Dedicado a los agentes mexicanos y estadounidenses caídos en cumplimiento del deber en Chihuahua. Con solidaridad hacia sus familias naturales e institucionales. GRACIAS POR SU SERVICIO…
La realidad que enfrentan México y Estados Unidos es clara: Las amenazas que surgen en un lado de la frontera tienen efectos directos en el otro; las cadenas de suministro ilícitas, el flujo de armas, drogas y recursos financieros, así como la movilidad de las organizaciones criminales, terroristas y de espionaje internacionales, configuran un espacio compartido de riesgo. Entender la seguridad como un fenómeno binacional no es una opción, sino una necesidad estratégica.
La reciente destrucción de un laboratorio de gran escala en Chihuahua, y otras acciones, representan logros significativos de la cooperación binacional. Este tipo de operaciones de muy alto riesgo, que requieren inteligencia compartida, coordinación interagencial y confianza mutua, son ejemplos concretos de lo que puede alcanzarse cuando se privilegia la colaboración sobre la confrontación. Está claro que deben resolverse los pormenores de la formalidad en la cooperación bilateral —marcos jurídicos, protocolos operativos y mecanismos de supervisión—; sin embargo, ello no debe, en modo alguno, traducirse en frenar o debilitar la coordinación interagencial binacional que ya opera entre los órdenes de gobierno de ambos países. Ajustar la forma no puede implicar sacrificar el fondo: la eficacia en la acción conjunta frente a amenazas compartidas.
Por ello, resulta preocupante que se intente politizar este tipo de esfuerzos. Convertir una operación binacional e interagencial en un campo de disputa político-ideológica no solo desvirtúa su importancia, sino que debilita los mecanismos de cooperación que han demostrado ser eficaces. No obstante que sin lugar a dudas deben aclararse muchas interrogantes por lo acontecido en Chihuahua, la seguridad no puede ser rehén de narrativas simplistas que ignoran la dimensión real de los riesgos en pleno siglo XXI.
Conviene recordar, además, que las operaciones de inteligencia, por su propia naturaleza, son peligrosas, complejas, discretas y frecuentemente incomprendidas desde el exterior.
Quienes opinan o emiten juicios categóricos sobre ellas rara vez —o nunca— cuentan con la totalidad de la información ni con una comprensión real de las variables en juego. No tiene por qué ser distinto en este caso. Pretender evaluarlas desde la superficie, sin acceso a contexto ni a elementos clasificados, no solo conduce a conclusiones erróneas, sino que alimenta narrativas que distorsionan la realidad operativa.
Mientras los actores políticos se enfrascan en disputas, los verdaderos beneficiarios de esta fragmentación son el crimen organizado, los cárteles y las redes político-criminales que, mediante procesos de captura institucional y cooptación del Estado, avanzan hacia esquemas de gobernanza criminal y consolidan zonas de impunidad funcional. En estos espacios, la autoridad formal se ve desplazada o condicionada, las decisiones públicas se distorsionan y la aplicación de la ley se vuelve selectiva o inexistente. Esta dinámica no solo fortalece a dichos actores, sino que también beneficia a los adversarios del principal socio estratégico de México, al debilitar la coordinación, erosionar la confianza y reducir la capacidad conjunta de respuesta frente a amenazas compartidas.
Honrar a los agentes caídos en esta tragedia, implica algo más que palabras: exige responsabilidad, seriedad y visión de Estado. Significa fortalecer la cooperación binacional, blindar las instituciones frente a la politización y mantener el enfoque en lo esencial: proteger a la ciudadanía. La memoria de quienes han perdido la vida, nos obliga a estar a la altura del desafío, luchando con unidad, claridad y determinación.
Sin lugar a dudas, lo acontecido en Chihuahua requiere un análisis profundo de las formas de colaboración y el cumplimiento de la ley en ambos países; lo que sería imperdonable es que la politización de estos hechos permita a los enemigos de la democracia —entiéndase criminales, terroristas, burócratas corruptos y todo el espectro de riesgos binacionales— materializar ataques, incrementar la circulación de drogas o, en el peor de los casos, provocar la pérdida de más vidas.
Al final, la ruta es inequívoca: la cooperación binacional en materia de seguridad debe fortalecerse con seriedad, continuidad y visión de Estado. No es terreno para la improvisación ni para la disputa política. Cada retroceso en la coordinación tiene efectos concretos en la capacidad de contener amenazas que no reconocen fronteras. México y Estados Unidos comparten responsabilidades y riesgos; actuar en consecuencia no es una concesión, es un deber. Lo responsable es consolidar lo que funciona, corregir lo necesario y sostener, sin titubeos, una cooperación eficaz al servicio de la seguridad de ambas naciones.
@evrossainz










