Sufrimos, pero es inevitable. Sufrimos, pero a veces, e irónicamente, por decisión propia. Cada uno de nosotros conoce sus debilidades, o al menos las intuye. Sabemos qué actividades, personas, seres y objetos son mejor que evitemos, tanto por nuestro propio bien como por el de los demás, sin embargo, por alguna incomprensible razón, no lo hacemos, sino que, al contrario, nos entregamos a tales afectos. Podríamos afirmar que de alguna manera somos masoquistas, pues hemos llegado a disfrutar lo que nos destruye y por ello es que nos cuesta tanto trabajo renunciar al placer, aun cuando sabemos que después de éste vendrá el arrepentimiento.
Nuestra capacidad de sentir quizás sea lo que distingue a nuestra especie de otras, pues lo que sentimos no está tanto en función de nuestra supervivencia, sino de nuestra complacencia. Sentimos, y sentimos mucho; sentimos temperaturas y texturas con el tacto, sentimos olores con el olfato, sentimos sonidos con el oído, sentimos sabores con el gusto y sentimos imágenes con los ojos, pero no sólo eso, también sentimos con la mente, nuestra capacidad de imaginar es tan intensa que podemos sentir en el pensamiento lo mismo que en el cuerpo y aún mucho más. El sentir de la mente es más profundo y complejo, pues se acompaña de ideas, de creencias, por lo que no sólo sentimos lo que es, sino lo que suponemos que es. Cuando sentimos con la mente, lo que sentimos es un espejismo, un fantasma, algo que no existe, pero que es capaz de convencernos y atraparnos desde su falsedad. Los sentires de la mente son complejos porque no se asientan en la realidad, sino en una fantasía, y por ello es que esos sentires imaginarios, que se sienten tan reales, son capaces de volverse adictivos, compulsivos y asfixiantes. Indudablemente, no hay sentir más complejo que aquel que nunca hemos sentido con nuestros sentidos, sino con nuestras creencias.
Aquello que nos hace sentir, sin importar si se trata de un ser, de un objeto o de una experiencia, termina generando en nosotros reacciones de dependencia o de rechazo. No hay duda de que preferimos sentir lo que nos agrada, pero también es cierto que en ocasiones también nos acercamos a lo que nos causa repulsión, pues en esa emotividad negativa va de por medio el morbo, cuya peculiaridad es que desde el rechazo nos causa placer, y el placer es placer, sin importar si nace de lo afectivo o de lo repulsivo.
El sentir es más complejo de lo que imaginamos, pues va más allá de la mera sensación. Toda sensación contribuye siempre a la consolidación de nuestra identidad. Si somos lo que somos no es tanto por lo que creemos, sino por lo que preferimos sentir, lo cual en gran medida constituye un acto irracional. Nos gusta sentir, en los sentidos o en la mente, no importa, y en ese sentir comenzamos a identificarnos con lo que nos rodea, nos definimos a partir de lo que determina nuestra afección o rechazo, y en ese acercamiento y alejamiento de las sensaciones, sin que nos percatemos de ello, vamos generando apegos, los cuales son los causantes de todas aquellas actitudes desordenadas e irracionales que si bien encantan al inicio, frustran al final. Por los apegos es que nos comportamos de maneras extrañas, viciosas, obsesivas, oscuras. Los apegos nos definen más de lo que sabemos y si bien hay apegos ligados a lo repulsivo, también los hay vinculados a lo deseable, pero a fin de cuentas todo apego es perjudicial para nosotros, puesto que de su paso únicamente queda un rastro de arrepentimiento.
Muchas son las escuelas y corrientes de pensamiento que nos enseñan el camino para luchar contra nuestros apegos, para dominarlos, para extinguirlos y llevarse con ello y de por medio al tan mencionado “ego”, que es nuestra “personalidad”, es decir, aquella faceta que mostramos ante el mundo y que “no somos del todo”. El ego, al nacer del apego, es artificial, un espejismo que se alimenta de sombras, y por ello es que es tenido como temido. El ego es la causa de nuestra infelicidad, pero de alguna manera es también por el ego que hemos experimentado los más grandes placeres de nuestra existencia, por lo que bien vale la pena reconsiderar aquello de “matar al ego” o, al menos, de “domarlo”. Cierto es que el ego puede llevarnos al descontrol total, pero es por el ego mismo que somos quienes somos, que tememos lo que tememos, que odiamos lo que odiamos, pero también que amamos lo que amamos y que gozamos de lo que gozamos. El ego nace de los apegos e idealmente muchos han soñado con exterminarlo a fin de dejar de sufrir, pero hay que considerar que aniquilarlo representa un suicidio, pues al matar al ego acabamos también con la persona que somos, sin importar si nos conocemos a nosotros mismos, como reza el adagio. Del apego, el psicólogo Walter Riso se expresa en estos términos en su obra Desapegarse sin anestesia:
«Amar la propia patología, ¿habrá mayor paradoja que aferrarse a lo que nos hace sufrir y defenderlo a ultranza? Nos acostumbramos al dolor y a veces hasta le agarramos gusto. Las personas apegadas viven en el filo de la navaja, esperando lo peor que les pueda pasar: perder el objeto o sujeto de su apego. Miedo a toda hora, minuto a minuto, como una espina clavada en el cerebro y en el álter ego. El factor común del pánico es idéntico: que la fuente de apego se acabe, desaparezca o se mude. Y es comprensible, porque si se considera el objeto del deseo como imprescindible para la vida, romper semejante vínculo sería el acabose. Lo que nos permite sobrellevar el miedo a la pérdida es creer que el objeto o la persona de nuestros apegos serán eternos y permanentes. Pero la existencia o la vida es impermanente y, por lo tanto, nuestras fuentes de apego se agotarán, nos guste o no. Aceptar esta premisa nos libera.»
Cierto es que el ego no puede tener rienda suelta, pero aceptemos que ese ego contra el que luchamos es en gran medida lo que somos. Acabar con los apegos es matar al ego, así como a nosotros mismos. ¿Realmente deseamos desaparecer? Todo lo hará, nos guste o no.








