Buscamos la felicidad no solo como individuos, sino también como especie. A diferencia de otros animales, nosotros tenemos la capacidad de proyectarnos hacia el futuro porque hemos inventado una abstracción que nos ha explotado en las manos y llenado de preocupaciones: el tiempo. Pensamos que la felicidad es algo que se busca, que se construye y que se persigue o, por otro lado, algo que perdimos y que recordamos con nostalgia cuando vemos viejas fotografías, cuando pensamos en quienes se fueron, cuando afirmamos que toda época anterior fue mejor.
Definir la felicidad no es sencillo, pues suele confundirse con el placer. Para algunos, la felicidad es el supremo bien universal; para otros, es subjetiva y personal. Nadie sabe con certeza qué es la felicidad, aunque en sus múltiples definiciones suele estar emparentada con lo agradable, con aquello que otorga paz, plenitud y sentido a la existencia. La felicidad no es el placer, aunque este participa en ella; por eso definirla resulta una tarea complicada. Y puesto que para algunos la felicidad es el placer —o al menos mantiene un vínculo con él—, pareciera tener algo de material, es decir, podría encontrarse en las cosas, en los seres, en las sensaciones.
Si alguien nos preguntara en estos momentos si somos felices, ¿qué responderíamos? Sentirse bien no es lo mismo que ser feliz, aunque esa placidez, al igual que el placer, participa en algo de lo que entendemos por felicidad. La felicidad no es la misma en todas las épocas: a lo largo de la historia ha cambiado nuestra noción de lo que es, aunque no podamos definirla con precisión. Tampoco es igual en todas las etapas de la vida: lo que en la infancia entendíamos por felicidad no es lo mismo que lo que definimos como tal en la adultez o la vejez. Sin embargo, quizá haya un “algo” común a todas ellas, un “algo” que, con seguridad, se encuentra fuera del tiempo y del espacio; de lo contrario, ya habríamos alcanzado la felicidad.
La felicidad participa de la libertad. Quien es feliz es libre, y viceversa. Contrario a lo que muchos pensarían, la libertad consiste en reconocer límites. Ser libres no es saltarnos todas las fronteras físicas, morales o espirituales, sino comprender que estamos constreñidos por ellas y que, gracias a eso, no caemos en la autodestrucción. Ser libres es aceptar esos límites como necesarios. En ese sentido, ser felices podría entenderse de manera semejante: la felicidad no consiste en hacer lo que queremos, sino en hacer lo necesario, siempre dentro de un espacio delimitado por el tiempo, el entorno y las creencias.
Solemos buscar la felicidad fuera de nosotros: en las personas, en las cosas, en el dinero, en el reconocimiento, en los títulos. Sin embargo, la experiencia muestra que nada de eso la contiene, aunque pueda contribuir a alcanzarla. ¿Está, entonces, dentro de nosotros? La expresión es confusa: ¿qué significa ese “dentro” cuando no es más que el reflejo de lo que está afuera? El antiguo principio dice que como es adentro es afuera, y viceversa; por lo tanto, tal vez esa distinción no exista, como quizá tampoco exista la felicidad en sí, pues nadie puede afirmar haberla alcanzado plenamente. A lo sumo, algunos logran momentos de paz y dicha, siempre pasajeros.
La felicidad es como las estaciones del año; quizá todo funcione así en este sistema cíclico en el que vivimos. Comienza como una semilla que se desarrolla, crece y da frutos; pero, cuando disfrutamos de sus mieles, todo desaparece, dejándonos no solo una sensación de vacío, sino el presentimiento de que todo lo que conocemos —incluso nosotros mismos— no es más que un espejismo. ¿Son esas mieles la felicidad? ¿O la felicidad termina? ¿O, una vez alcanzada, perdura hasta la muerte?
El médico español Santiago Ramón y Cajal, en su obra Charlas de café, consideraba que la felicidad es inalcanzable y que, a lo sumo, podemos aspirar a ser relativamente dichosos. Lo expresa en doce preceptos:
«Primera. Ser indulgente.
Segunda. Considerar que el ser humano tiene más de mono que de ángel, y que carece de títulos para envanecerse y engreírse. Se imponen, pues, la piedad y la tolerancia.
Tercera. Inspírate, si puedes, en las conocidas máximas griegas: “Trabajar a tiempo” y “todo con medida”.
Cuarta. No contestes jamás a invectivas e insultos groseros y aparta de tu trato a los malintencionados y envidiosos.
Quinta. Vive de ti mismo, y aun ensimismado, si te ocupas en la ciencia o en cualquier trabajo intelectual y socialmente útil.
Sexta. Distrae tus cavilaciones y enojos con el estudio.
Séptima. Huye de las pasiones vehementes, que absorben, esclavizan y esterilizan el espíritu.
Octava. Aprende a callar; alaba lo bueno de amigos y adversarios y, si hablas, hazlo con mesura, modestia y oportunidad.
Novena. Jamás mortifiques a nadie con verdades desagradables para su orgullo o sus pretensiones. Maneja la verdad como la dinamita, que a menudo destruye incluso a quien la manipula.
Décima. Sigue la sentencia: “solo el honrado es honrado”.
Undécima. Si eres heterodoxo o escéptico, no te burles de los sentimientos religiosos de nadie.
Duodécima. Y, por si el supremo Hacedor ha forjado la vida como un ensayo o esbozo, ríete de las incongruencias, contradicciones y absurdos de filósofos, políticos y poetas.»
La felicidad es una utopía, un no-lugar. Por eso la pensamos en el futuro, siempre como algo que se nos escapa, como la luna cuando caminamos de noche: parece acompañarnos, pero nunca podemos alcanzarla. Y mientras la miramos, ella se mueve y se burla silenciosamente de nosotros, porque sabe que tenemos más de mono que de ángel.









