos resulta tan complicado.
A nuestra mente le prestamos tanta atención que terminamos subestimando nuestro cuerpo. Incluso cuando realizamos labores de cuidado físico, como el ejercicio o la dieta, es para satisfacer a la mente a partir del cumplimiento de ciertos ideales, es decir, ideas, es decir, pensamientos, los cuales ocurren en la mente. Hasta cierto punto, la separación mente–cuerpo es imposible, pues nada puede hacer la mente sin que lo resienta el cuerpo, ni viceversa, pero en general le prestamos más atención a los pensamientos que a las sensaciones, es decir, nuestra tendencia es inclinarnos más hacia intangible que a lo matérico, por ello es que desarrollamos achaques, dolencias y enfermedades que generalmente atribuimos a la vejez, cuando en gran medida se deben a que no “escuchamos” a nuestro cuerpo.
Todo el tiempo estamos en nuestro cuerpo, pero al mismo tiempo estamos sin estar. Nos centramos tanto en lo que pensamos que descuidamos lo que sentimos y así es como terminamos “normalizando” los dolores que sentimos, el cansancio que nos incapacita, las enfermedades que nos atemorizan. El cuerpo nos da señales de que algo no funciona, pero debido a que remediarlo implica ciertos sacrificios, preferimos acostumbrarnos a vivir con dolencias, a tal punto que cuando algo no nos duele o todo funciona bien, nos decimos: “entonces así se siente estar sanos”. Nos hemos acostumbrado a vivir en cuerpos enfermos y en gran medida esto se debe a que nos hemos obligado a creer ciertas ideas que son falsas, a que le damos más importancia a los pensamientos, cuando lo ideal sería equilibrar lo que pensamos con lo que sentimos.
No necesitamos hacer una revisión minuciosa de nuestra vida diaria para darnos cuenta de los malos hábitos a los que nos hemos acostumbrado: ingesta de sustancias venenosas, comida chatarra, sedentarismo excesivo, desvelos, largas jornadas sentados o acostados, exposición prolongada a la radiación de las pantallas, etcétera. La lista de malos hábitos es extensa y el cuerpo sufre las consecuencias. Basta con poner atención a la forma de vida de nuestro tiempo para darnos cuenta de que a pesar de los avances en la ciencia médica, somos la sociedad históricamente con más trastornos alimenticios y mentales jamás registrada, y esto no se debe a que detrás exista una conspiración político–económico, sino que en la mayoría de los casos no vivimos más que las consecuencias de nuestra desidia para cuidarnos tanto en lo mental como en lo corporal. La psicóloga Natalia Seijo lo explica así en su obra El cuerpo tiene memoria:
«¿Cuánto tiempo tarda una persona en entender su interior, lo que siente genuino, la interacción con los demás, las experiencias vividas? Tanto la cabeza como el cuerpo recogen información, pero, mientras que la primera tiende a almacenar recuerdos cambiantes, el segundo los almacena de manera estática. Habitar el cuerpo, o, lo que es lo mismo, vivir conscientemente en el cuerpo, es necesario para estar en contacto con él y sus necesidades. Para acceder al cuerpo y a su inteligencia innata primigenia se hace necesario estar en el cuerpo, lo que se llama corporalizarlo, habitarlo. Aunque parece que habitar y corporalizar el cuerpo viene dado por la propia vida, no es realmente así. Un cuerpo no habitado, no corporalizado, es un cuerpo no sentido. La desconexión del cuerpo es una de las protecciones cuando se sufre desde el cuerpo y en el cuerpo. Cuando el cuerpo no está habitado se corre el riesgo de que no esté siendo cuidado y la persona no sea consciente porque no sepa leer las señales. Es necesario tomar conciencia de la falta de conexión con el cuerpo para que algo empiece a cambiar, para que podamos pensar y percibir el cuerpo de manera diferente.»
Muchos de los dolores del cuerpo no tienen un origen físico, sino mental. Las ideas que nos obligamos a aceptar son las que nos han desconectado de nuestro cuerpo. Desde que nos formamos en el vientre materno y hasta que exhalamos por última vez habitamos en este cuerpo que, aunque temporal e imperfecto, es el único que tenemos para transitar por esta vida extraña en la que avanzamos sin saber, a ciencia cierta, quiénes somos. El saber y el ser (la mente y la consciencia) son posibles cuando se suma el estar, es decir, nuestra forma de habitar el cuerpo.
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