Hace veinte años aprendimos que el azul cerúleo no es solo “azul” y que los cinturones pueden ser decisiones de vida o muerte. Hoy, El Diablo Viste a la Moda 2 (The Devil Wears Prada 2) llega a las salas de cine en una era donde el papel impreso agoniza y los algoritmos dictan qué es chic. Pero en este contexto digital, ¿logra la secuela estar a la altura de su legendaria antecesora o es simplemente una prenda en oferta?
En términos de taquilla, la película ha demostrado que la nostalgia, cuando se viste bien, es un negocio redondo. Con un debut global de 233 millones de dólares en su primer fin de semana —uno de los mejores del año— ha superado con creces el arranque de la original. Un recordatorio de que el público todavía tiene hambre de ver a Miranda Priestly (Meryl Streep) y Andrea Sachs (Anne Hathaway) enfrentarse a las complejidades de un mundo laboral que ha cambiado drásticamente.
Entre tendencias actuales como el lujo silencioso y el omnipresente clean look, la trama aborda la crisis que enfrentan los medios tradicionales —como la ficticia Runway— ante los avances del siglo XXI: desde la dictadura de las redes sociales y la inteligencia artificial hasta la fusión de grandes conglomerados del entretenimiento. La cinta explora qué ocurre cuando el poder y el liderazgo cambian de manos. En este nuevo ecosistema, la inclusión y la viralidad se convierten en el mayor dolor de cabeza para quienes, hasta hace poco, movían el mundo con un solo gesto.
Lo más fascinante de esta entrega —capaz de emocionar a toda una generación que se inició en la moda tras el impacto de la cinta original— no son solo el vestuario, los cameos de celebridades o el regreso de figuras como Emily Blunt y Stanley Tucci. Lo verdaderamente magnético es cómo la ficción, una vez más, parodia a la realidad. La crítica ya ha comenzado a analizar las similitudes entre los nuevos personajes y figuras clave de la industria actual, repitiendo el fenómeno que convirtió a la cinta de 2006 en un mito.
La trama introduce nuevas caras, como el magnate tecnológico Benji Barnes (interpretado por Justin Theroux), quien junto a su pareja busca un lugar en el círculo de hierro de la moda. Las comparaciones con Jeff Bezos y Lauren Sánchez son inevitables: desde su influencia en eventos de alto perfil —como la Gala del Met de este año— hasta la transformación de imagen que implica estar en la cima de la cadena financiera, sumado a los rumores sobre su interés en adquirir grandes grupos editoriales de moda.
La guionista Aline Brosh McKenna asegura que cualquier parecido con la familia Bezos es “coincidencia”, pero el guiño es evidente, brillante como un diamante de Tiffany. El Diablo Viste a la Moda 2 nos recuerda que, aunque los nombres cambien y los dueños de las revistas ahora lancen cohetes al espacio, el poder sigue siendo el accesorio más peligroso de todos.
La cinta también lanza una crítica ácida sobre cómo el dinero de la tecnología “compra” el buen gusto y cómo los ideales de las antiguas instituciones —representadas por Miranda— chocan con la frialdad de los datos y la ambición de los nuevos ricos. Es una mezcla entre comfort movie y cine crítico, con una facilidad visual que hipnotiza entre eventos de gala e invitados VIP.
Sin entrar en spoilers, la película logra algo difícil: no ser solo un tributo nostálgico. Está llena de referencias y detalles que enamoraron al público, pero también funciona como una autopsia de la industria del periodismo y la moda actual. Ver a una Andy madura navegar entre su ética profesional y el caos de los nuevos dueños del mundo es un deleite. Aunque algunos consideran que el carácter de Miranda se ha suavizado para agradar a los fans, esto parece responder más a la evolución de los antiguos grandes medios, que hoy deben adaptarse para sobrevivir.
¿Una entrega perfecta? Para muchos, quizá no. ¿Imprescindible de ver? Sí, tanto para amantes de la moda como del cine en general, porque nadie está exento de los cambios que el futuro trae a nivel estructural, laboral y social. Al final del día, lo creamos o no, todos seguimos trabajando para alguna versión de Miranda Priestly… solo que ahora probablemente usa una aplicación para controlarnos. El tiempo dirá si esta secuela también se convierte en un clásico atemporal, pero por ahora es innegable que ya funciona como un registro fiel —y feroz— del momento que vivimos.
Es todo.
Ángel Sarmiento
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