El error más peligroso en materia de contraterrorismo internacional es asumir que el fenómeno ocurre lejos o que no impacta nuestro entorno inmediato. El Índice Global del Terrorismo 2026, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz, confirma que se trata de un riesgo persistente, aunque profundamente transformado. La violencia terrorista continúa concentrándose en regiones críticas: Pakistán encabeza la estadística por primera vez, mientras que Burkina Faso, Nigeria, Níger y la República Democrática del Congo concentran cerca del 70 por ciento de las muertes globales por terrorismo. A primera vista, esto podría reforzar una narrativa cómoda: el problema está en África o Asia, no en el continente americano o Europa. Sin embargo, esa lectura es incompleta.
En 2025, las muertes por terrorismo aumentaron 280 por ciento. Ya no se trata, predominantemente, de atentados complejos coordinados por estructuras jerárquicas que planifican, entrenan y ejecutan operaciones. Hoy enfrentamos una amenaza más difusa y difícil de detectar: individuos solitarios radicalizados en entornos digitales, sin pertenencia formal a organizaciones, que operan con medios accesibles pero con efectos altamente disruptivos. En los últimos años, este tipo de ataques ha representado más del 90 por ciento de los atentados fatales en países occidentales.
Este cambio de paradigma altera la lógica de la seguridad internacional. Ya no basta con vigilar organizaciones, interceptar comunicaciones o desarticular células. El terrorismo contemporáneo puede incubarse en redes sociales, foros digitales, videojuegos en línea o plataformas cifradas. Se alimenta de agravios identitarios, discursos de odio, polarización política o frustraciones individuales amplificadas algorítmicamente. Puede ejecutarse sin entrenamiento militar, sin financiamiento sofisticado, sin armas convencionales y sin una cadena de mando tradicional.
En este contexto, México aparece en el Índice con un impacto bajo: posición 87 a nivel global, sin muertes por terrorismo documentadas desde 2018 y con una tendencia descendente en la última década. Es un dato positivo, pero peligrosamente engañoso si se interpreta como sinónimo de inmunidad.
México no es ajeno a las condiciones estructurales que el propio Índice identifica como facilitadoras de violencia extrema: desigualdad persistente, fragilidad institucional en territorios específicos, economías ilícitas consolidadas, violencia armada generalizada y un ecosistema digital cada vez más penetrante entre jóvenes. La diferencia es que estas variables han sido interpretadas casi exclusivamente bajo la lente de la criminalidad organizada. Sin embargo, el mundo ya no distingue con claridad entre crimen, insurgencia y terrorismo. Las fronteras son cada vez más difusas.
El informe advierte, además, sobre la creciente utilización de drones por parte de actores violentos y la convergencia entre distintas formas de violencia organizada. En México, donde los grupos criminales han demostrado capacidad para ejercer control territorial y generar terror social sistemático —mediante el uso de explosivos, prácticas de tortura y mutilación, así como el empleo de drones—, la distancia conceptual con ciertos patrones del terrorismo internacional es menor de lo que se reconoce públicamente.
A ello se suma un factor crítico: la radicalización juvenil. El Índice 2026 señala que menores de edad están siendo captados en entornos digitales donde confluyen aislamiento social, manipulación emocional, gamificación de la violencia y propaganda extremista. En un país con rezagos estructurales en materia educativa, abandono escolar y exposición temprana a economías ilícitas, este fenómeno adquiere una dimensión estratégica.
La pregunta, entonces, no es si México enfrenta hoy una amenaza terrorista clásica. La verdadera interrogante es si el Estado mexicano está preparado para enfrentar la evolución del fenómeno: detectar procesos de radicalización antes de que se traduzcan en violencia, proteger infraestructura crítica en un entorno de amenazas híbridas, blindar eventos masivos de alto perfil —como la Copa Mundial de la FIFA 2026— y articular una inteligencia preventiva que trascienda la lógica reactiva, al tiempo que salvaguarde los intereses estratégicos de socios como Estados Unidos e Israel.
El terrorismo del siglo XXI puede surgir en silencio, crecer en el entorno digital y materializarse en el momento de mayor vulnerabilidad.
X: @evrossainz
Foto: Índice Global de Terrorismo 2026
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